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Cambio de paradigma, Concilio Total para la Iglesia (J. Montserrat) -- Xavier Pikaza, teólogo

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El Blog de Xavier Pikaza

No lo digo yo, lo propone Javier Montserrat, profesor de dos centros clave de la Cultura Hispana (ICADE, Univ. Autónoma de Madrid), en un libro de fondo titulado: Hacia el Nuevo Concilio. El paradigma de la modernidad en la Era de la Ciencia, San Pablo, Madrid 2010 (750 págs).

Javier Montserrat es científico, filósofo y teórico de la religión. Nació el año 1943, pertenece a la Compañía de Jesús y dirige desde la U. de Comillas la Cátedra Ciencia, Tecnología y Religión, realizando una extraordinaria labor intelectual de diálogo entre (y con) la filosofía, la ciencia y las religiones Es uno de los directores del Blog Tendencias de las Religiones (http://www.tendencias21.net/TENDENCIAS-DE-LAS-RELIGIONES_r18.html), con dos secciones propias, una más social (Hacia un nuevo mundo) y otra más religiosa (Hacia un nuevo concilio), que definen de manera poderosa la identidad del diálogo del cristianismo y la ciencia en España.

Publicó hace tiempos dos obras fundamentales y muy extensas, una de tipo más filosófico (Significación crítico-metodológica del pensamiento fundamental de Hegel, Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 1974) y otra de tipo más histórico/religioso, que responde a su tesis doctoral en teología (Existencia, Mundanidad, Cristianismo. Introducción filosófico-antropológica a la Teología Fundamental, CSIC, Madrid 1974). En aquel momento publicó también una valiosa Introducción al cristianismo (BAC, Madrid 1975), entendido como fenómeno kerigmático (no ontológico).

Más tarde, como profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, ha publicado diversos libros de su especialidad (Psicología y teoría del conocimiento): Epistemología General, UAM, Madrid 1981; Teoría de la Ciencia, UAM Madrid 1982; Ciencia y Psicología, UAM, Madrid 1983; Epistemología Evolutiva y Teoría de la Ciencia, Universidad Comillas, Madrid 1987; La Percepción Visual. La arquitectura del psiquismo desde el enfoque de la percepción visual, Biblioteca Nueva, Madrid 1998.

En su última etapa, tras una estancia de estudio en la Universidad de Berkeley, California, ha publicado una ambiciosa trilogía donde ofrece una visión de conjunto del sentido actual y del futuro de la sociedad. En la primera parte de esa trilogía, titulado Dédalo. La revolución americana del siglo XXI, Biblioteca Nueva, Madrid 2003, expone de forma narrativa los problemas y las posibles soluciones de nuestra realidad, insistiendo en la necesidad de fortalecer la sociedad civil. En la segunda, Hacia un Nuevo Mundo. Filosofía Política del protagonismo histórico emergente de la sociedad civil, Pub. U. P. Comillas, Madrid 2005, analiza las posibilidades y tareas de la sociedad civil, a la que concibe como única instancia capaz de abrir un camino de futuro, por encima de los grandes sistemas políticos, económicos y militares, que actualmente dominan sobre el mundo. La tercera parte es la obra que ahora presentamos.

Una obra apasionante

donde el autor retoma y reelabora, con casi cuarenta años de distancia, en un plano más maduro y exigente, los desafíos y las soluciones que había ofrecido en su obra anterior (Existencia, mundanidad y cristianismo, 1974). J. Montserrat está convencido de que el cristianismo es un kerigma de salvación universal, fundado en la revelación de Dios y abierto a la trascendencia. Pero ese kerigma ha quedado de alguna forma oprimido (constreñido) a lo largo de casi dos mil años de historia, en los que se impuesto sobre el mensaje y camino de Jesús un paradigma ontológico-social de tipo grecorromano, en el que se supone que las cosas están ya resueltas de antemano, dentro de un esquema fijo, forzado, en el que Dios actúa desde arriba (como Realidad exenta), mientras que este mundo (con su orden social) queda sometido al “dictado” ontológico de ese Dios.

