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Cristianismo simbólico -- Andrés Ortiz-Osés, Catedrático emérito de Deusto

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Javier Otaola encarna en su persona y obra una especie de lúcido ecumenismo cultural. Abogado y síndico, ilustrado y posmoderno, jesuítico y anglicano, escritor y masón. Pertenece a una Logia simbólica refundada por él mismo, una Logia que admite a las mujeres y, por tanto, una Logia que es un Logos femenino por cuanto asume lo femenino.

Por lo demás, la figura ecuménica, abierta y dúctil de nuestro colega se aviene bien con su apellido vasco, cuyo significado remite a “árgoma” o “aulaga”, la planta espinosa de flores amarillas. Otaola no se emparenta con la dureza mineral ni con la agresividad animal, ya que ostenta una ductilidad cuasi vegetal aunque correosa.

En su nuevo e interesante libro “Cristianismo, sin embargo”, el autor asume sus orígenes cristianos, aunque pasados por la Ilustración y la posmodernidad. Nuestro culto escritor no enfrenta Ilustración y cristianismo, como algunos hacen, porque sabe que lo mejor de la Ilustración –libertad, igualdad, fraternidad- se inspira en el propio cristianismo. Cuidado, en un cristianismo “sin embargo”, o sea, sin embargo de la razón y el corazón. El cristianismo que embarga la razón o el corazón es un cristianismo fanático o fundamentalista, pero no cristiano. En efecto, el auténtico cristianismo remite a su fundador Jesús de Nazaret, cuya divisa puede resumirse parafraseando a san Agustín así: “Ama, y haz lo que puedas”. Al recuperar críticamente el cristianismo originario o nazareno, Javier Otaola descubre una ética humana cuasi universal, una moral de actitudes fundamentales pero no fundamentalistas, sino precisamente antifundamentalistas.

En su aportación al número monográfico que la revista Anthropos de Barcelona ha dedicado al filósofo posmoderno cristiano-católico Gianni Vattimo, nuestro filósofo Fernando Savater afirma que lo que hace Vattimo y socios, entre los que me cuento con matices, es proyectar hoy la mitología o simbología cristiana, al margen de su literalismo o integrismo eclesiástico. Podríamos hablar entonces de una “filosofía cristiana” que, al margen de la gran ortodoxia oficial, articula personalmente el ideario cristiano frente a su ideologización o manipulación a menudo sectaria. Y bien, yo creo que en este contexto de una filosofía cristiana libre y abierta a la universalidad, hay que situar la intrigante e inteligente posición de nuestro autor. Yo hablaría de un “cristianismo simbólico” y no literal, un cristianismo sin embargo o embargos, pero con ambages. En efecto, un tal cristianismo liberal trata de evitar sus embargos o impedimentos tradicionales, pero es un cristianismo con ambages, rodeos o circunloquios, así pues plural y ecuménico, y no purista o puritano.

Un cristianismo sin embargo, pero con ambages. Un cristianismo humanista sin trabas inhumanas, pero con el rodeo que han dado los tiempos, las mentes y los corazones. Un cristianismo autocrítico que conoce su inquisitorial historia eclesiástica y su alianza oficial con el poder. Un cristianismo desclericalizado e incluso descatolizado, en el buen sentido unamuniano, capaz de respetar lo sagrado pero pro-fanado o abierto a este mundo, y no circunscrito al otro mundo. Un cristianismo a pesar de sus pecados que son los nuestros, pecados confesados y arrepentidos: un cristianismo no obstante el “nihil obstat” que tanto la obstaculizado el avance científico y cultural inculturalmente.

Un tal cristianismo remite con el viejo Romano Guardini a Cristo, pero sin tratar de recuperar presuntas épocas beatas o episodios cristianos idílicos o idilizados (idealizados). Este cristianismo liberal proyecta a Dios como protosímbolo del sentido de la vida, tal y como adujo Wittgenstein, pero que se encarna en Jesús como archisímbolo del sinsentido de la vida en su muerte. Llamo a un tal cristianismo “simbólico” porque simboliza filosóficamente la pasión del sentido y su muerte, así pues la simbología del sentido y del sinsentido que codefinen dualmente la coexistencia del hombre en este mundo. El cristianismo simbólico traduciría secularmente al cristianismo sacramental, ya que alberga en su seno la experiencia o vivencia de lo religioso o sagrado, siquiera abierto al mundo secular.

