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Carta a la Iglesia Diocesana de Tenerife -- Asociación Comunidad del Puerto

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Escribimos a la Iglesia de Dios en Tenerife y a los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo el Señor. La vida de la Iglesia diocesana en los últimos años ha estado marcada por dos acontecimientos fuertes: el voraz incendio que destruyó el Obispado y la polémica suscitada por las desafortunadas declaraciones de nuestro obispo en un diario local, sobre la homosexualidad y el abuso de menores, con enorme repercusión mediática.

En amplios sectores sociales se alzaron voces críticas pidiéndole mayor rigor en sus manifestaciones. Pero también hubo manipulación, tergiversación e informaciones sesgadas, así como insultos y calumnias hacia el obispo. Nadie que conozca a Bernardo puede pensar que éste justifique la pederastia o desprecie a las personas por su orientación sexual. Si bien ello no le exonera de su propia responsabilidad. Y nos duele, por la estima que le tenemos y por el descrédito que se haya podido producir hacia la Iglesia. No obstante, sus palabras parecían apuntar al ambiente de corrupción y promiscuidad (también heterosexual), dentro del liberalismo y relativismo moral imperantes. En este sentido, está claro que desde la Palabra de Dios no todo vale.

Tanto el día del incendio como cuando se publican las declaraciones, estaba en la liturgia (coincidencia que llama la atención) el salmo 89: la lealtad y el amor del Señor para con su ungido, quien sufre las consecuencias de la infidelidad de su pueblo. Algunos versículos son significativos: “Contra tu ungido te has enfurecido…Has hecho brecha en sus vallados, sus plazas fuertes en ruinas has convertido…¿Arderá tu furor por siempre como fuego?…Todos los que pasan lo despojan y es la burla de sus vecinos…Señor, acuérdate de la vergüenza de tus siervos y de los insultos con que nos insultan tus enemigos, con que ofenden los pasos de tu ungido” (Sal 89, 39 ss). Sorprende su dimensión actual, en relación con lo acontecido. Y el domingo siguiente al incendio se leía en todas las iglesias: “No quiero volver a escuchar la voz del Señor ni quiero ver más ese terrible incendio…A quien no escuche las palabras que (el profeta) pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuenta” (Dt 18,15-20). Efectivamente, Bernardo percibió una llamada de Dios a volver a la pobreza evangélica: “el cristianismo comenzó en un pesebre”. Aunque, al parecer, más en clave personal que eclesial: “tengo que ejercer un episcopado desde la sencillez y la pobreza, no apoyarme tanto en los medios”.

Así, vemos que la recuperación del palacio de Salazar (todo un símbolo de una Iglesia que pasó de la sencillez de los orígenes a vivir en palacios, identificándose con los poderosos de este mundo) aparece como algo prioritario en nuestra diócesis: búsqueda de recursos, contactos políticos e institucionales, generosos donativos…Con riesgo de hipotecar la evangelización en su dimensión profética/social. Mientras, continúa realizándose en la mayoría de las parroquias una pastoral de exclusivo mantenimiento o de “consumo”, fomentando el “clientelismo” religioso. La situación de la Iglesia, en general, adolece actualmente de: clericalismo, connivencia y maridaje con el poder político y económico, resistencia a abandonar ciertos privilegios, escasa autocrítica, marginación a quien difiere, estructuras eclesiales poco comunitarias, acusado legalismo eclesial y, lo más importante, falta de escucha de la Palabra en los acontecimientos. Se constata, además, una fuerte involución en lo que se refiere a volver a las fuentes de la Iglesia naciente y en el diálogo evangelizador con el mundo de hoy.

La elección de Bernardo como obispo suscitó expectativas de renovación y cambio, tal y como él mismo dijo: “impulsar lo que está bien, corregir lo que esté mal e instaurar lo que falta”. Ciertamente, esperamos mucho más de él, con fidelidad a la Palabra de Dios y a la renovación conciliar. Confiamos, pues, en que se aborden aquellas cuestiones fundamentales aún pendientes en la Iglesia diocesana. Con el Concilio, la Iglesia abandona la vieja identificación entre cristianismo y sociedad, opta por vivir como comunidad, busca la unidad en la diversidad, respeta la autonomía de lo temporal, reconoce el legítimo pluralismo social, renuncia a imponer el Evangelio por la fuerza, ofrece el Evangelio en la debilidad de la libertad. En definitiva, el Señor pide un cambio en clave de conversión personal y estructural de nuestra Iglesia. Evidentemente, es una cuestión que afecta al obispo, a esta diócesis y a la Iglesia en general. Por tanto, cosa de todos los creyentes y, también, de esta comunidad.

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