En este paradigma, el cristianismo ha perdido su “virtud” (su fuerza creadora), apareciendo como un tipo de “añadido”, un retoque posterior y parcial sobre un orden definido de antemano. De esa forma, el cristianismo ha terminado cautivo dentro de una estructura o sistema de poder e imposición social (teocracia), perdiendo su carácter de “kerigma” transformador. Sólo la nueva experiencia científico-social permite (hace posible) un despertar del cristianismo, que puede ser ahora lo que quiso Jesús y la primera Iglesia.

Doce presupuestos y motivos esenciales del paradigma actual y de la tarea de la Iglesia Católica:

1. La existencia de Dios no “prueba” en un nivel científico-social, en primer lugar porque no se puede (la nueva ciencia no resuelve los temas finales de sentido), y, en segundo lugar, porque una demostración de ese tipo negaría la libertad del hombre. La ciencia no demuestra la existencia (ni la no-existencia) de Dios, sino que deja abierto un campo esencial de realidad, que ha de evocarse y resolverse en otro plano, como sabe el cristianismo.

2. Lógicamente, el cristianismo no se puede situar ni entender en un plano ontológico (de conocimiento del ser en sí), sino en un plano de “kerigma”, es decir, de anuncio y compromiso gratuito de vida, como descubrimiento de nivel de realidad más alto, que los creyentes evocan y despliegan, siguiendo la experiencia de Jesús. Según eso, la Iglesia, que es la comunión de los testigos de Jesús (del Dios de Jesús), no puede interpretarse como una confirmación de algo que era ya sabido, sino como eclosión de un pensamiento nuevo, de un orden superior de realidad (en clave de intimidad personal y comunión social).

3. Por eso, los cristianos no pueden estructurarse como “sociedad total” (imponiendo de un modo ontológico su pretensión), sino como presencia kerigmática, dentro del gran campo de la sociedad civil, esto es, en una humanidad en la que nadie puede arrogarse la pretensión de un saber y hacer absoluto (ni los creyentes, ni los no creyentes; ni los cristianos, ni los fieles de otras religiones). Eso significa que existe un “valor previo” de humanidad (no de “ser” ontológico), desde el que todos pueden y deben colaborar para el desvelamiento y despliegue de lo humano, en solidaridad social.

4. En consecuencia, la Iglesia Católica (y, en general, la Iglesia cristiana) que hasta ahora había seguido moviéndose en parámetros “ontológicos” (de verdad absoluta que, de algún modo, ha de imponerse), debe cambiar su forma de ser y de actuar, recuperando, desde la modernidad (¡y con su ayuda!) las claves del mensaje y compromiso de Jesús. Eso implica un “Nuevo Concilio”, es decir, una Reforma Universal no sólo del catolicismo, sino de todas las iglesias cristianas.

5. En el fondo de esa Reforma y Concilio ha de estar la visión kerigmático (anuncio y testimonio) del Dios kenótico (o de abajamiento creador) de Jesús, que no se impone con poder desde lo alto (como clave ontológica de realidad), sino que se ofrece en Persona, compartiendo su Vida y entrando en la vida de los hombres, asumiendo así el sufrimiento de la realidad, como elemento purificador y creador, para transformar de esa manera todo lo que existe. Éste es el Dios-Amor Crucificado de Jesús, que la Iglesia ha “proclamado” (en un plano espiritual), pero que de hecho ha olvidado en la práctica social (cultural, estructural), dejando que triunfe y se imponga en su lugar el Dios-Ser Imperial del sistema greco-romano.

