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Cien años de José María Díez-Alegría -- Juan Antonio Delgado de la Rosa, filósofo

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El Ciervo

José María Díez-Alegría nació el 22 de octubre de 1911 en un Banco, la sucursal del Banco de España en Gijón.
El primer contacto de Díez-Alegría con los jesuitas fue a través de su padre, que era muy amigo del superior de la residencia de Gijón, don Cesáreo Ibero. En la Casa de Ejercicios de Chamartín (Madrid), en 1929 José María Díez-Alegría, llevó a cabo sus segundos ejercicios espirituales, de cinco días en régimen de internado, dirigidos por Victorino Feliz. Estos le marcaron profundamente, tanto que decidió hacerse jesuita, y entró en el noviciado un año después.

El retraso se debe a que le faltaba documentación necesaria para su ingreso, lo que es una paradoja que le marcará el resto de su vida. Todo un símbolo. Nada más entrar en los jesuitas ya era un hombre sin papeles. En Aranjuez estaba el grupo de Novicios y el grupo de Juniores, en el que
encontró como compañero a José María de Llanos. Su núcleo y centro de interés en el estudio era el tema del deber. Le preocupaba el planteamiento que afirmaba que el deber procedía exclusivamente de un precepto divino.

Esto no le convencía y por tanto, le predispuso a buscar y bucear en las raíces de ésta cuestión y le llevó a realizar su investigación de tesis doctoral en Filosofía sobre: El desarrollo de la doctrina de la ley natural en Luis de Molina y en los maestros de la Universidad de Évora de 1565 a 1591. Estudio histórico y textos inéditos. La tesis fue defendida en junio de 1947 en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma, dirigida por el Padre Pedro Abellán, profesor de Teología Moral.

En 1951 José María Díez-Alegría decidió hacer el curso para el doctorado en la Universidad Central de Madrid, escogiendo para su tesis las relaciones entre los campos de la Ética y el Derecho, cuyo título final fue: Ética, Derecho e Historia. El tema iusnaturalista en la problemática contemporánea. Esta trayectoria intelectual y espiritual, le afianzó en vivir en profundidad como objetivo fundamental el lograr un auténtico y verdadero razonamiento del valor y la dignidad de la persona humana
y un respeto efectivo de sus derechos y libertades a todo totalitarismo político.

Estos dos aspectos tan relevantes son tratados en el conjunto de su obra y centrados en la filosofía social, política y jurídica de esos años en nuestro país. La motivación última de todos estos planteamientos responde a estímulos y valoraciones de sentido y alcance plenamente humanista cristiano y democrático. Es un enfoque con un modo de sentir, hablar, pensar y actuar con una fuerte conexión con el respeto a la persona dentro de unas coordenadas democráticas.

Aquí fundamentó todo su pensamiento teológico en una reflexión al hilo de la historia del cristianismo, donde parte del comunismo de la primera comunidad cristiana y cuyo punto de partida es el Nuevo testamento, que testimonia la existencia de una tradición primitivísima del cristianismo favorable a la comunidad de bienes y contraria a la propiedad privada individual exclusivista. Todos los creyentes vivían unidos, y lo tenían todo en común. Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían
entre todos, según las necesidades de cada uno.

Desde esta línea de trabajo, Díez-Alegría, plantea que la ideología capitalista está en radical oposición al espíritu del cristianismo, ya que se funda en la negación de la autarkeia y en la afirmación del deseo ilimitado de ganancia individual. La sociedad opulenta está organizada sobre una trama de consumo forzado, impuesta a base de estructuras de propaganda y de mercado, que hace imposible la autarkeia, destruyendo las posibilidades de koinonía solidaria y consolidando una vida individualista.

Díez-Alegría mantiene una línea de pensamiento en la que afirma que la utopía cristiana es enteramente coincidente con la utopía comunista, es decir, que cada uno ofrece según sus posibilidades y a cada uno se le da según sus necesidades, en perfecta y plena solidaridad. Por tanto, podemos afirmar, que ser anticomunista es no ser cristiano en sentido genuino y originario y además con igual convicción se puede manifestar, que el capitalismo es la antítesis de la utopía
cristiana. Estar prendado fuertemente por el capitalismo es no ser cristiano con autenticidad. Todo esto supone una sociedad verdaderamente solidaria.

Esto entraña una auténtica revolución jurídica y cultural. El Antiguo Testamento también era taxativo al respecto de y con la liberación de los pobres y oprimidos que implicaba la decadencia de los ricos. Esto desarrolla toda una revolución social para llegar a una sociedad de iguales, sin potentados ni miserables, libre y pacífica. Para Díez-Alegría los hombres tienen que ser corresponsables unos con otros, deben solidarizarse y entrar en profunda común-unión, especialmente con los más pobres. Solo desde aquí esta convencido que se podrá ir construyendo un nuevo y esperanzador futuro para construir y reconstruir la propia sociedad de hombres y mujeres.

Esta opción por y con los más sencillos debe estar encaminada a corregir las raíces estructurales de orden económico, social y jurídico que estén en la base de la marginación y la miseria. Hay que introducir nuevas corrientes de disponibilidad para servir sin necesaria contrapartida de ganancia siempre creciente. Las nuevas corrientes deben ir garantizando una inclinación a la igualdad y fraternización efectiva. Un cristiano debe tener enraizadas fuertes convicciones éticas respecto al dinero, a la no violencia, a la cooperación social, a la opción preferencial por los pobres, a la necesidad de combatir discriminaciones por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, la urgencia de combatir las excesivas desigualdades económicas y sociales que se dan entre los pueblos, debe trabajar para que las instituciones públicas y privadas se pongan al servicio de la dignidad del hombre.

El cristiano que vive con intensidad y pasión desde estas coordenadas, su conciencia sincera, encarnada con honestidad en medio de la vida será voz esperanzadora y profética desde la experiencia de la ortopraxis. Esta trayectoria la han mantenido en el cristianismo real figuras que han sido Buena Noticia para los hombres y que Díez-Alegría las tiene como referentes vitales por su testimonio de entrega: Oscar Arnulfo Romero, Pedro Claver, San Juan de Dios, San Francisco de Asís.

A MODO DE CONCLUSIÓN

El hombre que acepta la opresión, como un factor histórico irreductible, o como elemento positivo del sentido de la historia, no puede llegar al Dios bíblico, que es esencialmente negador de la aceptación de la opresión. La actitud profética de los cristianos del siglo xxi debe aportar luz y fuerza para permanecer en la vocación militante de realizar la justicia en la historia y al empeño radical por la construcción de relaciones en que el hombre no quede aniquilado, sino realizado y reconciliado. Debemos vislumbrar una sociedad humana para todos, sin clases. Fundada en el trabajo y la solidaridad. El hombre profundamente creyente debe denunciar las estructuras sociales injustas, incluso la misma estructura del catolicismo. Si el amor al prójimo es verdadero, su dinamismo es universalista.

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