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CATALINA ERAUSTO PÉREZ, «LA MONJA ALFÉREZ». Erika Cervantes

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Ir en pos del destino, rumbo a un aventurado camino que la sociedad marca como no apto para mujeres. Ésta es la historia de una de ellas que con tan solo 11 años abandonó el convento en que sus padres la depositaron en busca de su verdadero destino. Su nombre Catalina Erausto Pérez, mejor conocida en el nuevo mundo como la Monja Alférez, desde su más tierna infancia anheló formar parte de la milicia española. Un sueño poco realizable en el año de 1592, que es el año en que ella nació.

Hija de María Pérez de Galarra, de la que apenas se sabe que tuvo 10 hijas e hijos, y Miguel de Erauso, quien participó en la expedición de la Invencible, que en 1588 iba a conquistar Inglaterra para el trono de España.

Esta influencia creó en el joven corazón de Catalina el deseo de ser soldada, pero su condición de mujer fue el obstáculo a vencer. A los cuatro años sus padres la ingresaron, en compañía de sus hermanas Mari Johan, Isabel y Jacinta, al convento de Donostiarra de las Dominicas del Antiguo. Durante siete años tras los muros del convento aprendió latín y euskera, dos lenguas que le sirvieron para ser más independiente.

Tras su huída del convento permaneció en España con una nueva identidad masculina aunque su verdadero deseo era emigrar a América. A los trece años lo logró vestida de grumete. Se enroló en el galeón de Esteban Eguiño. A su llegada al nuevo continente trabajó como transportista y mercader sin que nadie sospechara su verdadera identidad femenina.

En su estancia en América, Catalina viajó a Lima, Perú, y más tarde a Chile, en donde por fin logró su sueño ser parte de la milicia. Fue asignada a pelear contra los Indígenas Araucanos, lucha que le valió para obtener el grado de alférez.

El secreto de que era mujer fue develado cuando en una disputa en Cuzco, Perú, quedó mal herida y pidió ser confesada. El sacerdote jesuita Luis Ferrer la confesó y le pidió que lo hiciera con el obispo. Catalina se negó, a menos que fuera en otra ciudad. Es así que la ciudad de Ayacucho, al sur del Perú, fue el lugar en donde públicamente confesó que era una mujer, y de esa manera se libró de las acusaciones y de la cárcel por ser mujer.

Al día siguiente, Catalina ingresó al convento de Santa Clara, hasta que en 1620 el obispo murió y ella salió del convento para volver a España y luchar porque la corona reconociera sus méritos a favor de la corona y le otorgara como correspondía una pensión vitalicia de 800 escudos, además de ir a Roma a recibir la bendición papal.

Felipe IV le concedió la pensión, bajo la condición de que se vistiera y comportara como una mujer. Catalina se opuso y pidió se le dejara seguir siendo Antonio Erauso. El peso de sus meritos militares le permitió seguir vistiendo de hombre.

A los 53 años, regresó a América y se estableció en Veracruz, México, donde trabajó como transportista de ropas.

Catalina Erausto Pérez, la Monja Alférez, murió en 1650 en Quitlaxtla, camino de Veracruz, y nos heredó el testimonio de su vida escrito en tres tomos de Relaciones, para dejar constancia de su aventura por conquistar el nuevo mundo.

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