6. Pues bien, la modernidad (por impulso científico/social y, quizá en parte, por influjo del mismo evangelio) ha destruido ese paradigma, de tal manera que las formas de religiosidad antigua (ontológica) están perdiendo sentido y actualidad. Ya no existe una verdad previa, que pueda imponerse (ni siquiera la existencia de Dios), de manera que tanto creyentes como no creyentes han de buscar y expresar el sentido de sus pretensiones en un plano de testimonio creativo (no el imposición ontológica, en un nivel de sistema). Ni los creyentes “demuestran” que hay Dios (¡el Dios cristiano!), ni los ateos “demuestran” que no existe, sino que han de mostrar (ofrecer) su propuesta en un plano de diálogo creador de humanidad, en libertad, pues sólo en libertad puede expresarse ya lo humano.
Nos encontrarnos, según Montserrat, en un momento clave de transformación. Si la teología y la misma estructura de la Iglesia se siguen aferrando al paradigma antiguo (de tipo ontológico) acabarán perdiendo su sentido (e irán en contra del mismo evangelio). Pues bien, el nuevo paradigma emergente, por el cual Dios no aparece dominando desde arriba, como ser necesario, ni impone un modelo ontológico de religión y sociedad, abre un camino nuevo para el cristianismo, que así puede y debe encontrar un nuevo camino de florecimiento, en diálogo con la sociedad civil, planteando y resolviendo sus temas en un Nuevo Concilio.

Temas y documentos del Nuevo Concilio
Es el momento adecuado para redescubrir y actualizar el cristianismo. Por vez primera, después de casi veinte siglos de imposición ontológica, que ha velado el mensaje de Jesús y la tarea de la Iglesia, los cristianos pueden recuperar el “mordiente” de la propuesta evangélica. No es una ocasión para pequeños cambios o maquillajes estéticos, sino para un “cambio radical”, en línea de evangelio y de modernidad. Por eso, J. Montserrat piensa que preciso un nuevo Concilio y así lo propone, una Asamblea Constituyente del Cristianismo, en el que deberían discutirse y promulgarse los siguientes temas (y documentos):

(1) Habrá un primer documento Sobre la realidad del hombre, como viviente que busca la felicidad y que no tiene una respuesta dada de antemano, pues ni la existencia de Dios puede probarse, ni tampoco se puede probar el ateísmo. Por eso, en primer lugar, el Concilio Cristiano ha de aceptar al hombre como problemático, pero abierto hacia una felicidad que ningún tipo de “sistema” logra garantizarle ni ofrecerle.

(2) Mensaje de Jesús. Dentro de ese mundo, que, en un plano racional (neutral) no sabe si hay Dios, de manera que, por opción existencial, puede abrirse tanto al teísmo como al ateísmo, los cristianos deben proclamar el mensaje de Jesús, como experiencia gozosa de vida, testimonio de trascendencia y compromiso de humanidad, al servicio de los más necesitados. Ese mensaje no confirma lo que ya existía (un orden anterior ya dado), sino que ofrece una experiencia y tarea superior de despliegue de sentido.

(3) La Iglesia de Jesús debe aceptar el paradigma de la modernidad, superando para siempre un modelo de ciencia (conocimiento) y de sociedad ontológica, que se imponían desde fuera, a modo de sistema. Aceptar ese paradigma significa comenzar asumiendo el diálogo como medio de encuentro, para así implicarse en el camino de búsqueda humana, en solidaridad con todos los que asumen esa condición de apertura, diálogo y responsabilidad que implica (supone y exige) la Edad Moderna, en un plano científico y social.

(4) El mensaje de Jesús y la vida de la Iglesia ha de entenderse como experiencia y tarea de solidaridad humana, que se dirige a superar en lo posible el sufrimiento, ofreciendo y compartiendo unos estímulos para vivir. Nadie puede apelar a una verdad previa, impuesta desde arriba (ni los ateos la tienen, ni tampoco los creyentes), pero los cristianos pueden (y deben) ofrecer un camino compartido de experiencia humana y de superación del miedo a la muerte, en línea de solidaridad (sin pretensiones de verdad antecedente o superior); de esa forma actualizan el proyecto de bienaventuranza de Jesús.

(5) Hay que abandonar, según eso, un modelo que podemos llamar “ontológico”, que había venido dominando en la Iglesia y en su pensamiento, para retomar y aplicar el kerigma de Jesús, dentro de un espacio antropológico de libertad y diálogo interhumano, recuperando así el modelo de búsqueda común que utiliza la ciencia, pero en un contexto más hondo de apertura ecuménica (comunión entre todos los cristianos) e interreligiosa (de comunicación entre todos los seres humanos, por encima de sus diferencias confesionales).

