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Carta a Munilla -- Maria Victoria Gómez

Publicado en

D. José Ignacio Munilla
Obispo de San Sebastián
Zabaleta, 5
20002 SAN SEBASTIÁN
Madrid, 27 de julio de 20011
Estimado hermano y obispo Munilla:
No esperaba que Vd., obispo de la Diócesis de Guipúzcoa, aun habiendo sido nombrado en contra del sentir mayoritario de los sacerdotes y del de muchos fieles de la Comunidad Diocesana, fuera capaz de enfrentarse a su Consejo Presbiteral y con una prepotencia y menosprecio sin precedentes, los ofendiera con el análisis y valoración que hizo del proceso seguido hasta hoy en la Iglesia diocesana y el comportamiento y papel que en ella han desempeñado sus sacerdotes. Encuentro su modo de pronunciarse inaudito.

Deseo recordarle lo que el Foro de Curas de Madrid escribió a propósito de su nombramiento: “ La elección de los obispos, según la Tradición de la Iglesia, era hecha con la presencia y participación de presbíteros, los obispos más cercanos y, sobre todo, del pueblo cristiano, ya que éste era quien más y mejor podía conocer la conducta del candidato y así poder aceptarlo o repudiarlo. Este protagonismo del Pueblo de Dios era considerado de tal importancia que se llegaba a decir: “Elegir sin el pueblo, es elegir sin contar con Dios”. “Nadie sea dado como obispo a quienes no lo quieran. Búsquese el deseo y el consentimiento del clero, del pueblo y de los hombres públicos (ordinis )” (Papa Celestino I). • “No se imponga al pueblo un obispo no deseado ” (San Cipriano, obispo de Cartago, Carta 57.3.2). (18 de Diciembre de 2009) .

Es ya de dominio público cómo en ese Consejo Vd. descalificó sin ningún fundamento la conducta teológico-pastoral de sus sacerdotes y comunicó haber decidido trasladar sus seminaristas al seminario de Pamplona sin contar para nada con ellos. Esto confirma que Vd, no ha aprendido nada de lo que se le ha venido diciendo y confirma que más que unir y mejorar la vida de la Comunidad Diocesana, la está enconando, empeñado en implantar un modelo eclesiológico preconciliar, en el que su centro incuestionable es el absolutismo del obispo.

Esto hiere la sensibilidad actual con sus exigencias de diálogo, participación, discernimiento en comunidad, respeto de los derechos de todos y muestra ausencia de las actitudes básicas de todo cristiano: corresponsabilidad, humildad, servicialidad.
Vd. se creerá investido de autoridad para proceder así, pero visto desde el Evangelio y desde la Tradición cristiana nosotros cristianos la encontramos en contradicción y por supuesto en desacuerdo con los principios y espíritu del Vaticano II.

Parece como si Vd. encajara sin inmutarse este escándalo para el pueblo y nuestra mentalidad moderna, lo cual no se explica sino porque Vd. está anclado en otro tiempo, muy atrás, y en otras sociedad que la nuestra. No está dispuesto a perder un pedestal -el clerical- que Jesús, el Señor, nunca puso y que otros auparon para poder dominar. Sólo cambiará cuando admita, en principio y de hecho, de palabra y con las obras, que su rango no es más que el de cualquiera otro de los fieles, porque la suprema dignidad cristiana, que consiste en seguir a Jesús, no es monopolio o privilegio de nadie sino propiedad de todo cristiano.

Sería muy cristiano que, a la luz de este principio, viera si su procedimiento es el correcto.

Yo espero que sus propósitos, por muy en consonancia que los crea con la “doctrina cristiana”, no prevalezcan, por el bien de todos y por fidelidad al mismo Evangelio. Creerá que su visión es la verdadera; otros creemos que Vd. defiende una interpretación subjetiva, muy personal, no liberada de ideología, prejuicios y falta de verificación comunitaria.

No se extrañará que le manifieste que no puedo entender para nada que a la mayoría de sus sacerdotes, con entrega, competencia y celo que Vd. parece desconocer, en vez de estimularlos y apoyarlos en su labor pastoral, los desautorice de esta manera ante la Iglesia entera. He tenido ocasiones de comprobar en mis largas estancias en el País Vasco, la calidad y magnífica labor de estos sacerdotes. De verdad que, a pesar de mis 85 años, me sigo sorprendiendo de tales juicios y medidas.

