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Curas casados: Ite missa est -- Pepe Mallo

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curas casados“Curas casados: podéis ir (y dejarme) en paz”
Frustración amarga, ilusionada euforia y defraudada decepción esperanzada, tres evidentes consecuencias ante la exhortación “Querida Amazonía” de Francisco en lo referente a la ordenación de casados. Reacciones manifestadas desde quienes se sienten defraudados y chasqueados, hasta quienes exhalan celestiales suspiros de alivio por no verse traicionados ni vendidos. En todo caso, destacan la estupefacción y el desconcierto.

En siete años de pontificado Francisco ha dado pasos sorprendentes, insólitos, que ninguno de sus predecesores se había atrevido a dar. Por poner un ejemplo, la admisión de los divorciados a la comunión. Sin embargo, en esta exhortación Francisco se ha enrocado. Como sus antecesores, se ha mostrado extremadamente refractario; no ha querido enfrentarse a un problema tan candente como ineludible cual es el planteamiento del celibato opcional. Con su inflexible actitud, ha defraudado a no pocos adeptos, incluidos obispos y cardenales, y ha frustrado muchas expectativas reales.

Estas expectativas alentadoras surgieron ya en enero de 2018 con sugerentes noticias en RD: “La Santa Sede planea ordenar sacerdotes a «ancianos casados”. Más tarde, el cardenal Kasper afirmaba que “si los obispos pidieran curas casados, el Papa lo aceptaría.” Y posteriormente se puntualizaba más por el cercano Sínodo: “Francisco ordenará hombres casados si se lo pide el Sínodo de la Amazonia.” Y hay quien aseguraba que la propuesta tendría en Francisco una valoración positiva y constituiría un giro histórico, un primer paso oficial hacia una flexibilización indudable respecto al celibato. Y ya, en 2019 (17 de junio) se confirmó que “el Sínodo de la Amazonia discutirá abrir el sacerdocio a hombres casados y mujeres”, como efectivamente se ha presentado la propuesta en el documento final.

Ante estas altas expectativas yo manifesté mi escepticismo en este mismo blog, en mi artículo “Curas casados, viri suspensi” (26 junio 2019). En él hacía mención de otro post anterior, “Celibato opcional. Nanai del…Vaticano” (15 febrero 2019) en el que comentaba cómo, a su regreso de Panamá, en el avión, Francisco descartó definitivamente cualquier perspectiva dirigida a modificar la norma del celibato obligatorio de la Iglesia. Todavía flotan sus palabras “en el aire”: “Yo no estoy de acuerdo con permitir el celibato opcional. Yo no lo haré. Esto queda claro. No me siento para ponerme frente a Dios con esta decisión.” Y el día anterior a la publicación de la Exhortación (11-02 -20), confesó a los obispos norteamericanos: “No creo que sea un tema en que nos vamos a mover en este momento porque no he sentido que el Espíritu Santo esté trabajando en eso justo ahora.” Francisco se guardó entonces las espaldas y ha terminado por blindárselas. Y hoy tenemos ya el desenlace: Ni curas casados, ni diaconisas, ni ritos propios.

Desde esta perspectiva quiero exteriorizar mi punto de vista. En primer lugar, expresar mi convencimiento de que Francisco no se ha dejado sugestionar por nadie. ¿Temor a ciertas resistencias retrógradas y coacciones hostiles? Francisco no es un aprensivo que se intimida y cede a chantajes. La tan cacareada presión de Sarah-Ratzinger no ha supuesto más que un lamentable evento eclesial sin consecuencias personales para Francisco; más bien ha servido para que se les vea el plumero a Benedicto XVI, a su secretario y a sus corifeos. Francisco ha obrado por propio convencimiento, si bien personalmente opino que se ha mostrado un tanto pusilánime al no querer, por tranquilidad de conciencia, enfrentarse a un problema enquistado en la Iglesia desde hace muchos años. ¿Y quién le pone el cascabel al gato?

En la propuesta final del Sínodo de la Amazonia, no se habla de “celibato sí o celibato no”, sino de la apremiante necesidad de ministros de la Eucaristía, de los sacramentos y de la acción pastoral, casados o célibes, en tantos lugares amazónicos. Creo que todos estamos de acuerdo que el celibato opcional no debe ni va a desaparecer. El celibato voluntario es un don de Dios, sí; pero el celibato impuesto no es voluntad de Dios, sino una norma eclesial que coarta la libertad de las personas, y contraría esa voluntad divina.

Francisco ha decidido desentenderse. El problema no es teológico, como lo enfoca el Papa en la exhortación (“sacerdocio como sacramento del orden sagrado” (87), sino pastoral. La iglesia viene sufriendo a nivel general una deplorable hemorragia de abandonos y no menos una penosa escasez de vocaciones al ministerio. El documento final del Sínodo pedía la ordenación de casados para paliar esta falta de sacerdotes en lugares y comunidades donde no pueden beneficiarse de la eucaristía. El reto estaba precisamente en la solución evangelizadora de los pueblos amazónicos. Por tanto, en la posibilidad de ordenar nuevos ministros “con o sin celibato”. Francisco ha decidido desentenderse. Sin embargo, lo tenía muy fácil. En la Iglesia de rito latino ya existen curas casados, los refrendados y los “desacreditados”. ¿Qué ley se habría conculcado ordenando a los tan ponderados “viri probati”? o ¿qué desdoro habría supuesto acreditar y confirmar a tantos curas casados estigmatizados?

La primavera de Francisco mantiene en hibernación a un colectivo olvidado, excluido y silenciado. Durante más de cuarenta años, organizaciones pro celibato opcional de todo el mundo han venido denunciando las múltiples formas de profunda discriminación a que se han visto sometidos. La legislación sobre la secularización de los sacerdotes no se fundamenta en el Código de Derecho sino el Código Penal. El sistema punitivo ha sido muy riguroso con los curas casados. Últimamente se ha modificado el rescripto de secularización. Se han eliminado las prohibiciones que los rebajaba respecto a los seglares, pero siguen marginados como sacerdotes. Continúan agraviados, silenciados, ignorados.

En noviembre de 2016, Francisco visitó a familias de sacerdotes que habían optado en conciencia por el matrimonio. “Francisco escuchó sus historias y siguió con atención las consideraciones que hacían sobre las implicaciones jurídicas de cada uno de los casos. Y «su palabra paterna les aseguró la amistad y la certeza de interesarse personalmente» por ellos.” ¿Acaso ha existido diálogo? Lo lamentable no es solo la falta de diálogo, sino que la incapacidad para escuchar sea el principal defecto de las jerarquías. En el documento de trabajo del Sínodo se afirmaba que en su confección se había recogido la voz de los excluidos aborígenes. Sí, pero se había silenciado la voz de los excluidos curas casados. La sacralización del celibato se ha alzado como el más implacable muro de control clerical, condenándolos al confinamiento y al descarte. “Curas casados: podéis ir (y dejarme) en paz”.

Se han visto repudiados por la Iglesia, pero ellos no la han abandonado. Al contrario, son Iglesia y manifiestan otra forma de vivir la Iglesia. Viven con pasión el seguimiento de Jesús de Nazaret en muchos grupos, parroquias, organizaciones, movimientos eclesiales. Están comprometidos con la causa de Jesús y luchan por la renovación de la Iglesia. Trabajan en la Iglesia, porque es su comunidad de referencia para vivir el Evangelio. Y seguirán trabajando con responsabilidad en ella para recuperar la comunidad de iguales que trajo Jesús y para que la Iglesia dialogue con estos movimientos. Esperamos que el Espíritu Santo esté también comprometido en esta tarea.

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