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COVID-19 y el clima. Una pandemia no esconde la otra -- Sergio Ferrari, de la ONU, Ginebra, Suiza

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El planeta sigue transpirando. Las temperaturas globales se disparan, a pesar del leve respiro que, paradójicamente, le da el COVID-19 con su corolario de contracción económica y reducción del transporte. Los próximos e imprevistos desastres naturales seguirán tocando a la puerta de la Tierra, aunque el coronavirus buscará desplazarlos del primer plano mediático.
Las emisiones de gases de efecto invernadero, como el C02, responsables
principales del deterioro climático, se redujeron drásticamente durante la actual
crisis. Por ejemplo, en China, principal emisor del mundo, se estima que las mismas
bajaron en torno de un 25 %.

“Suspiro” en sala de emergencia
Sin embargo, descenso momentáneo no implica solución estratégica. Y hacia allí
apunta Greenpeace, cuando afirma en su estudio de abril del año en curso que
“pese a la reducción de las emisiones en algunos sectores como el transporte y el
eléctrico, la concentración de CO2 en la atmósfera no baja, sino que sigue
aumentando. Consecuentemente la crisis sanitaria no está contribuyendo a paliar la
otra gran crisis que enfrenta el mundo: el cambio climático”
( https://es.greenpeace.org/es/noticias/la-concentracion-de-co2-sigue-creciendo-a-pesar-de-la-crisis-sanitaria-causada-por-el-covid-19/ )

La ONG internacional sistematiza algunas estimaciones sobre la reducción
transitoria a raíz de la crisis. Y afirma que Alemania podría emitir entre 50 y 120
millones de toneladas menos de CO2 este año por la enorme bajada en la demanda
de electricidad. En la ciudad de Nueva York se estima una caída del 5-10% de las
emisiones de CO2 y una caída sólida en el metano.
Carbon Brief, referencia en el tema, sostiene que esa reducción podría ser de un 5%
con respecto a 2019 ( https://www.carbonbrief.org/analysis-coronavirus-set-to-cause-largest-ever-annual-fall-in-co2-emissions ). Y sostiene que dicho descenso va a ser el más importante de la historia, desde que se realizan inventarios. Será más significativo que las
caídas de CO2 registradas, en orden descendente, durante la recesión del 1991-
1992; la crisis energética del 1980-81; la Gripe Española de 1918-1919; y la crisis
financiera del 2008-2009.

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) constata que la demanda de petróleo
de este año ha caído por primera vez desde 2009. Una reducción de cerca de
90.000 barriles de petróleo/día respecto a 2019, debido a la profunda contracción del
consumo en China y a las suspensiones en los viajes y el comercio mundiales. Los
datos más recientes indican que la demanda de petróleo se desplomó un 25%. Para
visualizarlo con una imagen, esa caída sería como si toda Norteamérica (EEUU,
Canadá y México) dejasen de consumir ese combustible de golpe.
Cada vez peor

Los últimos cinco años, según el balance de diferentes organizaciones
internacionales especializadas, han sido dramáticos para el clima. A pesar de los
gritos crecientes de nuevos actores sociales que ganaron asidua y activamente las
calles, las cifras son categóricas.
Desde los años 80 cada década ha sido más cálida que la anterior. La concentración
del CO2, en el último quinquenio resultó un 18% mayor que en el anterior. El año
pasado se registraron los valores más elevados en cuanto a contenido calorífico en
los 700 metros superiores de los océanos, amenazando significativamente la vida
marina y los ecosistemas.

Las olas de calor golpearon entre 2015-2019 a todos los continentes sin distinción. Y
fueron una de las causas principales de los incendios forestales sin precedentes, no
solo en la selva amazónica, sino en Australia, América del Norte y Europa.
En cuanto a la repercusión directa en la especie humana, cerca un tercio de la
población mundial vive en zonas con temperaturas potencialmente mortales, al
menos 20 días por año, debido a las enfermedades propias de ese clima excesivo.
La sequía multiplicó la inseguridad alimentaria en numerosas regiones del globo, en
particular en África, en tanto los ciclones tropicales repetidos produjeron pérdidas
incalculables.

Las lluvias intensas y desbocadas, facilitan la aparición de brotes epidémicos. Allí
donde el cólera es ya endémico, 1300 millones de personas corren el riesgo de
contraer la enfermedad.
50 años de “poco o nada”
Hace exactamente medio siglo, se “celebró” por primera vez el Día de la Tierra.
Entonces, los expertos comenzaron a alertar sobre las consecuencias irreparables
para la humanidad producto del calentamiento global.

