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Chile: Declaración laical al comienzo del Año de la Misericordia

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“Porque misericordia quiero, y no sacrificio …” (Os 6, 6)
A buena hora el papa Francisco ha convocado a vivir un Jubileo Extraordinario de la Misericordia. Es una oportunidad privilegiada para hacer un alto en el curso de la historia, tomar aliento, reparar las fuerzas y sanar tantas heridas provocadas por la dureza de nuestros corazones. Como Pueblo de Dios necesitamos beber del manantial de la misericordia divina para reemprender la marcha, tomando conciencia de nuestras propias culpas y renovando el deseo sincero de transformar nuestros corazones endurecidos para servir con más generosidad.
Los forjadores de nuestra patria quisieron arraigar el porvenir de Chile en las fuentes del Evangelio, de donde se han nutrido las raíces de nuestra cultura. Sin embargo, no siempre ello ha producido los frutos esperados de justicia, de paz y de fraternidad, porque el Evangelio muchas veces ha sido utilizado para dominar, para conseguir privilegios o para justificar silencios y omisiones, impidiendo el imperio del Bien Común y desdibujando el rostro amoroso y misericordioso de Dios.

Por eso, no queremos cruzar la puerta de este Año Santo de manera irreflexiva, sin hacer antes un necesario mea culpa como Iglesia chilena y como Pueblo de Dios. Por eso, tomamos la iniciativa de expresar una voz laical ante una sociedad que en los últimos años ha multiplicado -con justicia y con razón- desconfianzas y descrédito a nuestra Iglesia. Con humildad, reconocemos que antes de ofrecer misericordia necesitamos el perdón de la sociedad chilena. Por eso, pedimos perdón:
1. A nuestros pueblos originarios, por no reconocer oportunamente el daño provocado cuando el Evangelio fue impuesto sin respetar sus tradiciones y costumbres ancestrales.
2. A las mujeres de nuestra tierra, por no cuestionar a tiempo esa indebida transmisión misógina del Evangelio, que ayudó a fortalecer la raíz machistas de nuestra cultura.

3. A los empobrecidos de nuestra patria, por aceptar pasivamente una enseñanza enajenante y piadosa del Evangelio, sin asumir sus consecuencias prácticas de justicia social y de solidaridad.
4. A la naturaleza de nuestro país, por no superar ese espíritu depredador reñido con el mandato del Génesis, porque anteponiendo los criterios del mercado a una explotación racional de nuestros recursos naturales hemos impedido hacer de Chile una “copia feliz del Edén”.
5. A los trabajadores y trabajadoras de nuestro país, por no denunciar a muchos empresarios católicos que no han respetado los derechos laborales y que no han asumido una verdadera responsabilidad social empresarial.

6. A los niños y jóvenes de nuestra patria, porque cuando los adultos construimos relaciones de reverencia y subordinación con el clero, los dejamos expuestos indebidamente a los peligros de una confianza ilimitada, posibilitando el abuso y la maldad; también porque no creímos oportunamente sus denuncias y porque no hemos exigido con fuerza y unidad el castigo que merecen los delincuentes, sus encubridores y sus cómplices.
7. A las familias marginadas de nuestro país, porque al no conformar el modelo idealizado de la familia cristiana hemos aceptado pasivamente que sean objeto de marginación y segregación pastoral y social.
8. A las minorías sexuales de nuestro país, por haber tolerado el uso indebido de la Palabra de Dios para justificar una homofobia cultural inaceptable.

9. A nuestros hermanos protestantes de las más diversas denominaciones que sirven apostólicamente en Chile, por haberlos hecho objeto de desprecio y persecución durante parte de nuestra historia, usando para ello esa odiosa apologética católica difundida por la jerarquía.
10. A la sociedad chilena entera, por nuestra incoherencia moral, por alentar muchas veces sentimientos de superioridad, por ser protagonistas y cómplices de la corrupción del Evangelio que tanto escandaliza y por no hacer respetar la separación del Estado y la Iglesia en una sociedad secular, abierta y plural.
11. A María Santísima, madre de Jesús y nuestra propia madre, por habernos apropiado de su imagen y haberla convertido en ícono de la división del pueblo cristiano.

12. A Dios -que es Padre, Hijo y Espíritu Santo- porque no siempre le hemos testimoniado nuestro amor por sobre todas las cosas; porque muchas veces nos hemos llenado la boca con su Santo Nombre usándolo en vano; y porque no santificamos el día del Señor, haciendo del domingo un día de trabajo extenuante para muchos y muchas.
Sin perdón, cualquier gesto de misericordia resultaría ofensivo. Por eso expresamos nuestro sincero arrepentimiento por nuestras culpas, con la esperanza de brindarles cotidianamente un abrazo fraterno con el compromiso de empeñarnos en construir seriamente en Chile el Reino de paz, de justicia y de amor.
Otra manera de ser Iglesia es posible, la Iglesia Pueblo de Dios
Chile, 13 de Diciembre de 2015

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