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CUESTIONAR LA IGLESIA. Josep Castelló

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Atrio

Son muchas las voces que desde dentro y fuera de la Iglesia se alzan continuamente para cuestionar sus decisiones y criticar su conducta, y esa crítica suele molestar a quienes se sienten parte de ella, que salen al paso diciendo aquello de que «es una institución divina administrada por humanos que cometen errores».

Bueno, pues a cada cual le vale lo que le vale, y a mí esa explicación de lo divino y lo humano no me vale. Ni a mí ni a mucha más gente que no nos consideramos para nada pueblo de Dios sino simple y llanamente seres humanos. Y cuando ejercemos nuestra crítica sobre lo que consideramos que es la Iglesia, no lo hacemos por sus errores, ya que errar es humano, sino por sus pecados, es decir, por su empecinamiento en obrar de forma contraria a lo que en nuestra opinión es verdaderamente sagrado, como es la igualdad entre todos los humanos, la libertad, la justicia y más cosas. Cuestión de opiniones, por supuesto, ya que para unos es sagrado lo que para otros es profano, y en consecuencia para unos son pecados lo que para otros son virtudes.

En mi opinión, el mayor pecado de la Iglesia es haber fundado una institución de poder sobre las creencias de los seguidores de Jesús. Justamente de ese Jesús que fue crítico con quienes manejaban la religión en su tiempo, hasta el punto que decidieron deshacerse de él. Y a partir de ese gran pecado se derivan toda la inmensa constelación de los que le siguen, siendo el más importante de ellos el permanente abuso de la ingenuidad de los catecúmenos para los fines de domino de quienes rigen la institución eclesiástica.

A nadie se le oculta que el poder de la Iglesia está en el control de las mentes. Ese control se establece a través de diversos procedimientos, pero todos ellos se basan en las creencias que la Iglesia predica como fundamentales de la Fe Cristiana. A partir de ellas se desarrolla una relación afectiva con los símbolos sagrados y con quienes se consideran mediadores de lo sagrado. Y de esa relación de afecto parte el acatamiento y la sumisión de los que se vale la Iglesia para ejercer su poder sobre la sociedad.

Para librarse de esa sumisión es absolutamente necesario separar emocionalmente lo verdaderamente sagrado de lo falsamente sagrado, hallándose entre esto último la misma institución católica, puesto que afirma ser mediadora y parte de lo sagrado por designación divina. Sin desautorizar emocionalmente a la institución eclesiástica no se puede liberar la mente, y por tanto no se puede dejar de acatar sus mandamientos ni aun cuando ellos vayan en contra de la más elemental ética, como ha sucedido repetidamente a lo largo de los siglos y aún sucede.

Pero quien ha edificado su conciencia sobre las enseñanzas de la Iglesia Católica difícilmente puede llegar a desautorizarla, porque en su mente ésta es intocable ya que es parte de lo sagrado, y tan sólo cuestionará lo que ella le predica si eso entra en conflicto con su vital realidad. Y aun así, esa interpelación será las más de las veces un acto de violencia interna que comportará una más o menos fuerte conmoción personal, porque la estructura mental es un todo que se tambalea cuando rompemos importantes lazos afectivos.

Cuestionar la autoridad de la Iglesia equivale a cuestionar más tarde o más temprano todas sus enseñanzas, porque cuestionar al maestro comporta, se quiera o no, cuestionar lo que nos ha enseñado. Y en ese cuestionar se descubre que mucho de lo que nos enseñó no tiene mayor fundamento que el de esa autoridad que estamos cuestionando. Y por eso la gran tarea de la teología actual consiste, en mi opinión, en separar lo sagrado de lo que no lo es, a fin de desenmascarar el engaño que conllevan algunas de las creencias que todavía predica la Iglesia oficial, y evitar así que con el hundimiento de ésta, ya sea en el mundo o en el interior de cada persona, se venga abajo lo mejor del cristianismo.

Pero aquí está el problema: ¿qué es lo mejor del cristianismo?
Para muchas almas católicas de más o menos buena fe, lo mejor del cristianismo está en sentirse parte de esa Iglesia que creen fundó Nuestro Señor Jesucristo («al frente de la cual puso a San Pedro y por sucesión de éste al Papa», añaden los más fieles seguidores de la jerarquía eclesiástica). Porque ello les da una identidad personal que en su mente está por encima de cualquier otra: la de católicos. Porque les asegura estar en el recto camino del cielo. Porque las creencias que la doctrina católica ha implantado en su mente les proporcionan una vida emocional de privilegio al poderse comunicar mediante la plegaria directamente con Dios. Porque ello les asegura una implantación social.

Porque han edificado toda su forma de vivir sobre ellas en lo familiar, social o incluso económico, como es el caso de quienes basan su sustento en la actividad pastoral… Esas suelen ser las personas que ante el menor acoso a la institución eclesiástica se aprestan a defenderla gritando: «la Iglesia es mi madre», «pecadora pero madre». Bueno, pues allá ellos con esa madre que han elegido. A mí, con la que me dio la vida ya me basta.

Para otras personas, creyentes y no creyentes, lo mejor del cristianismo está en que sus enseñanzas fomentan los valores humanos. Esas personas no suelen confundir las enseñanzas del cristianismo con las de la Iglesia, sino que por lo general suelen ser críticas con cuanto esa institución eclesiástica proclama y dispone. Quienes así piensan, ponen los valores humanos en el primer plano de su vida, tanto si siguen prácticas religiosas como si no, lo que les permite compartir y aceptar creencias distintas de las suyas en tanto que sean humanamente aceptables.

Quienes hemos sido educados cristianamente y hemos tenido la gran suerte de crecer en un entorno de pensamiento libre y lejos de todo fanatismo religioso, solemos conservar en lo más profundo de nuestra conciencia un gran respeto por la esencia del pensamiento cristiano, lo cual nos hace estar en contra de toda instrumentación del mismo para intereses materiales. Y de ahí nuestra actitud crítica con la institución eclesiástica católica. O si más no, de ahí la mía.

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