El diagnóstico de entonces no era errado. Según datos de la Organización
Meteorológica Mundial, la concentración de CO2 es actualmente un 26% mayor que
las marcas de 50 años atrás. La temperatura aumentó en igual período un 0,86°C y
ya supera holgadamente en 1,1°C la de la era preindustrial. Y la tendencia sigue en
ascenso. La misma agencia de la ONU calcula saltos significativos hasta 2024, en
particular en las regiones de altas latitudes y zonas terrestres, siendo más lento en
los océanos, en particular el Atlántico Norte y el Austral.
( https://public.wmo.int/es/media/comunicados-de-prensa/el-d%C3%ADa-de-la-tierra-hace-
hincapi%C3%A9-en-la-acci%C3%B3n-clim%C3%A1tica )

Desafíos monumentales
En tanto la pandemia produjo un cimbronazo mundial sin precedentes desde la 2da
Guerra Mundial, pero con impacto a corto y mediano plazo, la lucha contra el
calentamiento apuesta a la estrategia misma de sobrevivencia de la humanidad.
“Se debe actuar con decisión para proteger el planeta tanto del coronavirus como
de la amenaza existencial del cambio climático”, declaró recientemente Petteri Talas,
director de la Organización Meteorológica Mundial. Agregando que “debemos
aplanar la curva tanto de la pandemia como del cambio climático…Tenemos que
actuar juntos en interés de la salud y la prosperidad de la humanidad, no solo
durante las próximas semanas y meses, sino pensando en muchas generaciones
futuras”.

Si se quiere controlar la pandemia climática, se debería asegurar – lo que parece ya
casi imposible- una disminución de las emisiones globales de carbono de 7,6% para
fines del año en curso. Y mantener ese porcentaje de reducción anual durante la
próxima década para mantener el calentamiento global por debajo del 1,5°C a fines
del siglo, según las previsiones del Programa de Naciones Unidas para el Medio
Ambiente.

Visión compartida, al menos retóricamente, por el Secretario General de las
Naciones Unidas. En su mensaje por el Día Internacional de la Madre Tierra, el
pasado 22 de abril, Antonio Guterres insistió en que “las perturbaciones del clima se
están acercando a un punto de no retorno”. Y definió seis principios para que la
recuperación económica y financiera postcrisis se impulse en el marco de una nueva
conciencia de protección del medioambiente. “La recuperación debe ir acompañada
de la creación de nuevos trabajos y empresas mediante una transición limpia y
ecológica …la artillería fiscal debe impulsar el paso de la economía gris a la verde y
aumentar la resiliencia de las sociedades y las personas”
( https://www.un.org/es/observances/earth-day/message )

Greenpeace, por su parte, en el estudio de abril, considera que, “aunque las
reducciones puntuales en las emisiones no van a paliar la crisis climática, sí
deberían servir para iniciar los cambios profundos y necesarios para reducir las
emisiones a cero”. Sostiene que este punto de inflexión puede y debe ser un motor
de la recuperación económica y ser la base de la prosperidad a largo plazo. Y llama
a que los Gobiernos abandonen las subvenciones a los combustibles fósiles al
mismo tiempo que el apoyo a las inversiones públicas se destinen a actividades
productivas que garanticen la sostenibilidad del planeta.

Recuperar la calle
La pandemia y las restricciones de movilización y concentración humana frenaron en
seco, por algunas semanas, la protesta ciudadana a nivel planetario. La misma
estaba en ascenso en muchos países cuando se desató el COVID-19.
Esa cuarentena de calle golpeó particularmente a las movilizaciones juveniles en
defensa del clima, principales protagonistas sociales durante todo 2019, en todo
caso en Europa. Y hoy, una de las *víctimas* indirectas de la pandemia.

Las organizaciones nucleadas en torno la Huelga Climática, que marcaron la
dinámica social en Suiza en los últimos dos años, se vieron obligadas a renunciar,
por ejemplo, a la gran jornada de acción que había sido originalmente convocada
para el pasado viernes 15 de mayo. Que había logrado consensuar las fuerzas
juveniles medioambientales y las principales organizaciones sindicales. Y que se
proponía crear un hecho político de la dimensión de la Huelga de Mujeres, del 14 de
junio del 2019, cuando se movilizaron en todo el país medio millón de participantes.
Cuando la lenta reapertura comienza a transitarse en una buena parte del planeta, la
pregunta de fondo es doble. ¿Logrará imponerse una nueva racionalidad productiva
que sea ecológicamente sustentable? Y, adicionalmente, ¿conseguirán las
organizaciones sociales -especialmente juveniles- a favor del clima recuperar la
energía de un año antes o sufrirán el impacto del lockdown impuesto por los
gobiernos para evitar la propagación de la pandemia?

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