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Carta a Raimon Panikkar: Nuestro sueño va por buen camino -- Emilia Robles

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Religión Digital

«Estos momentos de Iglesia, a los que contribuiste, aunque como Moisés no los pudiste ver»
«Cuanto más nos atrevemos a caminar por nuevos senderos más necesitamos estar enraizados en la propia tradición y abiertos a las demás, que nos advierten que no estamos solos y que nos permiten alcanzar una visión más amplia de la realidad». (Raimon Panikkar)

Querido Raimon: En realidad, ya no estás, Raimon, tal como te conocimos. Tu ya Eres y estás en la Luz, en el Gozo, en la Fuerza y en la Paz del absolutamente Otro, aquel a quien no sabemos nombrar. Me acuerdo mucho de ti y te añoro en estos momentos de Iglesia, a los que tú contribuiste, aunque como Moisés no los pudiste ver. Los intuíamos. Confiábamos en que, entre todos, abiertos al Espíritu los haríamos llegar.

Tú también hacías parte de Proconcil y te emocionabas con este compromiso. Nos aportabas tu experiencia y tus lenguajes interculturales e interreligiosos. Compartíamos nuestras historias personales.

Nos conocimos en los años 80 en Madrid. Siempre fuiste un amigo cercano, antes que otra cosa. Esto no le resta nada a la sabiduría y a la experiencia de cada cual. Pero yo soy hija de obreros e inmigrantes andaluces. No me gustan los protocolos, ni las distancias, ni las apariencias. Tal vez sea una limitación, pero donde hay títulos y ropajes, yo sólo quiero ver personas. Me cuestan los tratamientos, los vestidos para la ocasión, no se besar anillos; y las reverencias me gustan sólo a la japonesa y a la «franciscana». Ambas partes se inclinan, una frente a la realidad inmensa y desconocida de la otra.

Me gustan los abrazos, los besos y el tuteo. Las miradas, cálidas y tiernas, a la misma altura, como la de los Tapirapés del Araguaia, que se inclinan hasta ponerse al nivel de los ojos de sus niños cuando tienen que darles algún mensaje importante. En fin, cada uno somos deudores de nuestra historia. Soy biznieta de jornaleros andaluces y de cocheros, hija de obreros… y no me se relacionar muy bien con los «señoritos» que quieren seguir siéndolo. Los obispos y clérigos, a la antigua usanza, me daban mucho miedo de pequeña; y ahora… si no es miedo, hmm… no sabría qué decir, me siguen produciendo precaución y distancia.

Tú, en cambio, siempre fuiste un amigo especial con el que compartíamos sueños, esperanzas, emociones. En lo personal, no había más distancia que con cualquier amigo íntimo del barrio, aunque supieras más idiomas que nosotros y hubieras escrito muchos libros con una riquísima experiencia. Tanto es así que compartimos cenas en Madrid y luego, más tarde, ya en Tavertet, nos vimos en varias ocasiones. Comimos juntos en alguna Can de tu tierra. Hemos abierto cavas en tu casa, hemos orado y nos hemos reído mucho. Nos queríamos. Tuviste el detalle de deslizar en un libro mío una invitación para el 60 aniversario de tu ordenación, el día de San Miguel.

Allí estuve, también con Javier, de Proconcil y tuvimos la inmensa dicha de que pudiera venir con nosotros Julia, de Buenos Aires, una gran admiradora de tu persona y de tu obra, que en esos días, por casualidad, estaba en mi casa y que trabajaba en estrecha colaboración con nuestro actual papa Francisco. Así que hablamos de él contigo, como amigo común. También llamamos a Pedro Casaldáliga, para que te felicitara en ese día. Los dos estabais emocionados. Sabíamos que habías estado en el Opus muchos años, hablamos también de eso… y ¿qué más da?… aunque siguieras estando. Eso no obsta para ser y hacer la Iglesia de Jesús. Nadie tenemos la patente. Como decimos muchas veces, en esta Iglesia solo nos sobran fundamentalistas y corruptos (de cualquier ideología)

