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BENEDICTO XVI EN ESPAÑA. Juan José Tamayo

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El Correo

Numerosas han sido las visitas que hizo Benedicto XVI a España en los años en que fue Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Un análisis de las instituciones visitadas, de los homenajes recibidos, de los escenarios de sus intervenciones, del contenido de sus mensajes, de la relación con los teólogos y los obispos españoles puede darnos una idea aproximada del significado de su primera visita como Papa hoy y mañana.

En dos ocasiones intervino en los Cursos de Verano del Escorial. La primera, en julio de 1989, disertó en el Curso de Cristología con una lección sobre ‘Jesucristo, hoy’. La segunda, cuatro años después, habló sobre el Catecismo de la Iglesia católica, en cuya redacción y orientación ideológica jugó un papel muy importante, decisivo, diría mejor. En esta ocasión fue recibido con pancartas de protesta en las que podían leerse mensajes como éstos: ‘Por la libertad de derechos humanos en la Iglesia. Indiferencia, discriminación, expulsiones, nuevo catecismo. SOS. El Espíritu está siendo aniquilado’. El discurso del Catecismo no es teológico, dijo entonces Ratzinger, quien subrayó que en él «la reflexión exegética no resulta necesaria ni adecuada». Yo creo, más bien, que el Catecismo se sitúa en el horizonte del paradigma de la teología premoderna y recela de-y a veces condena- los métodos histórico-críticos. Más aún, se coloca de espaldas a las nuevas aportaciones llevadas a cabo en los terrenos de la hermenéutica, de la teología y de la moral, por una parte, y en el campo de las ciencias humanas, sociales y biológicas, de otra.

No se opuso tajantemente a la pena de muerte, como tampoco lo hace el Catecismo, que la justifica en determinadas ocasiones. Es verdad que expresó su deseo de que se aboliera, pero, a renglón seguido, matizó: «Pero no me atrevo a decir que siempre y en cualquier caso sea rechazable». Llegó a afirmar que no consideraba doctrina teológica que la Iglesia tuviera que prohibir la pena de muerte en todo tiempo y lugar ni que la pena de muerte sea incompatible con la fe. Lo que resultaba incoherente entonces, y sigue resultando ahora, es que el Catecismo y el cardenal se mostraran tan condescendientes con la pena de muerte y tan intransigentes con el aborto, y en este caso sin matiz alguno.

Al tiempo que departía fraternalmente con teólogos españoles afines a su pensamiento en los cursos de El Escorial, el cardenal Ratzinger desde el Vaticano ejercía la función de detective de algunos teólogos, acusados de no fomentar en sus clases el amor a la Iglesia, de los formadores de los seminarios, acusados de educar a los futuros pastores de almas en las corrientes secularistas, y de directores de revistas de información religiosa y de teología, acusados de aceptar colaboraciones de autores sospechosos de heterodoxia. El resultado fue la expulsión de varios teólogos de sus cátedras, la sustitución de personas que formaban a los seminaristas en el sentido crítico por otras instaladas en el sistema y la expulsión de varios directores de revista por otros más dóciles. Ante las críticas de amplios sectores cristianos, que consideraban estas medidas atentatorias contra los derechos humanos, el entonces director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe Antonio Cañizares -hoy cardenal arzobispo de Toledo y primado de España- las justificaba alegando que el voto de obediencia de los religiosos implica «una autolimitación voluntaria de esos derechos».

En 1998 fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Navarra, regentada por el Opus Dei, título que seis años después recibiría el arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, cardenal Rouco Varela. Gobernaba entonces en España el Partido Popular en triple alianza con la Conferencia Episcopal Española, con quien consensuó importantes leyes que favorecían a la Iglesia católica, y con el Opus Dei, que tenía destacados miembros y simpatizantes en el Gobierno de la nación y, más importante todavía, en la cúpula del Vaticano. La convergencia entre conservadurismo político e ideológico y restauracionismo religioso y teológico no podía ser mayor.

Dos visitas realizó Ratzinger a Madrid entre 1990 y 2000. La primera para participar en el Encuentro de Intelectuales Católicos, organizado por la Subcomisión Episcopal de Universidades y por el Comité del XIV Centenario del III Concilio de Toledo, que tuvo lugar en la Fundación Pablo VI de Madrid, dependiente de la Asociación Católica de Propagandistas. Hacía unos meses había caído el muro de Berlín y se aplicó a fondo en la crítica del marxismo y del ‘flirteo’ de los intelectuales occidentales con la ideología marxista. En la conferencia reflexionó también sobre la crisis de la fe en la ciencia, la nueva pregunta por la espiritualidad y la ética y la nueva búsqueda de la religión. De nuevo volvió a Madrid diez años después para intervenir en el Congreso Internacional sobre la Encíclica ‘Fides et Ratio’ organizado por la Facultad de teología ‘San Dámaso’ y celebrado en el Palacio de Congresos. El anfitrión fue el arzobispo de Madrid, cardenal Rouco Varela.

A la región de Murcia viajó en noviembre-diciembre de 2002 invitado por la Universidad Católica San Antonio, vinculada a las Comunidades Neocatecumenales, con cuyos fundadores, Kiko Argüello y Carmen Hernández, mantenía Ratzinger una gran sintonía, para pronunciar una conferencia en el Congreso Internacional de Cristología. En ella volvió a ratificar los principios excluyentes sobre Jesucristo como salvador único y universal y sobre la Iglesia como único camino de salvación, «en medio de un mundo caracterizado por el relativismo», tesis que formulara dos años antes en la Instrucción ‘Dominus Iesus’. «El cristiano -declaró de manera tajante- jamás puede afirmar simplemente que cada cual debe vivir en la religión que le ha tocado por sus circunstancias históricas, puesto que todas son a su manera caminos de salvación». Se colocaba así en las antípodas de las primeras iniciativas de diálogo interreligioso que surgían en numerosos lugares de la geografía española, mayoritariamente entre diferentes tradiciones religiosas y movimientos espirituales.

Por esas fechas se producía una nueva oleada de sanciones contra algunos teólogos por sus planteamientos en torno a la sexualidad no coincidentes con los de la doctrina oficial -el caso del teólogo moral Marciano Vidal- o por sus desviaciones en materia cristológica, como sucedió con mi libro ‘Dios y Jesús. El horizonte religioso de Jesús de Nazaret’, que recibió la censura de la Comisión Episcopal de la Doctrina de la Fe de los obispos españoles a partir de un documento del Vaticano, tras una investigación de mis obras durante tres años.

La visita actual coincide con la publicación del documento episcopal sobre ‘Secularización y teología en España’, que responsabiliza a algunos teólogos de la pérdida de la fe y de su inteligencia en nuestro país y los acusa de defender una concepción racionalista de la fe y de la Revelación, de un humanismo inmanentista aplicado a Jesucristo, de una interpretación meramente sociológica de la Iglesia y de un subjetivismo-relativismo secular en la moral católica. El documento ha recibido la felicitación del Vaticano, que lo publicará en las distintas ediciones lingüísticas de su órgano oficial ‘L’ Osservatore Romano’. Sorprende la falta de autocrítica de los obispos españoles y del Vaticano que los respalda. La responsabilidad de los males de la sociedad y de la secularización interna de la Iglesia recae exclusivamente sobre nosotros, los teólogos críticos, por nuestras propuestas teológicas deficientes. La jerarquía no parece decidida a tornar la condena en diálogo. Nosotros, los teólogos ‘condenados’, mantenemos desde ahora la mano tendida y estamos abiertos al diálogo. La visita de Benedicto XVI a España sería una buena ocasión para iniciarlo.

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