(6) En ese contexto ha exponerse (proclamarse, ofrecerse) la visión del Dios cristiano, que ya no aparece como Señor Impositivo (en clave del sistema ontológico), sino como misterio kenótico de encarnación y abajamiento, al servicio de la comunicación universal, dentro de la misma historia (no para un más allá ideal). El “dios” de la filosofía/teología y de la práctica “ontológica” de cierta Iglesia anterior no había sido cristiano, no se había situado en la línea del evangelio de la comunicación humana, y por eso debe ser superado. El tema de fondo para el cambio eclesial es la visión Dios.

(7) Partiendo de esa base, en línea de cristianismo, se debe insistir en la “kénosis” o abajamiento de Dios, tanto en un orden de creación (mundo) como en un orden de redención (vida de Cristo). Eso significa que Dios no está en el mundo (creación) para dominarlo desde arriba (como un “ente” más alto), sino para “animarlo” (para ser su “alma”, desde dentro, en clave de participación, sufrimiento compartido y transformación). En esa línea se sitúa y entiende la experiencia de Jesús, que es presencia redentora de Dios, actuando en solidaridad personal, en esperanza y sufrimiento redentor. Sin ese principio de Dios (que ha de presentarse así como “poder kenótico”) el proyecto cristiano pierde su base (su raíz bíblica) y su sentido actual.

(8) Esa visión kenótica de Dios nos permite pasar del teocratismo (con un Señor dominador) a la ciudadanía, es decir, a la convivencia personal de los hombres, partiendo de un Dios que penetra en el mismo diálogo interhumano, haciéndolo posible, al encarnarse de un modo especial en los más pobres, en la línea de Jesús. El Dios Teocrático hacía juego con un tipo de ontología dominadora, y con una ciencia que impone desde arriba su verdad. Por el contrario, el Dios de Jesucristo penetra en el diálogo social, para abrir y potenciar la comunión humana, en línea de esperanza de vida, no de imposición doctrinal o social.

(9) Por eso se puede y debe hablar de un designio de Dios, que es propósito y proyecto de amor, un Dios que no se impone por ley física o social, sino por desbordamiento gratuito de vida, superando el nivel de las discusiones y normas del sistema económico-social. Según eso, Dios no traza (ni impone) un designio previo, establecido de antemano, sino que abre un camino, que él mismo va recorriendo con los hombres (en una línea que había explorado, con sus limitaciones y valores la Process-theology), a la que apela Montserrat, pues el verdadero Dios no está fuera, sino en el mismo camino de la realidad en la que se encarna.

(10) Cristo aparece en esa línea como expresión (encarnación) del proyecto kenótico de Dios, que se compromete desde dentro en el despliegue de la historia de los hombres, de tal forma que no sobre-viene como un simple añadido, sobre un mundo ya ordenado y definido, sino que introduce su humanidad/divinidad kenótica (al servicio de todos, desde los más pobres), en camino de muerte y reino (resurrección). Esta visión no se demuestra por ciencia, pero tiene sentido y puede entenderse desde una perspectiva de ciencia moderna, de manera que en ella cobra sentido (en ella se inscribe sin imposiciones ni condenas) el Dios de la Pascua de Cristo.

(11) Desde ese fondo se entiende la nueva antropología cristiana, a la que debe volver el cristianismo, una antropología entendida como experiencia de libertad y de creatividad, en diálogo con todos los hombres y mujeres. El cristiano no querrá (ni podrá) imponer su verdad sobre nadie, pero querrá (deberá) ofrecer su propuesta, en “conversación” con la ciencia y, en especial, con la sociedad civil de nuestro tiempo y, más en concreto, en diálogo con todos los hombres. No se trata, por tanto, de condenar a los que piensan de otra forma, sino de dialogar con ellos, ofreciéndoles una experiencia y camino de humanidad cristiana, en la línea del Jesús del Evangelio.