Pues bien, un tal cristianismo simbólico de carácter secular se alía con la democracia contemporánea, precisamente porque está en el trasfondo de nuestra democracia. La cual procede del cruce intercultural entre el Hermes griego del ágora, el lenguaje o la comunicación de los contrarios y del Hermes cristiano (Cristo) de la igualdad fraterna y la conciencia libre. Esta conciencia emerge en el cristianismo nazareno, se enturbia en edades oscuras u oscurantistas y resurge en el Renacimiento católico y la Reforma protestante. Un peregrinaje de la conciencia cristiana que no ha sido favorecido especialmente por la Iglesia católica tradicional, y por ello paga sin duda hoy día su cerrazón y aislamiento. Menos mal que esta tradición católica ha sido sobrepasada por los católicos más creativos, como Nicolás de Cusa o Erasmo, Miguel Ángel o Leonardo da Vinci, Galileo o Descartes, Pascal o Vico, Mozart o Beethoven, Teilhard de Chardin o K, Rahner, G. Durand o G. Vattimo, Amor Ruibal o R. Panikkar, H. Küng o el mismísimo M.Heidegger.

Según el teólogo católico J.B. Metz, la Iglesia tradicional comportaría el síntoma de una “herida gnóstica”, la cual le induce a renegar del mundo y despreciarlo en nombre de la religión pura o purista, basada en lo sobrenatural frente a lo natural. Pues bien, yo pienso con Metz que la Iglesia tradicional exagera su antimundanismo, aunque frente a Metz también pienso que un “toque gnóstico” por parte de la Iglesia es muy conveniente, ya que representa la crítica del mundo encerrado en una inmanencia egoísta o empecatada. El propio Lutero definía el pecado como un encerrarse en sí mismo, sin apertura al otro y a la otredad. Así que me afilio a una Iglesia que critica a este mundo cerrado, pero comparto con Metz que esta Iglesia exagera y exhibe una herida que podríamos llamar narcisista, fruto de su resentimiento (como ya adujo Nietzsche). En efecto, frente al desprecio eclesiástico por el mundo, se trataría de compadecer el mundo: pues la compasión es la virtud típicamente religiosa, como lo muestra paradigmáticamente el budismo.

Todo hombre que viene a este mundo está herido de muerte, contingencia y corrupción,
Pero ante esta herida mundana no se trata de huir del mundo inmanente al supramundo trascendental sea platónico o cristiano, sino de remediar dicha herida humanamente, a través de las mediaciones de la cultura y la ciencia, de la ética y la política, sin olvidar abrirse a una trascendencia incoada por la propia muerte. Es verdad que a pesar de todo, no podemos curar del todo ni cerrar nuestra herida finalmente mortal, pero podemos cuidarla sin descuidarnos del mundo, más aún, tratando la herida mundana con remedios asimismo mundanos (precisamente porque es mundana).

He aquí que nuestra herida existencial no tiene remedio absoluto porque es mortal, pero tiene remedios relativos o relacionales, humanos y mundanos, culturales o simbólicos. El principal remedio paliativo de nuestra herida o sinsentido existencial consiste en proyectar un sentido de apertura, así pues un abrimiento radical a la otredad y al decurso de lo real. Este sentido proyectado tiene al mismo tiempo un carácter religioso y secular, porque abre el mundo al más allá y porque se abre al mundo en su devenir histórico, siquiera críticamente. Pues bien, un tal sentido se define como la sutura simbólica de la fisura real, el cuidado humano de la herida mortal, el remedio filosófico de nuestro desgarro vital.

En correspondencia con lo dicho, preconizamos una democracia simbólica o simbolizadora de sentido y valores, cuyo patrón es Hermes, el dios mediador y remediador. Sin embargo, tenemos una democracia literal y burocrática, formal o abstracta (más que material-concreta), cuyo patrón es el oro y el capital. Pero una democracia real o auténtica, como la exigida en las movilizaciones árabes o en nuestra movida de indignados del 15-M, es una democracia humana y no inhumana, cálida y no frígida, contextual y no meramente textual o leguleya, simbólica y no literal-abstracta. Precisamos una democracia que proyecte sentido simbólico o humano, el cual media hermesianamente entre la realidad bruta y las posibilidades abiertas, entre lo que hay y debería haber, entre el realismo simbolizado por la sierpe del caduceo de Hermes y el idealismo simbolizado por las alas en dicho emblema.

Hermes es el dios de las transiciones y transacciones, de la negociación política hoy reducida a mero negocio mercantil. Por eso el Hermes griego, patrón de la democracia parlamentaria, es reducido al romano Mercurio, el patrón de la democracia capitalista o dineraria, monetaria o bancaria: la misma que nos ha llevado a cierta bancarrota económica y moral.

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