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Comentario al evangelio del 2 de Abril, Viernes Santo -- José María Castillo, teólogo

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Somos Iglesia Andalucía

Jn 18, 1-19, 1-42
En aquel tiempo Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: “¿A quién buscáis?” Le contestaron: “A Jesús el Nazareno”. Les dijo Jesús: “Yo soy”.

Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles, “yo soy”, retrocedieron a y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez: “¿A quién buscáis?” Ellos dijeron: “A Jesús el Nazareno”. Jesús contestó: “Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos”. Y así se cumplió lo que había dicho: “¡No he perdido a ninguno de los que me diste!”. Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: “Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?”

La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año, el que había dado a los judíos este consejo: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo”. Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Ese discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el palacio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro: “¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?” Él dijo: “No lo soy”. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose.

El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contestó: “Yo he hablado abiertamente al mundo: yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo”. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo: “¿Así contestas al Sumo Sacerdote?” Jesús respondió: “Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?”

Entonces Anás lo envió atado a Caifás, Sumo Sacerdote. Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: “¿No eres tú también de sus discípulos?” Él lo negó diciendo: “No los soy”. Uno de los criados del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: “¿No te he visto yo con él en el huerto?” Pedro volvió a negar, y en seguida cantó un gallo. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al Pretorio. Era el amanecer y ellos no entraron en el Pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilatos afuera, adonde estaban ellos y dijo: “¿Qué acusación presentáis contra este hombre?” Le contestaron: “Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos”.

Pilatos les dijo: “Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley”. Los judíos le dijeron: “No estamos autorizados para dar muerte a nadie”. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilatos en el Pretorio, llamó a Jesús y le dijo: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?” Pilatos replicó: “¿Acaso soy yo judíos? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?” Jesús le contestó: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí”.

Pilatos le dijo: “Con que, ¿tú eres rey?” Jesús le contestó: “Tú lo dices: Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Pilatos le dijo: “Y, ¿qué es la verdad?” Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos: “Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?” Volvieron a gritar: “A ese no, a Barrabás”. (El tal Barrabás era un bandido). Entonces Pilatos tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura.

Y acercándose a él, le decían: “¡Salve, rey de los judíos!”. Y le daban bofetadas. Pilaros salió otra vez afuera y les dijo: “Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa”. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilatos les dijo: “Aquí lo tenéis”. Cuando lo vieron los sacerdotes y los guardias, gritaron: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” Pilatos les dijo: “Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él”. Los judíos le contestaron: “Nosotros tenemos una ley y según esa ley tiene que morir porque se ha declarado Hijo de Dios”.

Cuando Pilatos oyó estas palabras, se asustó aún más y, entrando otra vez en el Pretorio, dijo a Jesús: “¿De dónde eres tú?” Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilatos le dijo: “¿A mí no me hablas? ¿no sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?” Jesús le contestó: “No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor”. Desde este momento Pilatos trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: “Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César”.

Pilatos entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman “el enlosado” (en hebreo “gábbata”). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilatos a los judíos: “Aquí tenéis a vuestro rey”. Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera; crucifícalo!” Pilatos les dijo: “¿A vuestro rey voy a crucificar?” Contestaron los Sumos Sacerdotes: “No tenemos más rey que al César”. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado “de la Calavera” (que en hebreo se dice “Gólgota”), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y enmedio, Jesús. Y Pilatos escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: JESÚS EL NAZARENO, EL REY DE LOS JUDÍOS.

Leyeron el letrero mucho judíos, porque estaba el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los Sumos Sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilatos: “No escribas “El rey de los judíos”, sino “Éste ha dicho soy rey de los judíos”. Pilatos les contestó: “Lo escrito, escrito está”. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era un túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: “No la rasguemos, sino echemos suertes a ver a quién le toca”. Así se cumplió la Escritura: “Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica”. Esto hicieron los soldados.

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre, la hermana de su madre María la de Cleofás, y María la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed”. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre dijo: “Está cumplido”.

E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilatos que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis.

Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán un hueso”; y en otro lugar la Escritura dice: “Mirarán al que atravesaron”. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilatos lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca pusieron allí a Jesús.

1. La lectura de la pasión presenta una dificultad enorme, que consiste en esto: en el imperio romano, crucificar a un hombre era un acto “profano”, “humillante”, un “castigo para esclavos obstinados en la insumisión y para rebeldes políticos” (Josefo, Tácito; cf. M. Hengel). Por el contrario, en el cristianismo, lo que allí sucedió se recuerda como un acto “sagrado”, “heroico”, “ejemplar”, “divino”. Es decir, lo que fue un “fracaso” y una “exclusión” total, hoy se lee y se predica como un “triunfo” y un “ejemplo” totalizador. Lo que produjo “repugnancia”, hoy se lee con la máxima “devoción”.

2. ¿Es posible entender la pasión y la cruz siendo (como de hecho fue) un suceso que hoy se lee y se explica de una manera literalmente contradictoria? Es capital caer en la cuenta que esta dificultad no se supera mediante piedad o devoción. Y menos aún, representando aquel horror en el espacio sagrado de nuestras liturgias de viernes santo, con la solemnidad que le ponen los sacerdotes, con el lujo de no pocas cofradías y quizá peor todavía sobrecargando de ascética y mortificación lo que en realidad no fue nada de eso.

3. Hay que tener en cuenta, además, que una reacción comprensible de los cristianos y de los evangelistas, al tener que relatar el horror que vivieron, fue recurrir a textos de la Biblia para explicar y justificar (de alguna manera) lo que allí se vivió. De ahí las frecuentes referencias en el sentido de decir: “Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura…..

4. Los cristianos tenemos que inventar formas completamente nuevas de recordar la pasión y la muerte de Jesús. Por lo menos, no hacer eso de forma “sagrada”, ni “solemne”, ni “piadosa”, ni “ascética”…. Sino hacerlo en manifestaciones de cercanía humana al dolor del mundo, a la marginación social, a la exclusión de los más extraviados, mediante actos que remedien algo lo mal que van las cosas. ¿Será eso posible? Tendríamos, por lo menos, que pensarlo en serio.

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