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Blázquez, la primera opción

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El País

En la carpeta donde Francisco tomó apuntes de lo que le han dicho sus interlocutores españoles figuran varios candidatos a sustituir a Rouco en el arzobispado de Madrid. Los más repetidos son Ricardo Blázquez y Carlos Osoro, respectivamente arzobispos de Valladolid y Valencia. Se dice que en la terna que ha elaborado el nuncio del Papa en España, el italiano Renzo Fratini, también están esos dos prelados, además de Fidel Herráez, obispo auxiliar de Rouco en Madrid.

Esa terna ya habría salido hacia el Vaticano, insinuó el Papa a un arzobispo. A ese respecto, Francisco ha contado lo que le sucedió cuando era arzobispo de Buenos Aires y se iba a proceder al nombramiento de un obispo en Argentina. Por deferencia, le comunicaron cómo era la terna de candidatos que se enviaría a Benedicto XVI para que eligiera. Este dimitió sin hacerlo, y, apenas un mes después, el cardenal Bergoglio era elegido para sustituirlo. Cuando tuvo que hacer el nombramiento de marras, pidió la terna. No estaban los nombres que le habían dicho. Lo que Francisco quería decir a su informador es que no se fiase ni de rumores ni de ternas.

El sentido común, sin embargo, obliga a dar credibilidad a los nombres que se citan como candidatos. Ricardo Blázquez ya fue presidente de la Conferencia Episcopal (CEE), entre 2005 y 2008. Sus colegas le deben un segundo mandato, del que fue apartado para reponer a Rouco. Todo sucedió porque Benedicto XVI había dejado claro que Blázquez no era de su agrado. Lo demostró manteniéndole como simple obispo durante todo el mandato al frente de la CEE, sin concederle el rango de arzobispo, casi obligado en un líder episcopal.

Hoy Blázquez es arzobispo de Valladolid y vicepresidente de la CEE, es decir, el prelado más votado tres años atrás, después de Rouco. Hijo de agricultores humildes de Villanueva del Campillo (Ávila), tiene 71 años y un carácter afable. Se le otorga incluso fama de moderado. Es un calificativo sometido a discusión, en la idea de que no hay nada que se parezca más a un obispo que otro obispo. Se dice que ninguno de los nombrados por Juan Pablo II o Benedicto XVI puede ser considerado progresista. En todo caso, la carrera de Blázquez es relevante. Se doctoró en la Gregoriana de Roma y en 1974 comenzó la docencia en la de Salamanca, donde fue decano de Teología (allí coincidió con Rouco) y más tarde su gran canciller. Era obispo de Palencia cuando fue trasladado a Bilbao. Fue recibido con una cierta rechifla. “El tal Blázquez”, se dijo desde el PNV. Pronto aprendió euskera y se ganó el respeto de sus diocesanos, además del de los políticos. Apadrinó una pastoral que la derecha tachó de condescendiente con los etarras, hasta el punto de que el Gobierno de Aznar llamó a consultas al nuncio del Vaticano para protestar.

Carlos Osoro, cántabro de 68 años, es otro gran candidato para la sede de Madrid y para presidir la CEE. De vocación tardía, antes de hacerse sacerdote a los 30 años, fue instructor de Educación Física, diplomado en Magisterio, licenciado en Ciencias Exactas y profesor del colegio La Salle. Obispo de Ourense en 1997, cinco años después accede al arzobispado de Oviedo. Está en Valencia desde 2009.

Otro candidato a los puestos de Rouco es el cardenal Antonio Cañizares, valenciano de Utiel. Acaba de cumplir 68 años y es miembro de la curia (gobierno) de Francisco. Quiere volver a España. Es probable que el Papa le haga caso, pero, si lo manda a Madrid, desmentiría los aires de cambio que soplan en el Vaticano. Conocido como “el pequeño Ratzinger”, Cañizares es un radical, cuyas afirmaciones han causado a veces escándalo, por ejemplo la de que es peor la ley del aborto que el abuso de niños por sacerdotes pederastas.

Poco ha trascendido, en cambio, sobre las intenciones de Francisco para sustituir a Martínez Sistach en Barcelona. El Opus Dei querría colocar ahí al arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol, miembro de ese instituto. En Roma, en cambio, se cita con insistencia al jesuita Luis Ladaria, que también suena para Madrid. Nacido en Manacor (Mallorca) en 1944, es secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe y profesor en la Pontificia Gregoriana. Hace cinco años fue investigado en España por un libro sobre el pecado original, que los inquisidores de la CEE consideraban herético. No hubo caso. El ridículo de los acusadores fue más sonado cuando Benedicto XVI elevó a Ladaria al cargo de secretario de la congregación doctrinal, desde donde ha frenado otros afanes inquisidores, entre otros la condena que la CEE maquinó contra José Antonio Pagola por el libro Jesús. Una aproximación, del que se han vendido 130.000 ejemplares en una decena de idiomas.

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