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DE CURAS ROJOS, MISAS DE ESTADO Y DE BARRIO. Quintín García González

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Parroquia de S. Carlos41.jpg¿Es que acaso son iguales el grupo humano que participó, presidido por el cardenal Rouco, en la misa de Estado de la boda del príncipe y el grupo humano que forma y celebra la eucaristía en la parroquia de San Carlos Borromeo del barrio de Entrevías? En la boda del príncipe estaban todos los principales del país (creyentes o no en las bienaventuranzas de Jesús de Nazaret, practicantes o no de las mismas, todos obligados por cargo o invitación regia). En la parroquia de Entrevías se suelen mover cristianos de extracción y conciencia popular, personas del ámbito de la marginación –adolescentes, jóvenes, emigrantes…-, Madres contra la droga, Traperos de Emaús, Escuela de marginación, profesionales del derecho y de la acción social, excluidos sociales, cristianos de sensibilidad evangélica y liberadora…

¿Son semejantes este grupo humano que frecuenta San Carlos y el que, presidido por el cardenal Rouco, celebró la eucaristía de la boda de la hija del señor Aznar en el regio Escorial, formado por muchos de los peces gordos del poder económico, político, financiero, la llamada gente guapa y pija de la sociedad nacional e internacional, a los que oímos luego en los periódicos y telediarios hacer confesión de fe económica y social nada evangélicas, y en las revistas y programas del corazón hacer exhibición de sus grandes e injustas fortunas, de sus fiestas, despilfarros y hasta de sus obras de caridad insultantes?

¿Se parecen en algo este grupo social de Entrevías y el ingente rosario de cardenales, arzobispos, obispos, monseñores de roquete y cuello rojo, monaguillos de primero, segundo, quinto, sexto grado, guardias suizos vestidos de gala, caballeros de no sé cuántas órdenes militares, banqueros y cuerpo diplomático del Estado Vaticano, expertos en marketing, diseñadores de magnificentes ceremonias religiosas egipcias en honor del faraón dios, Jefes de todos los Estados del mundo –la cámara volvía una y otra vez sobre el señor Bush y señora y yo me acordaba de los masacrados en la guerra de Irak, condenada por inmoral e injusta por el difunto de cuerpo presente-, de los grandes medios de comunicación del mundo, de las grandes agencias de turismo del mundo, de los grandes movimientos de espiritualidades neoconservadoras y papistas del mundo, que ponen a disposición de la mayor honra y gloria del Vaticano y su culto a la personalidad sus grandes plataformas, altavoces y medios y recursos humanos para llenar plazas, estadios y magnificar actos con multitudes cautivas?

¿Son los mismos quienes asisten a la eucaristía ilegal, rara –por sencilla, original, creativa, viva, expresiva, inteligible y provocadora…- y los miles y miles de fieles –tampoco tantos a lo que se va viendo por los bancos vacíos y las estadísticas- que asistimos en las parroquias de catolicismo sociológico a la repetida y repetida misa de 12 dominical, costumbrista, cumplidora en la mayoría de los casos –no en todos-, desgranada en un lenguaje oficial e impuesto, amputados y amordazados sus participantes y agentes pastorales por leyes y rúbricas litúrgicas ajenas, simples repetidores de ritos y oraciones inadaptadas y angelicales, sin conexión apenas con la memoria del maestro Jesús?

¿Visten igual, comen igual, se preocupan por lo mismo, tienen los mismos o parecidos horizontes laborales, disfrutan de los mismos o cercanos sueldos, viviendas, etc, se expresan con los mismos gestos y maneras, tienen las mismas sensibilidades, ideas sociales, económicas, políticas? ¿Usan, por ventura, los mismos templos; invierten en sus instalaciones y palacios y catedrales y basílicas las mismas millonarias cantidades; tienen las mismas riquezas en vasos sagrados, en oros y platas, en pinturas, esculturas, ropas recamadas, misales dorados, peritos, comisiones y comisiones de peritos, de abogados, de constructores, de cuentas bancarias, de periódicos, radios, revistas?

¿Tiene el cardenal Rouco –condenador del lenguaje y las formas celebrativas propias de la comunidad de S. Carlos-, miembro de esas élites que celebran las misas de Estado y similares, que vive en su palacio del centro de Madrid rodeado de su círculo de eclesiásticos y civiles de alto nivel, ocupado todos los días en altas reuniones de gobierno, viajes a la Roma imperial, preocupado en refundir todos los días el ideario cristiano de la COPE para adaptarlo a las exigencias mediáticas y políticas y económicas de sus principales voceros y grupos de presión, tiene, digo, Rouco, la misma sensibilidad y lenguaje de los sectores populares y excluídos de Entrevías? ¿O al menos conocimiento y capacidad para entender esos lenguajes? ¿Tiene, acaso, la misma experiencia, identidad, conocimiento, entrega, pertenencia, disponibilidad a lavar los pies y a curar, la misma disponibilidad para la misericordia, que José, Javier y Enrique, sacerdotes de la comunidad de Entrevías?

