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Breve crónica, desde dentro, de una manifestación: LA DISCAPACIDAD -- Daniel Plá, presid. de Fundisval

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Otra vez -una más-, ha salido a la calle “el mundo de la discapacidad”. No parece divertido para nadie: ni para los ciudadanos que ven molestada una circulación normal, ni para los cuerpos de seguridad que no parecen saber muy bien qué hacen ahí como si las personas discapacitadas representaran algún peligro para la seguridad ciudadana. Y estoy convencido de que nuestros representantes en las instituciones públicas ya están muy acostumbrados y convencidos de que eso “va con el sueldo”; y no les preocupa en absoluto.

Nosotros mismos preferiríamos estar haciendo “lo nuestro”: dedicados a las labores de un Centro Ocupacional, a la atención personalizada de las personas que nos encomiendan las familias, a llevar adelante un trabajo en el centro educativo o sumergidos en el estudio de las mejores estrategias para promover la autonomía personal o atenderles en su situación de dependencia…

¡Qué bien sonaban estas palabras de la Ley 39/2006, de 14 de diciembre… ! Recuerdo la “ceremonia solemne” de su presentación en sociedad en los locales del Jardín Botánico: eran otros tiempos. Y da la impresión de que, solo seis años después, todo lo que ellas prometían en la boca de la clase política se lo ha llevado el viento, disfrazado entre nubes o derivas de la llamada “crisis económica”. Aunque sin poder disimular lo que hay por debajo de ella: una “filosofía diferente”, un modo muy distinto de entender la interacción de los variados sectores de la sociedad. Otra forma de entender “los derechos”, la educación, la salud, las pensiones, la cultura. Y, en concreto, la relación entre las personas que tienen dificultades para ejercer sus derechos con autonomía personal y quienes deciden el modo como esos derechos pueden ser ejercidos.

Ciertamente, vivimos una larga crisis y ya nadie discute la crudeza de una unas dificultades que alcanzan a muchos sectores de la sociedad. Pero sería ser víctima de algún tipo nuevo de “discapacidad” grave no darse cuenta de que no les está afectando del mismo modo ni con la misma crueldad a todas las personas de las que solemos decir que son iguales ante la ley, y que los derechos y las obligaciones en una sociedad democrática que tanto nos costó alcanzar son iguales para todos. Y que, si la Constitución del 78 sigue vigente, su art. 49 recuerda que los poderes públicos realizarán una política de previsión, tratamiento, rehabilitación e integración de los disminuidos…con una atención especializada…para el disfrute de los derechos del Título I, De los derechos y deberes fundamentales.

Hoy, a tres de diciembre, como “celebración” (¿?) de el día de la discapacidad, quienes

querían hacer oir, esta vez por las calles de la ciudad de Valencia, su grito imperceptible eran ciegos, sordos, impedidos,… y los últimos de los últimos: las personas con discapacidad intelectual. Personas, en definitiva, cuyo presente y futuro depende fundamentalmente de nuestras manos. Y a todos ellos les acompañaban sus familias, las asociaciones que ellas han creado como iniciativa social, las personas que ofrecen su colaboración de voluntariado, los trabajadores que no solo soportan meses sin sueldo, sino que constatan que su puesto de trabajo está a punto de desaparecer, a la vista de los presupuestos para el próximo ejercicio y lo que está pasando estos últimos años en nuestra comunidad.

Es verdad lo de la crisis. Pero quizá convenga recordar que su aparición no ha sido “casual”, sino que tiene un origen “causal”, por más que algunos pretendan disimularlo con mil y un pretextos diferentes que cada uno interpreta a su manera y en defensa de sus intereses políticos o ideológicos.

Y hasta tendremos que aceptar que son necesarios algunos “recortes” (llámeseles como se les llame). Pero es responsabilidad -de los políticos que los fijan- establecer “prioridades” (para recortar o empequeñecer) que -me atrevo a decir con toda humildad y respeto- no deberían cebarse, como lo están haciendo, en quienes, sin duda alguna, no son responsables de lo que pasa. ¿O es que los diferentes colectivos de personas discapacitadas están en el origen de la crisis? Me temo que son infinitamente menos responsables que quienes diseñan las estrategias políticas y urbanísticas que deciden nuestros representantes legales; nada que ver con los “teje-manejes” de muchas instituciones bancarias; imposible pensar que hayan sido ellas las que se han apropiado de esos capitales que nadie sabe cómo “se han ido” por más que la Justicia va en su busca: las personas con discapacidad intelectual no corren ni se esconden. Y aquí hay mucho presunto delincuente escondido.

Lo de menos es “contabilizar” si la mañana de este lunes éramos muchos o pocos. Lo que a mí más me ha sorprendido porque me daba mucha pena ha sido escuchar el grito de “Hoy comemos; mañana, no sabemos”. Era el grito que, sobre todo, lanzaban las personas que hasta ahora vienen trabajando en algún Centro Especial de Empleo cuya continuidad está en peligro. También lo repetían los técnicos que están siendo apartados de los centros y engrosando el colectivo de desempleados.

El desarrollo ha sido corto y breve: partiendo desde la Plaza del Temple, nos hemos dirigido -sin interrumpir en ningún momento la libre circulación de vehículos y viandantes- hacia la entrada de Les Corts Valencianes donde se han exteriorizado las protestas con frases tan respetuosas como la de que no queremos Ni un paso atrás.

La manifestación ha concluido con tres breves parlamentos (la Once, el Cermi y FeapsCV, por más que la presencia era mucho más amplia). Estábamos junto a la fuente que honra las acequias que abastecen de agua a nuestra ciudad; en la emblemática plaza de la Mare de Déu donde había concentradas un montón de personas blandiendo banderitas blancas con la sencilla inscripción de SOSdiscapacidad y un montón de pegatinas en las que se hacía referencia a Derechos, inclusión y bienestar a salvo. La discapacidad movilizada

Ayer fue en Madrid, con la concentración de casi 100.000 personas. Hoy ha sido en Valencia, con representantes de todas las comarcas de la Comunidad. Cerca estaba el Palau de la Generalitat, sede de quien ostenta la responsabilidad de las políticas sociales; detrás de nosotros -quizá oyendo bien lo que se decía- el anciano Tribunal de las Aguas; no lejos, el Palau de les Corts, encargadas de legislar al respecto en beneficio de todos… Y, al lado mismo, la basílica de la Mare de Déu con el significativo título de “Mare dels desemparats”.

Es de esperar que alguna de las cuatro “instancias” haya escuchado nuestras voces.

Valencia, 3 diciembre 2012

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