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Consideraciones en torno a un fenómeno social inédito. El 15 M: Un movimiento peligroso -- Manuel Medina

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Rebelión

Canarias Semanal
La indignación es un sentimiento que ha empezado a tomar cuerpo en nuestra sociedad. No es solamente una expresión de repulsa ante la hiedra creciente de injusticias que ahogan a la gran mayoría de los asalariados, sino también una expresiva manifestación de rechazo hacia hábitos del quehacer político vigente. No obstante, como han demostrado numerosas experiencias del pasado, si la indignación queda reducida a un gesto de rabia impotente está inexorablemente condenada al fracaso. Si alguna virtud ha tenido el 15M, nacido de forma espontánea hace apenas cuatro meses, es que una parte de sus integrantes ha sabido convertir la rabia en denuncia, la denuncia en acción y la acción en organización.

Con esa sorprendente intuición que tantas veces han puesto de manifiesto los grandes movimientos sociales a lo largo de la Historia, el 15M ha tenido la sensibilidad de saber asentarse donde de manera natural le correspondía hacerlo: en los barrios y pueblos, en las universidades y esperamos que en un próximo futuro pueda hacerlo también en asambleas de trabajadores, profesionales, enseñantes, etc. Sucede que en los tiempos en los que las contradicciones se intensifican virulentamente las masas que intervienen en ellas multiplican la imaginación y el ingenio y rompen con ímpetu los moldes burocráticos e institucionales que hasta entonces han encorsetado su participación.

En sus fases iniciales, la autorganización popular no ha obedecido nunca a reglas ni a principios preestablecidos. Las eclosiones sociales, como ocurre con los torrentes, abren arrolladoramente su propio cauce rompiendo con todo lo viejo y caduco que se interpone en su camino, creando nuevas formas de participación popular, originales relaciones entre sus integrantes e, incluso, facilitando la aparición de inéditos lenguajes comunicacionales. Eso ha sido evidente en el 15M en el curso de los tres últimos meses. El papel protagónico de quienes han participado como actores en las innumerables asambleas y manifestaciones ha hecho envejecer, de repente, la práctica política de la izquierda autista que comenzó a desnaturalizarse a partir de los Pactos fraudulentos de la llamada “Transición democrática”.

El entusiasmo ha barrido las calles de las principales ciudades del Estado español. Manifestaciones, asambleas, concentraciones para frustrar las acciones judiciales de los desahucios bancarios, asambleas barriales, multitudinarios parlamentos donde todo es discutido, aprobado o rechazado. Una impetuosa ráfaga de viento fresco que ha servido para barrer la atmósfera viciada que había aplastado a este pueblo por años.

Durante meses, miles de jóvenes y adultos que hasta ahora no divisaban ninguna perspectiva de participación política fuera de las expresamente diseñadas por el Sistema han sentido que aquello realmente era “hacer política”, y no la exhibición grotesca que cotidianamente tiene lugar bajo las sagradas cúpulas de las vetustas instituciones del establishment. Por eso es explicable que esta dinámica arrolladora de los “nadie” haya provocado tanto desconcierto – cuando no rechazo – incluso en aquellas organizaciones políticas de la izquierda a las que objetivamente les correspondería contarse entre sus aliados naturales.

Todavía es pronto para decir cuál será el itinerario político por el que transcurrirá el 15M. Serán muchos los retos que se interpondrán en su futura trayectoria. De hecho los medios de comunicación, en manos de los grandes consorcios que construyen la denominada “opinión pública”, han detectado ya la potencialidad de este enemigo y se han puesto manos a la obra estigmatizando sutilmente sus acciones, tratando de provocar la división en sus filas asignando colores a sus integrantes: los moderados y los radicales, los buenos y los malos, los tratables y los intratables. A esa distorsión informativa seguirá, probablemente, el silenciamiento hermético del movimiento.

Intentarán borrar de la memoria colectiva que el difuso hartazgo que ha movilizado a miles es, en realidad, un sentimiento compartido por una buena parte de la sociedad. En los medios ya empiezan a colarse declaraciones de los primeros desertores, que se acercan a las redacciones de los periódicos a descargar sus lagrimones con el lamento elitista y fascistón que en su día pronunciara Ortega y Gasset: “¡No es esto!”, ¡No es esto!”. Asimismo, de vez en cuando dejan asomar a las tribunas a supuestos “ideólogos” del 15M que aconsejan “moderación” en la indignación y “respeto” a las instituciones.

Es cierto también que el lúgubre páramo de casi tres décadas de ausencia de grandes luchas sociales y organización popular ha dejado una estela de inexperiencia política entre las generaciones más jóvenes. No pocos caminan hoy a tientas, y sin seguridad acerca de la dirección a la que deben dirigir sus pasos. Difícilmente podía ser de otra manera cuando tan escasas han sido las posibilidades de aprender. Sin embargo, una de las características de los procesos dinámicos que movilizan a grandes sectores de la sociedad es justamente que sus protagonistas son capaces de aprehender con una velocidad de vértigo. Expresión de este acelerado aprendizaje han sido las dialécticamente cambiantes definiciones que ha asumido el movimiento en su corta andadura.

Comenzó autoproclamándose como un movimiento “apolítico”, pero pronto comprendieron que tal definición estaba en flagrante contradicción con su práctica y objetivos. Acertadamente concretaron que el 15M era apartidario, aunque no ideológicamente neutro. En la actualidad las cosas aparecen estar ya más precisas. Los planteamientos que enarbola este movimiento social son claramente antioligárquicos. Y aunque en el seno del mismo se entrecruzan también corrientes afines a la socialdemocracia reformista, encabezadas por economistas e intelectuales que biográficamente han estado vinculados en el pasado al PSOE, la tendencia general que se aprecia parece orientarse hacia la consolidación de las posiciones más consecuentemente de izquierdas.

Sin establecer, desde luego, comparaciones ni paralelismos, lo que hoy sucede en el Estado español posee una serie de elementos comunes a otros procesos históricos. La Comuna de París fue una auténtica eclosión de auto organización y creatividad popular que barrió por primera vez del poder a la burguesía francesa. La Revolución de 1905 en la Rusia zarista no obedeció a ningún llamado de las organizaciones que se oponían a la autocracia de Nicolás II.

Las masas desheredadas y hambrientas, encabezadas por un pope que terminaría luego convirtiéndose en agente de la policía política, se echaron la calle y terminaron poniendo en jaque a la mismísima Monarquía. Los Soviets del 17-18 de la Rusia revolucionaria no fueron un instrumento político creado por los bolcheviques – aunque éstos supieron detectar prontamente su extraordinaria importancia – sino una creación netamente popular, cuya base se sustentaba en las agrupaciones de obreros, soldados y campesinos organizados en Asambleas soberanas.

Hoy, el lugar de aquellos que quieren cambiar realmente esta sociedad, que se niegan a asumir las argucias institucionales que entreteje el sistema capitalista, está sin duda en las Asambleas Populares del 15M, contribuyendo a organizar a la ciudadanía, aprendiendo de ella y aportando a la misma su propia experiencia. Ello haría posible que este poderoso movimiento termine convirtiéndose en algo realmente peligroso… para el Sistema.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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