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Crónica de una nación rota -- Jaime Richart, Antropólogo y jurista

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Rota por la corrupción, rota por la desigualdad, rota por la injusticia, rota por la contumacia, rota por la estupidez de un pueblo que en general en España se entrega a la fata­lidad de seguir siendo rehén de una religión que no se resigna a proporcionar exclusivamente consuelo y espe­ranza a las almas desconsoladas y se empeña en dominar la vida, también la vida de los descreídos…

La sociedad española y sus territorios, compactos a la fuerza durante 40 años de dictadura y relajada como un or­ganismo vivo durante otros treinta después por el flujo de dinero procedente de Europa, está resquebrajada como un edificio que no resiste el paso del tiempo. Las grietas profundas que empezaron a aparecer con la crisis finan­ciera hace 10 años, se acentuaron al conocerse pública­mente el colosal saqueo de las arcas públicas a que los diri­gentes políticos, de acuerdo con los empresarios, some­tieron al Estado y a las Autonomías. Y aunque todo proceso penal en sí mismo es un castigo, la grietas se ahon­daron mucho más al responder débilmente la justicia frente a semejantes desmanes, de tres maneras: absol­viendo a los inculpados unas veces, aplicando a los culpa­bles penas asignadas a delitos de bagatela otras, permi­tiendo la dilatación de las causas abiertas contra los encau­sados hasta dar lugar a su enfermedad o a su falleci­miento…

En estas condiciones psicosociales lamentables se encon­traba el país, cuando irrumpen en escena otras tres circuns­tancias que tensionan el edificio social y le hacen tambalearse: por un lado, la presencia en la vida política del movimiento, convertido luego en partido, de un sector joven de la sociedad que vindica democráticamente una situación que afecta muy gravemente a amplias porciones de sociedad; por otro lado, la tensión entre los sexos impul­sada por la reivindicación femenina del movimiento feminista, frente a una manera retrasada de relacionarse el hombre y la mujer que se resiste a reconocer a la mujer el mismo sta­tus que tiene el hombre; por otro, la tensión terri­torial desatada por el espíritu de independencia exis­tente en un territorio, activado en esta oportunidad por el modo despectivo y au­toritario de responder el poder cen­tral a las pretensio­nes estatutarias y luego de independen­cia de por lo menos la mitad de su población.

En cuanto al partido político emergente, pese a las motiva­ciones graves y lapidarias que requieren medidas de urgencia para restablecer la normalidad en el país, el vi­gor de su ideario y su espíritu han terminado perdiendo fuerza acosado por los poderes económicos que arrastran consigo a los potentes medios de comunicación protegidos por dichos poderes, y al propio estamento judicial del que buena parte de sus miembros se manifiesta contraria a la mediatización del poder judicial por el poder ejecutivo. En cuanto a la tensión hombre-mujer, es perceptible un fenó­meno de inversión psicológica en cuya virtud el predomi­nio del hombre en la sociedad propiciado durante siglos por el pensamiento religioso más reaccionario, está condu­ciendo a un significativo retraimiento del hombre respecto a la mujer en la vida ordinaria. Y por lo que se refiere al candente conflicto entre el Estado central y el Estado Auto­nómico, el país entero retrocede a niveles cercanos a los revolucionarios, prebélicos o cavernarios, por la obstina­ción del primero a no salirse del diseño sociopolí­tico de una Constitución viciada por las circunstancias en que fue redactada, en línea con la contumacia secular de la Iglesia católica y de su brazo inquisitorial en España; obsti­nación e inflexibilidad reforzadas por una interpreta­ción de la norma arbitraria o espuria a cargo de un poder judicial que a todas luces no es independiente, como corres­pondería a una democracia que no se encuentre en la fase anal…

30 Marzo 2018

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