Con la simple luz de las apresuradas radiografías sociológicas expuestas y los muchos testimonios oídos estos días en los medios de comunicación, creo que hay que decir que no son iguales, ni parecidos en sus formas de vida, en su cultura, en sus sensibilidades, en sus lenguajes en suma (usando la tercera acepción de la Real Academia: forma de expresarse), los miembros asiduos de la comunidad cristiana de S. Carlos y los usuarios de la boda principesca, o los amigos del señor Aznar y su hija, o el mismo señor cardenal, o los participantes en primera, cuarta, octava fila del esplendente y magnificente entierro de Juan Pablo II y la consiguiente –y también magnificente y esplendente- entronización del actual papa reinante. Incluso, supongo, que de la gran mayoría de los que vamos a las misas de doce los domingos y fiestas de guardar.

Y si somos tan distintos -insisto, tan distintos-, ¿cómo entonces poder recitar, unos y otros, el mismo credo de Nicea, con su redacción alambicada y sus formulaciones y conceptos filósóficos que no entendemos ni quienes hemos sido forjados a hierro en las viejas categorías escolásticas? ¿Cómo pedir perdón con las mismas palabras y gestos el fariseo y el publicano, el ladrón de alto standing, civil o vaticano –asunto Banco Ambrosiano-, participante en una de las misas antes citadas o el chaval que roba en un supermercado cajas de bombones o un reloj de mercadillo para vender y comprar luego mierda con que inyectarse e ir apagando la poca luz de su vida? ¿Cómo hacer los mismos gestos, decir las mismas expresiones de especialistas, usar los mismos símbolos, si queremos que estos digan algo, signifiquen algo, expresen algo, provoquen algo en el alma de personas tan distintas? ¿Cómo experimentar la fraternidad unos y otros con intereses tan contrapuestos y sin que las palabras evangélicas o la memoria del maestro Jesús quede domesticada y devaluada y convertida en pamplina para hacerse un bonito álbum familiar con ocasión de bodas y bautizos, o de magnas, hieráticas, faraónicas retransmisiones televisivas urbi et orbe. ¿Cómo las clases populares conscientes y los excluidos sociales pueden revivir esa memoria de Jesús bajo las formas estériles, rutinarias del rito brillantemente ejecutado, cantado y perfumado de inciensos y cirios de colores?

Si somos tan distintos ¿cómo no entender, y aceptar, y respetar, y hasta aplaudir por parte de los altos servidores de la comunidad católica el derecho personal y grupal al lenguaje propio, creativo, expresivo? Por coherencia sociológica, linguística e intelectual, pero sobre todo por fidelidad al Cristo que enseñó la necesidad de expresarse con el lenguaje más íntimo y personal en la relación con el Padre en aquellas frases: “no seáis palabreros…, métete en tu cuarto y rézale allí a tu Padre que está en lo escondido…”, lejos de tanta cháchara oficialista de los templos.

El cardenal ha dado para anular oficialmente las celebraciones de la comunidad de Entrevías –¡cómo separar actividad misericordiosa y celebración y compromiso!- razones administrativas y litúrgicas. Estoy convencido de que la condena de S. Carlos no ha sido por razones litúrgicas, al fin y al cabo absolutamente relativas y cambiantes, adaptables a culturas y tiempos (Vaticano II)-, sino de espiritualidad, es decir, por una forma de vivir, sentir y expresar la herencia del Señor Jesús. Y esa espiritualidad de Entrevías escuece y duele, cuestiona y discierne las espiritualidades de los sanedrines eclesiásticos. Y las de Anás y Caifás. Y las de cuantos estamos instalados en este catolicismo de misa de 12 reglada y repetitiva, aburrida, bodas de Estado y privilegios históricos; en esta religiosidad precristiana del Templo, de la Ley y del Sábado por encima del hombre. (Hemos acabado fabricándonos un Dios de ritos y ceremonias).

Aún una pregunta final: ¿qué misas se parecen más a la Cena Última del Señor Jesús, que sería el criterio primero de evaluación?: ¿las misas de Estado arriba señaladas o las de la comunidad de S. Carlos? ¿Quién cumple mejor la herencia del Maestro: “haced esto en memoria mía”, después de lavarles los pies? San Carlos, sin ninguna duda. Y, encima para más inri, ellos –populares y excluidos, sencillos de corazón, niños evangélicos, bienaventurados– no se atreven a prohibir al cardenal sus misas de Estado.
Ni sus palacios.

Quintín García González es sacerdote dominico y periodista, autor de Carne en fulgor, último premio Kutxa de Poesía Ciudad de Irún.

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