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De cuervos y mayordomos infieles -- Juan María Laboa, * Licenciado en Filosofía y Teología y doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad Gregoriana de Roma

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Deia

¿Es posible una intriga en el Vaticano para desbancar al secretario de Estado? En la Iglesia no existen partidos, ni campañas electorales, pero el corazón humano se mueve por las mismas pasiones y ambiciones y los pecados e infidelidades son también los mismos

EL Vaticano provoca, a menudo, fascinación y deseos incontenibles de conocer los misterios que parece ocultar. Se trata, en el fondo, de una institución que parece heredar los excesos del Imperio romano, las pasiones de Bizancio, las intrigas medievales, el aparato deslumbrante renacentista y las exageraciones barrocas. En realidad, los cristianos podríamos resumirlo más modestamente afirmando que sigue habiendo mucha vasija de barro para contener y, a veces, ocultar el Espíritu.

Se sabe muy poco, todavía, de lo que tanto se habla y escribe en estos días. ¿Hay una intriga para desbancar al secretario de Estado? ¿Podemos presumir que hay cardenales y obispos manejando los hilos? ¿Detrás del conflicto existe un plan para poner en primera fila a candidatos aceptables para la próxima Sede vacante? Como no somos Dan Brown, no debemos inventar ni mentir. ¿Entonces?

Está claro que se han publicado bastantes docenas de documentos confidenciales y secretos gracias a un robo masivo perpetrado en la habitación privada del papa -probablemente, la más reservada y oculta de las existentes- por parte, al menos, del hombre de confianza de Benedicto XVI. El periodista que los ha editado en el libro Sua Santitá ha manifestado unas dotes de cinismo llamativas al indicar en el prólogo que la sustracción de los documentos se ha debido al deseo de purificar la Iglesia y ayudar al Papa. Se trata de un estilo clerical y de un hábito cada día más común de falta de respeto por la intimidad y los derechos individuales.

Descubrimos en los documentos un mundo cerrado de envidias, de lucha inmisericorde por escalar puestos, de denigración de personas respetables con el fin de conseguir sus intereses, ocultando irresponsable e interesadamente actuaciones que acabarían por dañar el prestigio de la Iglesia y, también, nos topamos con las entrecruzadas relaciones de obispos o cardenales con periodistas y políticos italianos en activo. Si tenemos en cuenta las acusaciones lanzadas en los documentos, muchos han utilizado con desenvoltura medios ilícitos o poco edificantes para conseguir sus propósitos.

En otro orden de cosas, pero en el mismo ámbito espacial, los aparentes desórdenes del IOR, el banco vaticano en el que depositan sus haberes tantas congregaciones misioneras, religiosos que gobiernan innumerables instituciones de educación o de sanidad, los organismos de gobierno de la Santa Sede, quienes trabajan en estas instituciones y un buen número de laicos, de alguna manera relacionados con esta inmensa maquinaria eclesial.

Dios nos libre de libertadores que han descubierto que Jesús era burgués y que ya no es necesario preocuparse tanto por los pobres y marginados. Para mafiosos, mejor los de siempre

Probablemente, un estudio comparado nos confirmaría que todas estas marrullerías son las mismas que se repiten en las administraciones de los diversos países. Solo que en Roma muchos de los protagonistas llevan solideos púrpura o morados. En la Iglesia no existen oficialmente partidos, ni campañas electorales ni ambiciones por lograr puestos o subir el escalafón, pero, dado que el corazón humano se mueve, casi siempre, por las mismas pasiones y ambiciones, los pecados y las infidelidades son las mismas. No olvidemos la insistente recomendación de Jesús, «no así vosotros», tantas veces olvidada por sus discípulos.

Siempre habrá sido así, pero en nuestros días está adquiriendo una gravedad inusitada, a causa de las omnipresentes comunicaciones sociales y de una nueva sensibilidad que hace que el conocimiento de estas actuaciones golpee nuestras conciencias y se refleje dramáticamente en la falta de prestigio de una Iglesia que, por otra parte, dedica sus mejores miembros y gran parte de sus bienes al mundo de los pobres y de la marginación.

De todas maneras, tengo la impresión de que cuanto sucede hoy y desde hace siglos se debe fundamentalmente a las intrincadas relaciones entre eclesiásticos, políticos y negociantes, la mayoría italianos, que componen redes de clientelismo, amiguismo y chanchullos, de imprevisibles consecuencias, en una mezcla deletérea de un catolicismo muy politizado y una política menesterosa de una religión a la que manipular. El clericalismo, no siempre creyente, y los intereses bastardos, disfrazados de pietismo, conjuntados, constituyen las tentaciones del desierto, a menudo presentes en la historia de la Iglesia.

Un papa anciano y extranjero o un cardenal canadiense, parachutados en este ambiente, pueden ser esquilmados, engañados o ninguneados, pero no resulta fácil darse cuenta. «Aquí todo se decide y se hace en nombre del Santísimo (el Papa), pero este no se entera», solía decir Juan XXIII. Por otra parte, en el caso actual encuentro un agravante: la nueva costumbre de escribir directamente al Papa, saltándose los intermediarios y filtros habituales, y una manera de expresarse que manifiesta, con las habituales fórmulas melifluas y obsequiosas, una cierta reconvención al mismo Papa.

No cabe duda de que la situación del mundo y del cristianismo exige, sin embargo, un cambio radical y romper con el modelo medieval y decimonónico existente en Roma (y en algunas diócesis), romper con un estilo áulico, de monarquía absoluta y validos, con un talante casi mafioso de falta de respeto de los derechos individuales de los creyentes. Ha llegado la hora de una mayor participación de toda la Iglesia en su marcha, de un sínodo romano operante en las cuestiones importantes, de una efectiva colegialidad de los obispos, elegidos al margen de intereses de minorías.

Si esto sucede, la Curia romana ya no sería un órgano mediador entre el Papa y los obispos, sino un órgano administrativo y ejecutivo al servicio del Papa y del colegio episcopal, salvándose así muchos de los inconvenientes actuales. Juan Pablo II indicó a los cristianos la necesidad de estudiar nuevas formas de ejercer el ministerio pontificio. El Concilio Vaticano II propuso algunos. Creo que ha llegado el momento de afrontar el tema con transparencia.

Cuentan que algunos grupos integristas de nuevo cuño, con nombre y apellido, están escandalizándose y denunciando cuanto sucede en Roma con la inocente intención de hacerse ellos con el poder. Dios nos libre de estos libertadores que han descubierto que Jesús era burgués y que ya no es necesario preocuparse tanto por los pobres y marginados. Para mafiosos, mejor los de siempre.

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