Y después, el día de tu 90 cumpleaños, en Noviembre, me lie la manta a la cabeza y nos fuimos a verte con un coche viejo y subiendo los «Colls de Cabra» a 30 por hora. Mi marido me dijo que estaba loca, (aunque cogió el coche para ir, todo hay que decirlo, porque él también era un gran amigo tuyo) y es que, la amistad de verdad y la convergencia en el Espíritu así nos vuelven, quizá más a las mujeres, por lo que puedo ver. Llegamos ya en la noche, cuando ya se habían retirado las visitas y hablamos y compartimos mucho. Parte de lo que hablamos lo publicó la revista 21, de los Sagrados Corazones, en su versión electrónica, con tu permiso. Luego, ya no nos vimos más en persona, aunque seguimos hablando por teléfono. Seguimos unidos en Cristo, ahora de una forma más misteriosa en eso que se llama Comunión de los Santos, en la que participamos los vivos y difuntos.

Y ahora, con la valiente renuncia de Benedicto, con la sorprendente elección de Francisco… ¡he pensado tanto en ti, me habría gustado tanto poder celebrar esto en Tavertet! Te habrías conmovido, una vez más, habríamos brindado con ratafía; habrías visto que nuestro sueño, de momento, va por buen camino y que hay que seguir apostando, a las duras y a las maduras. Igual lo ves de alguna manera, quien sabe cómo y con qué mirada.

Lo cierto es que sigues presente, seguimos contando contigo y con tus aportaciones, en este proceso de renovación de nuestra Iglesia. No me gusta hablar mucho de mí, no quiero ser autorreferencial y aquí sobreabundan referencias propias, pero esta es una carta personal; y yo creo que la relación cercana, amorosa y de paridad que tuvimos contigo expresa algo de lo que mucha gente sencilla espera de nuestra Iglesia, incluso de los más sabios y encumbrados. En cualquier caso, aunque ahora no lo puedas ver como Papa y disfrutar de lo que – esperamos- hagamos venir entre todos y todas- , tú ya tuviste la comunicación de acogida y cercanía de Francisco, Papa, cuando aún era solo Jorge Mario Bergoglio, Cardenal Arzobispo de Buenos Aires. Así que algo ya atisbaste y algo te pudimos contar.

Seguro que, de alguna manera, sigues teniendo cosas que sugerirle desde tu perspectiva, sobre los lenguajes teológicos y dogmáticos, sobre lo intercultural, lo interreligioso, sobre los ministerios y las mujeres, sobre la Paz, sobre el dialogo teológico, sobre el proceso conciliar. Sabemos que no vas a cortarte por el cargo que ocupa ahora. Y tenemos mucha confianza, por lo que le conocemos, en que él, igual que sabe hacerse oír, sabe escuchar y dialogar.

Lo que le aportes, le aportemos, con corresponsabilidad, afecto y misericordia, le enriquecerá y enriquecerá a nuestra Iglesia, igual que lo que nos dicen a nosotros Francisco y otros hermanos diferentes, también nos enriquece y amplía nuestra visión. Ojalá vayamos adquiriendo la sabiduría de cómo conciliar el cambio necesario con la gobernabilidad de la Iglesia, al servicio de la Paz, la Justicia y la Vida desde el mensaje del Evangelio. Al final, lo que importan son los procesos hechos con un determinado Espíritu; pero, en ocasiones, la espera rápida de resultados a nuestra medida particular nos hace ciegos, genera nudos en las relaciones y corta lazos. Y nosotros, contigo también, siempre hemos querido y seguimos queriendo ser y hacer Iglesia de Cristo y sabernos seres en relación, con Dios, entre nosotros y con el Cosmos. Y así seguimos.

Por eso, celebramos la confianza de que «¡Esto- como tu decías- ya no hay quien lo pare!» Y «Esto» no son pequeños cambios, reformitas parciales, es un cambio global, que queremos hacer sostenible y que aporte Luz y Sal a este mundo sufriente. Ahora se trata de seguir haciendo crecer la Unidad, la visión común y el compromiso en torno a ese Proyecto.

Un beso, en profunda Comunión

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