(12) De esa forma ha de surgir, en fin, la nueva visión de la Iglesia, como experiencia de comunión, abierta a los que creen en Jesús, y, de un modo más extenso, a todos los hombres, en libertad para el encuentro mutuo, sin imposición intelectual ni moral (social), pero con una gran creatividad. Hoy, por vez primera, tras veinte siglos de ontología impositiva, es posible exponer y abrir el cristianismo (la Iglesia) como proyecto y camino de humanidad kenótico-redentora, abierta por Jesús a la culminación pascual de Dios (es decir, de la Humanidad).

Éstos son los doce puntos clave que, conforme a la visión del autor, podrían (deberían) plantearse como temas de los doce documentos del Nuevo Concilio, que permitirían que la Iglesia volviera a sus raíces originarias (cristianas) y pactara con la modernidad, después de casi veinte siglos de “cautiverio”, bajo el poder de un paradigma ontológico, impositivo, contrario a la verdad del hombre (de la ciencia) y opuesto a los impulsos del evangelio.

Profundización ulterior

J. Montserrat ha ofrecido una propuesta audaz (tras casi veinte siglos de camino en otra dirección) y yo la recibo con gozo y la comparto en gran medida. Sin embargo, para que esa propuesta sea más satisfactoria (y pueda tener éxito), debe completarse desde varias perspectivas. En este momento, a modo de conclusión, quiero destacar tres que me parecen más significativas:

1. Fundamentación bíblica. El autor supone, quizá con demasiada facilidad, que hay un kerigma cristiano que puede separarse del “paradigma ontológico de Grecia”, de tal forma que bastaría cambiar ese paradigma, para actualizar así la Iglesia. Pero no todos los teólogos están de acuerdo (de manera que algunos, como el mismo Papa Benedicto XVI, suponen que el modelo de pensamiento griego forma parte del NT). En esa línea, para volverse efectivo, el proyecto de J. Montserrat exige un estudio más hondo de la identidad cristiana, dialogando no sólo con científicos (como hace), sino con biblistas, teólogos y testigos del evangelio. En esa línea, que un cambio de paradigma (como entorno o trasfondo de sentido) importa el retorno al kerigma, con lo ese implica. Montserrat ha mostrado (y lo ha hecho muy bien) la necesidad de cambiar las “tuberías”, pero lo que más importa es el agua del evangelio, de la vida impulsada por el Reino de Cristo. Cerrada en sí misma, una labor de “fontanería” resulta no sólo insuficiente, sino que puede ser contraproducente.

2. Cambio eclesial. La propuesta de J. Montserrat me parece muy válida, pero da la impresión de que en el fondo quiere utilizar los mismos “mimbres” (eclesiales), para hacer con ellos un nuevo “cesto”. Con sus mimbres, en su forma actual de Iglesia, parece muy difícil realizar el cambio que exige el nuevo paradigma y, de forma especial, el evangelio. Además, en su libro quedan inmensas cuestiones sin resolver (e incluso sin plantear): el papel de las mujeres, la organización episcopal (en su forma histórica), la misma estructura de las iglesias.

3. Cambio social. Da la impresión de que Montserrat cree que es suficiente un modelo de democracia formal, como la norteamericana. Pues bien, somos muchos los que pensamos que ese modelo resulta insuficiente, no porque sea falso, sino porque es insuficiente. Tanto el evangelio como la historia social de los últimos siglos muestran la necesidad de cambios más hondos.

Pero todo eso (con las implicaciones del cambio social) puede y debe dialogarse. En este primer momento, tras analizar su contenido, quiero saludar con gozo este nuevo libro de J. Montserrat, aunque añadiendo que su propuesta, ejemplar y necesaria, puede y debe fundamentarse y concretarse (aplicarse) quizá de un modo más radical. Ciertamente, es necesario un nuevo Concilio, pero ese concilio sólo será posible con un cambio eclesial más hondo, más evangélico, más actual.

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