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CORTINA, ELZO Y TORRALBA: «LA ESCUELA PUEDE Y DEBE EDUCAR MORALMENTE»

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Vida Nueva

Continúa la polémica con la asignatura de Educación para la Ciudadanía. “la Escuela puede y debe educar moralmente, lo que importa es saber en qué valores debe hacerlo, porque esos valores componen el capital ético de una sociedad” señala a la revista “Vida Nueva” Adela Cortina en el número que el semanario religioso ha dedicado ampliamente a este tema y en la que también interviene Javier Elzo y Frances Torralba. Una amplia información en donde se recogen las firmas de autorizados investigadores que no ven lugar para la objeción de conciencia.


De hecho, para la catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, la Escuela ya educa “a través de la actitud de los profesores, de los valores por los que se orientan las decisiones del claustro a través del famoso ‘currículum oculto’, que impregna la vida escolar y familiar”. De ahí que estime necesario que “Administración, profesores y padres pongan negro sobre blanco los valores morales sobre los que pretenden educar, de forma que sean aquellos que pueden compartir”.

La cuestión, entonces, sería encontrar esos valores ‘compartibles’. Para la profesora Cortina podrían ser “los valores éticos que deberían caracterizar a un ciudadano, tal como lo entenderíamos en el pleno sentido de la palabra”. La razón para ello: “Puede aceptarlos cualquier ética de máximos en una sociedad pluralista, como la nuestra, sea religiosa o secular, y componen la ética cívica, la ética de los ciudadanos, común a todas ellas”.

Y estos valores así formulados, ¿aparecen recogidos en EpC, en sus Decretos Mínimos?. “De forma más o menos atractiva, sí los recoge, y por eso no parece estar justificada una objeción de conciencia frente a ella. Más bien, lo que importa es insistir en que sea auténtica educación en una ciudadanía justa, activa y crítica”, afirma.

Pero, para ello, no bastará “con que los profesores se limiten a inducir conductas con jueguecitos sin cuento, sin dar razón de por qué son mejores que otras, ni bastará tampoco con que se contenten con informar sobre los contenidos de la Constitución, sobre los organismos del Estado y las Comunidades Autónomas, incluso sobre las relaciones de derechos humanos reconocidos internacionalmente”, advierte. “Un ciudadano activo y crítico necesita saber el qué, pero sobre todo el porqué: necesita conocer también las teorías éticas que dan sentido y legitiman las leyes y las instituciones”, añade la catedrática.

En todo caso, la autora de “Ética de la razón cordial” (Ediciones Nobel) estima que la Escuela no ha de educar ella sola. Es una tarea ésta en la que ha de embarcarse también la sociedad en su conjunto, porque, “en ese juego de la educación importa jugar al ‘todos ganan’, y no sólo en la materia concreta de EpC, que tampoco va a resolver gran cosa por bien que se imparta, sino en la vida diaria de las aulas y de la casa, que es realmente decisiva para formar ciudadanos justos y personas felices”.

Asignatura ‘muy oportuna’

Al catedrático de Sociología de la Universidad de Deusto, Javier Elzo, Epc le parece una asignatura “muy oportuna”. “En una sociedad en la que prima el mero individualismo de deseo como telón de fondo y el bienestar como valor supremo, una asignatura que tenga como objetivo hacer de los escolares ciudadanos autónomos y responsables con la cosa pública hay que saludarla muy positivamente”, señala.

Más discutible le parece el contexto en el que nace, “cuando se ha arrinconado a la clase de Religión y, sobre todo, tras tantos años de educación en valores sin que, salvo ignorancia por mi parte, se haya evaluado seriamente su eficacia”.

Un contexto, además, en donde “la actual situación de crispación entre un laicismo excluyente en algunos ámbitos próximos al poder socialista que quiere cercenar la dimensión religiosa a las sacristías y a la sola privacidad de los individuos, por un lado, y los residuos de una Iglesia de Cristiandad que todavía pretende cuadricular la ética pública desde una determinada ética cristiana, por el otro, no favorece un diálogo razonable sobre la nueva asignatura”. “De ahí –añade– la guerra de trincheras en la que nos encontramos estos últimos años de la que la nueva asignatura no es sino un episodio más”.

Reconoce Elzo que los contenidos de los que se nutra la asignatura son fundamentales a la hora de hacer una valoración de los mismos. Pero él parece tenerlo ya claro. “Al tener conocimiento de las personas y los grupos que están trabajando en la elaboración de los materiales para la asignatura en varias de las mejores editoriales en libros de enseñanza, personalmente no tengo problema alguno, bien al contrario, en que se dé esa asignatura y se dé bien. A los católicos más reticentes les invitaría a conocer la valoración que hacen los radicales del laicismo sobre cómo está quedando la asignatura. Apuesto que, al final, serán los radicales de ambos lados los que van a poner el grito en el cielo. Como siempre”.

En todo caso, reconoce el derecho y el deber de los padres a criticar la asignatura si creen que a través de ella se inculcan a sus hijos valores contrarios a su credo. “Pero, con discernimiento. No sea que veamos diablos que a lo mejor no pasan del cristal de nuestras propias gafas”, apostilla.

Reticencias

Para Francescs Torralba, la iniciativa de una asignatura que se comprometa a educar a las nuevas generaciones en el espíritu y la letra de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal y como se comprometieron las naciones que la firmaron en 1948, “no me parece mala”. “Otra cosa es su aplicación, su puesta en marcha, los núcleos temáticos que se deberán estudiar y cómo se impartirán”, señala el catedrático de Filosofía de la Universidad Ramon Llull, de Barcelona.

Aunque Torralba considera que los valores que se contemplan en EpC “son los pilares de una sociedad participativa y democrática”, advierte también de que su novedad “suscita algunas reticencias que tampoco son baladíes”. “Existe la posibilidad de intoxicar ideológicamente a las generaciones más jóvenes, pero ello también es posible llevarlo a cabo desde otras ramas del saber, como la historia o la filosofía, la literatura o las ciencias sociales.

También existe la posibilidad de que se controlen ideológicamente los contenidos que debe tener tal materia. Y hasta cierto punto, debe ser así, pero también debe respetarse la legítima autonomía de las instituciones educativas que existen y la legítima autonomía de los profesores. Teniendo en cuenta el tiempo que se va a dedicar a Epc [una hora semanal en un curso del tercer ciclo de Primaria, otra hora semanal en uno de los tres primeros cursos de ESO y una modificación o ampliación en Filosofía de 1º de Bachillerato] uno tiene ciertos motivos para considerar que será una materia completamente irrelevante y que tendrá, sobre todo, un efecto ornamental”.

Conseguir que esto no sea así depende de los profesores, asegura. “Sólo si los docentes se entusiasman realmente con la idea y ponen empeño en ello, la nueva materia tendrá efectos positivos. ¡Ojalá sea así!. Con todo, es justo reconocer que la comunidad educativa está muy cansada y sufre un gran escepticismo como consecuencia de los cambios de ordenamiento jurídico que han tenido lugar en nuestro país en los últimos lustros. Contra la opinión común, no creo que la escuela sea un puro órgano de transmisión de conocimientos y de saberes, sino también un lugar de formación y de transmisión de valores. El debate reside en precisar ‘qué’ valores deben transmitirse, ‘cómo’ tiene que ser tal transmisión y ‘cuál’ es la pirámide axiológica que necesita nuestra sociedad”.

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