Su decisión deliberadamente fría pretende, creo, asegurar otro tipo de vida cristiana, otro modelo de sacerdote, otro enfoque y estilo de formación teológico-pastoral para los seminaristas, que en su diócesis no encuentra, pero lo intenta a base de un desprecio y humillación de toda la vida de la diócesis, intolerabale e imposible de entender.

No es ningún secreto que todo esto lo hace Vd. por estar respaldado por quienes le han puesto ahí «para poner las cosas en orden». ¿Qué orden? Puede que Vd. haga todo esto convencido de que la Diócesis necesita otro estilo de vida cristiana y presbiteral, que asegure el aumento de vocaciones, etc. Pero, toda su buena fe, logre o no esos objetivos, no se justifica con procedimientos tan claramente antidemocráticos y antievangélicos. A nosotros nos toca buscar y ensayar comunitariamente estilos y procedimientos acordes con el Evangelio, sepamos o no los resultados.

Y ya, puesta en clara y fraterna rebeldía, le pregunto: ¿Qué Evangelio leen Vds.? ¿Qué interpretación del Jesús todo compasión, ternura y misericordia hacen Vds.? Jesús lo primero que hacía era amar, mirar con amor, con el amor y ternura del Padre y, desde ahí, se entiende el pasaje evangélico del hijo que se ha ido de la casa de su padre, es recibido por él sin el más mínimo reproche y con el mayor cariño del mundo. . ¿Cómo interpretan y aplican eso de que a Jesús se le conmovían las entrañas? Estoy por afirmar que quien no ha sido amado así , es difícil que lo pueda practicar. Para transmitir el amor de Jesús hay que llevarlo dentro, lo mismo que su libertad.

Le pido disculpas por mi atrevimiento, pero la edad a la que he llegado y con la larga experiencia que he vivido, me ha hecho comprender mucho más a mis hermanos, disculparlos setenta veces siete y comprender que no está en el juicio ni en la condenación el amoroso designio del Padre, sino en la entrega, en la comprensión , en la cercanía a mis hermanos.

Sr. Obispo, los caminos que llevan al Padre son infinitos, pero el que a nosotros nos ha sido regalado es el de Jesús, Hijo del Padre, que vino al mundo a humanizar al hombre caído. Fue lo primero para El: ponerlo en pie, haciéndose uno de tantos, para estar más cercano y compartir con nosotros su filiación divina y así hacernos partícipes de su amor y ternura.

Sólo cuando podamos decir como Jesús «El Padre y yo somos uno” , seremos capaces de decir muy humildemente a nuestros hermanos la verdad que vemos en ellos. Si nosotros no vamos delante en el amor y compasión, con entrañas de ternura , no podemos entender a alos hermanos y hermanas por mucho clergyman que nos pongamaos, por mucho ritualismo que practiquemos y por muchas procesiones con el Santísimo y Horas Santas que hagamos, … No, ni menos podemos tomar decisiones en solitario, contentándonos con «comunicarles» lo decidido a solas, por uno mismo.

¿Para qué sirve tanto hablar de cumplimiento y eficacia, de números de bautizos y matrimonios por la Iglesia y tantas cosas más que no dejan de repetirnos, si no partimos del Evangelio? El Evangelio es, ciertamente, el mismo que en el s. I, pero es distinta su presentación y encarnación para el hombre de hoy.

En medio de tantos intereses partidistas, promesas y hostilidades, vemos que la Humanidad se muere de hambre material, pero también de hambre de amor, de hambre de Dios. ¿Y vamos a esterilizar nuestra corta vida con estas historias de sacristía?

Le ruego perdone mi osadía, no lo hago desde mi santidad que no la tengo, sino desde el amor del Padre que desde niña he experimentado en mi hogar profundamente cristiano. A Dios me lo han enseñado siempre como Amor, que sale a mi encuentro, me ama y se entrega por mí. Este es mi Dios, en Él confío y no temeré, porque mi fuerza y mi luz es el Señor.

Le he hablado con sinceridad, motivada por el dolor e indignación de tantos que vienen sufriendo en esa porción hermosa de nuestra Iglesia. Sinceridad fraterna, que me hace sentirme con derecho para decírselo. Le aseguro, no obstante, que lo hago movida por amor a la Iglesia, y hacia Vd. en concreto de un modo especial por la responsabilidad que tiene, segura de que también Vd. es hijo y víctima de sus circunstancias.

Mi oración pobre pero de hija que se sabe amada y perdonada siempre, también está con Vd.

Con respeto y amor.

María Victoria
mariavictoria.jeshua@gmail.com

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