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Brasil: El desierto fértil de Dom Helder -- Eugenio Mattos Viola

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Atrio

Adital
«Si doy comida a un pobre, me llaman santo, pero si pregunto por qué es pobre, me llaman comunista».
Tal vez esta frase pueda servir como síntesis de la vida de Helder Pessoa Câmara, nacido el 7 de febrero de 1909, en Fortaleza, Estado de Ceará (Brasil).
Combatido por las elites insensibles al sufrimiento humano y cargando la cruz de los prejuicios, nunca se dejó abatir.

Fue propuesto cuatro veces para el Premio Nóbel de la Paz. Recorrió el mundo en la lucha contra todo tipo de opresión. Mereció el reconocimiento internacional, mientras en Brasil se prohibía mencionar su nombre en los medios de comunicación durante 10 años, en el triste periodo de la dictadura militar.

Sabía discernir con su sabiduría la diferencia entre la caridad que ve en el pobre solamente el objeto de su generosidad -y la expiación de sus culpas conscientes e inconscientes-, y la verdadera caridad: la que trata de rescatar a los desamparados, ofreciendo posibilidades concretas de alcanzar lo que no le fue proporcionado en la infancia o a lo largo de su vida, como derecho a la educación, salud, salario digno, vivienda decente, o sea, esperanza y no solo limosna.

Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1931, en 1952 obispo-auxiliar de Río de Janeiro y en 1964 Arzobispo de Olinda y Recife, regresaba al nordeste de donde había partido. Participó en la creación del Consejo Episcopal Latino-Americano (CELAM). Desempeñó altos cargos en la jerarquía eclesial, pero la humildad nunca lo alejó del pueblo de Dios. Tuvo una influencia decisiva en los nuevos rumbos adoptados por la Iglesia durante y en post Concilio Vaticano II, que abrió las ventanas del Vaticano para que los acontecimientos de la Historia desempolvasen el trono de san Pedro. Su espíritu se manifestó leve y sabio en muchos libros que dejó publicados. Los profetas no se callan, vuelven el desierto fértil (título de uno de sus libros publicado en español por Sígueme).

«Que nadie se haga falsas ilusiones, que nadie obre de manera ingenua: quien escucha la voz de Dios y hace su opción interior, sale de sí mismo y parte para luchar pacíficamente por un mundo más justo y más humano, no piense que va a encontrar un camino fácil, pétalos de rosa bajo sus pies, multitudes escuchándole, aplausos por todas partes y, permanentemente, como protección decisiva, la Mano de Dios. Quien se arranca de sí y parte como peregrino de la Justicia y de la Paz, prepárese para enfrentar desiertos».
Y él supo enfrentar desiertos con firmeza y mansedumbre.

Schopenhauer decía que «talento es cuando un tirador alcanza un blanco que otros no consiguen. Genio, cuando un tirador alcanza un blanco que otros no ven». Cuando muchos se esforzaban para ‘catequizar’ a los jóvenes, Dom Helder enfocaba mas allá y serenamente indicaba el camino:

«Los jóvenes siempre tienen sus antenas conectadas y saben muy bien como captar las señales del amor apasionado y apasionante de Dios. ¿Por qué hablar siempre de ‘práctica religiosa’ y jamás de ‘práctica evangélica’, hecha de amor y de valor siempre al servicio de los demás? Todo parece indicar que tal práctica no ha sido abandonada. Muy al contrario, la veo en plena acción por dondequiera que pase. Si los jóvenes van menos a la iglesia, tal vez sea porque en ella no encuentran adecuadamente reunidas la Vida y el Evangelio».

Era una visión profética, en los pasados años 70, del vaciamiento de los templos y seminarios, principalmente en Europa y en América del Norte, como se constata actualmente. Dom Helder fue un eterno joven. La santa utopía corría en sus venas, en su corazón, en sus palabras, dando el aliento necesario para enfrentar desiertos y tempestades. A propósito de la Teología de la Liberación afirmaba

«No debemos quedarnos en las palabras. Es posible que que muchas personas no hayan comprendido bien la esencia de la ‘teología de la liberación’, que hayan oído decir que tiene influencia marxista o algo parecido. Pero están también los que la entienden adecuadamente, como el redescubrimiento del poder revolucionario del amor de Dios en la historia de los hombres, lo cual les parece muy peligroso. Por eso se ve tanto debate en torno a la ‘teología de la liberación’, aunque sea indiscutible que Cristo quiera que todos los hombres luchen por la liberación de sus semejantes. El progreso humano, la campaña contra las causas de las injusticias, la conquista de la dignidad, son la manera más directa como los hombres pueden cooperar a su propia redención y salvación, causas por las cuales el Señor dio su vida».

La Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín, en 1968, fue el ‘aggionarmento’ de la Iglesia en América Latina, dejando en el pasado una actuación condenable en relación a los indios, a los esclavos, a los desamparados, por haber firmado un pacto con los estados y la aristocracia, con las fuerzas opresoras que nada tenían de cristianas. Esa llama de Medellín no puede morir aunque haya quien diga que tenía ‘polvo ideológico’. Es un debate rico, que invita a la participación hasta de los no-creyentes en la búsqueda de un mundo mas digno y fraterno, como hizo el Cardenal Carlo Maria Martini al abrirse en hermoso diálogo epistolar con el escritor Umberto Eco en el libro ¿En que creen los que no creen?. Dom Helder con la mirada puesta en el Ecumenismo había declarado años antes:

«Discúlpenme si di la impresión de que solo los creyentes, los cristianos pueden trabajar por un mundo mejor. De ninguna manera pienso eso. Cuando miro a mi alrededor veo que no todos los que se dicen creyentes tienen verdadera esperanza de paz, justicia, felicidad para los hombres, y que muchos de aquellos que no creen en nada, que ni siquiera reconocen la existencia de Dios, están dispuestos a participar en los combates de la esperanza sin temor a poner sus vidas en juego. Bien imagino la sorpresa que tendrán muchos cuando se den cuenta de que el Señor dice a aquellos que sin conocerle, o reconocerle, vivieron la fraternidad universal: ‘Os agradezco por haberme acogido, tratado, vestido y alimentado, defendido y amparado contra la injusticia’.

Muchos cristianos, muchos católicos se sorprenderán al constatar que no son los únicos invitados a entrar en la casa del Padre, pues el Corazón del Padre es mucho mas amplio que los registros de todas las parroquias del mundo, y el Espíritu sopla en todas direcciones, incluso en aquellas donde los pies del misionero nunca se han posado».

En días de angustia como estos de ahora en que nos sentimos impotentes ante el ‘holocausto de los palestinos’, por la furia israelita sobre Gaza, sin perdonar a niños, mujeres ni ancianos, Dom Helder decía:

«Por más que el hombre avance en la ciencia y la técnica, mientras haya guerras en el mundo daremos un triste testimonio de falta de madurez espiritual».
Dom Helder Câmara fue al encuentro del Señor el día 28 de agosto de 1999 a los 90 años de edad. Para él ya no hay más misterios o dudas. Para nosotros quedó la certeza de una vida dedicada en plenitud al amor, a la humildad y a la fe. En febrero del año pasado, la Comisión Nacional de Presbíteros, vinculada a la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB), dirigió a la Congregación para la causa de los Santos la petición de beatificación de dom Helder Pessoa Câmara. En su desierto nacieron flores.

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