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Celibato, pedofilia y la formación de los seminaristas -- Padre Ferdinando Sudati

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Religión Digital

Si cierto monseñor del entorno vaticano ha hablado siempre de “unos pocos casos aislados”, para el cardenal brasileño Claudio Hummes se trata de algo más: en algunas diócesis los sacerdotes pedófilos son cuatro de cada cien, en otras llegan casi al 4% de los sacerdotes. Lo afirma el cardenal en una entrevista al diario semanal “Vida Nueva” (n° 2.666, 30-6-2009) dedicada al significado del Año sacerdotal.

Mayor sería incluso el porcentaje de sacerdotes que no respetan el celibato. Al número de sacerdotes se uniría el de algunos obispos – como demuestra la crónica actual: un caso en Argentina, dos en la República Centroafricana, uno en Uruguay.

Son dos los problemas que más afligen a la Iglesia católica en relación al clero: la pedofilia que está mermando la confianza de sus sacerdotes y un consistente abandono del ejercicio debido a la ley del celibato, que anula el reestablecimiento de las ya – escasas – nuevas ordenaciones. Ambos problemas denotan un estado de “sufrimiento” en el plano de la castidad. Se podría insertar aquí también el capítulo de la homosexualidad, que ahora no quiero tratar.

Se trata sin duda de situaciones diversas pero, a mi entender, sería un error separarlas por completo si se considera la causa primordial. Quisiera probar a establecer alguna hipótesis, que aún a riesgo de equívoco, pudiera servir como indicativa.

La hipótesis que planteo sería: la desviación actual del clero en relación a la castidad, manifestada en cualquier ámbito, exceptuando los casos debidos a patologías, se podría atribuir en gran medida a una visión negativa de la sexualidad recibida e introyectada en los seminarios (un agustinismo generalizado en la Iglesia), a la educación represiva de la afectividad y al bloqueo de la sexualidad exigido para acceder al sacramento del orden.

En este momento prescindo de las motivaciones nobles y místicas que puedan inducir a abrazar el celibato, y de la relativa ascética de base, que han fallado como han demostrado los hechos, para ir más allá donde “natura non facit saltus” – y cuando lo hace requiere un altísimo grado de libertad y de dedicación o bien el «don» de una quietud sobrehumana de los sentidos.

He aquí el porqué, anunciando la necesidad de un diagnóstico del estado del clero en la Iglesia Católica, como hice en el post precedente (26-6-2009) no me estaba refiriendo solamente a monitorar las situaciones de riesgo de pedofilia o las de infracción del celibato, tampoco al mero conocimiento, con atención, de las dificultades, deseos y de las expectativas de los sacerdotes de todo el mundo en relación al celibato.

En el diagnóstico quisiera incluir un serio examen por parte de la Iglesia de sus actuaciones. Un examem que saque a la luz eventuales fallos de su sistema educativo y formativo de los candidatos al sacerdocio, además del hecho de hacer oídos sordos en relación a las voces que siguen pidiendo una revisión del vínculo “indisoluble” entre sacramento del orden y celibato en la Iglesia católica latina. Vínculo que se ha demostrado sin real fundamento en el Nuevo Testamento, resultado de una turbulenta historia y fruto de motivaciones no siempre nobles, y considerado actualmente como lesivo de un derecho humano, que la Biblia, eso sí, reconoce a todos.

Incluso cuando se le exija en función del ministerio ordenado, es decir como condición para ser pastores del pueblo de Dios, una elección o vocación que en sí misma no requiere un particular enajenamiento de la vida habitual de las personas como viene a configurarse con el celibato prácticamente impuesto. Si bien el tema del celibato es solo un punto de tantos, en relación a los ministerios de la Iglesia, que va replanteado.

Es limitado y, en fin, injusto declarar, como ha hecho un obispo en la televisión italiana, que aquellos que “se han manchado de pedofilia no deberían haber sido nunca sacerdotes”, obviando por completo las culpas institucionales. De nada sirven este tipo de lamentaciones. Servirá sin dudas a la carrera de este prelado.

Si la Iglesia, con sus representantes jerárquicos, no está dispuesta a reconocer una “mea culpa” acerca de los sistemas educativos y a reformar con coraje y modernidad – ¡no, evidentemente, según el modelo de la Iglesia ortodoxa! – la ley del celibato, no saldremos de esta penosísima situación. Queda implícito que tampoco éste será un remedio universal para los males de la Iglesia católica y, seguramente, creará algún nuevo problema, pero al menos encauzará sacerdotes y obispos en un álveo de equidad y de normalidad.

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