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BENEDICTO XVI, CRÍTICO DE LA CULTURA. Leonardo Boff

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Leonardo Boff27.jpgLo que llevó a Benedicto XVI al supremo pontificado fue el hecho de ser un eminente doctor, y no un reconocido pastor. Él representa el típico teólogo académico alemán, cuya facultad de teología se sitúa en el interior de la universidad del Estado. Es la primera entre todas las facultades, lo que le permite un discurso transversal, en permanente diálogo con otros saberes. Tal hecho confiere a la teología de estilo alemán un alto nivel de criticidad, y hasta la discreta arrogancia de ser la más profunda y filosofante de todas en la Iglesia, hasta el punto de que Lutero, ya en su tiempo, pudo decir que «un doctor romano es un burro alemán». Como teólogo académico, José Ratzinger se involucró activamente en las discusiones sobre la identidad europea y sobre los desafíos de la modernidad.

Es en este campo donde se revela el alcance y también los límites de su fecunda producción intelectual. Normalmente es así como los filósofos del conocimiento nos enseñan que «la cabeza piensa a partir de donde pisan los pues», y que «cada punto de vista es la vista que se tiene desde un punto». ¿Dónde pisan los pies del intelectual Ratzinger, y qué vista permite el punto en el que él está situado? Sin duda, él pisa el espacio cultural de la Europa central, del grupo de países hegemónicos en el mundo, y, por tanto, su vista depende de ese punto a partir del cual él ve el mundo y la Iglesia. En efecto, no mira desde la óptica de los pobres y de los oprimidos.

Lo que pesa en su pensamiento es el lastre cultural formado en la escuela de San Agustín (+450) y de san Buenaventura (+1274), sobre los cuales ha escrito dos brillantes tesis. Ambos tienen eso en común: para ellos el mundo es la arena donde se enfrentan Dios y el diablo, la gracia y la naturaleza, la ciudad de Dios y la ciudad de los humanos. El pecado original produjo una tragedia en la condición humana: ésta quedó en un estado tan decadente, que ella sola no consigue redimirse ni producir una obra que agrade a Dios. Necesita un Redentor, Jesús, que es continuado por la Iglesia, dotada con todos los medios de salvación. Sin la mediación de la Iglesia, los valores culturales valen, pero no lo suficiente como para salvar al ser humano y su historia. Lo mismo se aplica también a la «liberación» de nuestra teología.

Este tipo de teología conlleva a una lectura pesimista de la cultura. Ello se percibe en la lectura que el teólogo Ratzinger hace de la modernidad. En ella ve, antes que nada, arrogancia, relativismo, materialismo y ateísmo, esfuerzo humano en busca de una emancipación por sus propios medios. La misión de la Iglesia sería desenmascarar esta pretensión, aportarle principios claros, seguridad en la oscuridad y verdades absolutamente válidas…

Esta teología tiene mucho de verdad, pues efectivamente hay decadencia dentro de la modernidad. Pero ello no puede hacer olvidar que también la Iglesia está hecha de justos y pecadores. Por otra parte, importa ensanchar el horizonte teológico: además de Jesucristo, es necesario echar mano de una teología del Espíritu Santo, prácticamente ausente en san Agustín y en el teólogo Ratzinger. Una teología del Espíritu permitiría ver -como lo vio el Concilio Vaticano II (1965)- que en el mundo moderno hay grandes valores, como los derechos humanos, la democracia, el trabajo, la ciencia y la técnica. Del anatema, la Iglesia pasaría al diálogo. Se asociaría a todos los seres humanos de buena voluntad, para buscar una verdad más plena, pues el Verbo «ilumina a toda persona que viene a este mundo», y el «Espíritu llena la faz de la Tierra», como dicen las Escrituras judeo-cristianas.

Como el Papa es sumamente inteligente, bien puede ser que descubra en nuestra realidad lo mucho de bueno que está siendo hecho para salvar a las personas de las consecuencias de una perversa modernidad, que ha negado a tantos millones los derechos, la justicia y la vida.

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