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CABEMOS TODOS. Eusebio Losada «Uxe»

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Muchos que la ven desde fuera la perciben como una fortaleza; férrea e inamovible, lejana a sus vidas pero presente e inquietante; mirada indiferente la de bastantes; dejada por imposible por otros; objeto de ataques y monumento pétreo del pasado para no pocos. Desde dentro y desde fuera se dice de ella que está fragmentada, que no hay manera de superar la discordia, el desencuentro.

Y, sin embargo, si la Iglesia es Comunidad de Jesús lo es en virtud de ser hogar, no como el viejo caserón de una desconfiada madrastra, sino como la casa de una hermana y compañera. Su mensaje tiene tanta fuerza que no necesita muros de recia piedra, que son trincheras frente al temor y al miedo. En la trinchera se vive agarrotado y a la defensiva o pensando estrategias de ataque ante enemigos reales o fantasmas hijos de ese miedo insano. El Espíritu de su Señor precisa de aire libre, de mesa abierta, de acogida en igualdad y fraternidad, de conversación de sobremesa, de rostros con nombre y color diverso y plural. Es el calor del hogar, la casa de todos los que le buscan y de los que tienen sed de conversar a solas y en grupo con el papá de Jesús, el Padre que es también Madre, el que no pone condiciones al amor porque se da todo por entero.

Su Señor no se sentía cómodo con el Templo; sus relaciones con él fueron progresivamente más conflictivas; la “casa de su Padre” se había convertido en otra cosa, representaba una caricatura donde se deformaba su rostro, cada peldaño era una frontera amasada de rituales formales y vacíos, cada rincón una instancia de poder, cada losa un fardo insoportable de normas y doctrinas. Ya no podía ver la mejilla de su Padre en ese sancta sanctorum. Sentía sus caricias en el desierto, en las plazas, entre las gentes, en el corazón de los últimos, de los desterrados y excluidos por aquél sistema político-religioso, compartiendo mesa y viandas en la casa de un amigo, pobre o rico, en la cima de un monte y al lado del arrullo de la corriente de un río, a la sombra de un frondoso olivo y bajo la escuálida higuera seca. La casa de Dios es la casa de los amigos, donde el amor es gratuito, donde huele al sudor del trabajo y al perfume que extienden manos comprensivas, donde no hace falta el ayuno de alimentos y sí el del egoísmo y la hipocresía.

“¿Qué habeis hecho de la casa de mi Padre?” ¿No lo diría también hoy Jesús al vernos, al darse cuenta de nuestras divisiones, de nuestra falta de escucha sin prejuicios, de una comunicación tan deficiente que parece un diálogo de sordos? ¿Cómo es posible que hayamos llegado a una situación en la que unos católicos veamos a otros como peligro, como amenaza? ¿Cómo puede ser que estemos sufriendo desde los diversos lados, unos a causa de los otros?. “Vosotros tenéis que ser uno, como mi Padre y yo somos uno”. ¿Es que es posible la unidad a base de apretar tuercas para ser y pensar de la misma y única forma?

Cuanta más uniformidad hay, menos unidad se respira, porque se ahoga la pluralidad, el respeto y la tolerancia; se ahoga la libertad. La pluralidad reconocida y respetada es signo de unidad. Cuando en una casa se excluye no es un hogar para todos; Dios no se encuentra a gusto ahí, se siente apresado. Yendo al fondo, para nosotros, los creyentes, la exclusión del otro representa un fracaso de la fe, porque creer es cuestión de confianza, que es lo contrario de estar dominados por el miedo (el gran pecado, según el Evangelio). Cuando excluimos lo hacemos por temor a la diferencia y a los diferentes, que hacen tambalear nuestras falsas seguridades. ¿Dónde el amor? ¿Dónde las entrañas de misericordia? ¿Dónde el reconocimiento de la íntegra dignidad de todos? ¿Dónde eucaristía, acción de gracias en unión de fe y de corazones en una comunidad de iguales, hermanos y hermanas?

Dentro de nuestra casa palabras tan hermosas como “comunión” se lanzan como puntas de dardos contra los considerados enemigos (“el enemigo principal está dentro, en casa”, se dice). Llega a tal punto el desencuentro que utilizamos las mismas palabras queriendo decir cosas distintas, muchas veces contrarias. Pero aún así, las palabras dichas con autenticidad no rompen la unidad. A mi modo de ver, lo que rompe la comunión es la negativa a conversar-dialogar, la descalificación de las personas, la prohibición de la libertad de expresión. Las acciones que provocan ruptura son las de advertir para controlar y silenciar al otro, amenazar, humillar, discriminar, condenar. Ninguna de ellas casa bien con las actitudes del Señor; otros eran sus verbos: acercarse, escuchar, tocar, bendecir, compadecerse, invitar, proponer, perdonar, querer, amigar, curar, enviar.

Hoy sigue siendo necesario disentir de la lógica del poder, de quien a través de argumentos alambicados discrimina, ofende y humilla al hermano o a la hermana, disentir de quien se cree poseedor de una única y dogmatizada verdad, sea considerado conservador o progresista, de los de la ortodoxia o de los del Reino, disentir también de quien piensa que todo da lo mismo y cae en la dogmatización del relativismo. Disentir no es malo; es un ejercicio de responsabilidad. El Señor de nuestro hogar disentía constantemente porque era una persona libre y alcanzó enormes cimas de fidelidad a sí mismo y al Padre, de amor a todos los seres, pero con sanante debilidad por quienes más sufrían. Es que el conocimiento y el reconocimiento del sufrimiento del otro es la puerta de la verdad humana más profunda, base de la humanización, de una auténtica paz, acceso al misterio que somos cada persona, rostro viviente de Dios. Es por ahí por donde hemos de empezar o continuar; esos son los cimientos de una buena construcción. El tejado es liviano y a dos aguas: gaudium et spes, alegría y esperanza.

En la Iglesia-hogar cabemos todos porque el límite lo marca el amor y éste no tiene fronteras. No lo marca ninguna formulación de dogmas, ninguna forma concreta de organización, ninguna doctrina. En el hogar no hay sumisión ni ruptura, sino profundo respeto al otro en su libertad, porque hay afecto basado en la libre amistad a la que somos invitados por Jesús de Nazaret. En el hogar hay policromía, como diversas son las personas y las familias, diversas las formas de amar, diversos los modos de acceso a Dios. En la Iglesia siempre ha habido tensiones y conflictos, pero esto forma parte del camino; no podemos negarlas, sino asumirlas y colaborar para buscar luz. Entre compañeros y compañeras de búsqueda. Esa sinfonía es la que deleita al Padre, que así ha querido que seamos sus hijos e hijas. Ese es uno de sus dones, regalo gratuito para nuestro disfrute.

Y si es que no cabemos todos, es que no es hogar, no es fraternidad, no es asamblea de iguales, no es Iglesia. Urgen los encuentros, urge la conversación, urge el diálogo en libertad.

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