¡Bajad a los santos del pedestal! -- Evaristo Villar

0
56

Enviado a la página web de Redes Cristianas

La santidad se juega hoy en la calle: donde la dignidad reclama derechos y la tierra pide auxilio
Delibes abrió los ojos. Ahora toca mover las manos
Delibes cargó las escopetas y los silencios con puntería de notario. Unos mandaban; otros obedecían. La injusticia calzaba botas de señorito y se permitía el lujo de parecer natural.

Hoy hablamos de los santos con los ojos abiertos. Gente que, además de condolerse, pregunta; que, además de socorrer, se organiza. Han aprendido que algunas desgracias tienen domicilio fiscal y que ciertas fatalidades se aprueban en consejos de administración.

El sufrimiento evitable no se limpia con un pañuelo: se combate con justicia. El pañuelo sigue siendo necesario —también los luchadores lloran—, pero un pañuelo sin agenda es una limosna con buena prensa.

Una aureola puede ser una persiana bajada
Durante siglos, la santidad se encerró entre muros: clausura, recogimiento, renuncia, obediencia a ciegas. Hubo allí vidas admirables, hospitalidad y estudio. También hubo santos de camino, curando cuerpos y desafiando poderes.
Pero aquella imagen sembró una sospecha venenosa: para acercarse al cielo convenía alejarse del suelo. El cuerpo era un sospechoso; la historia, un peligro; la política, una epidemia.

Así, una resignación muda parecía más santa que una protesta justa. El pobre agradecido quedaba precioso en la estampa. El pobre organizado arruinaba la composición.

El cielo tendrá que esperar: hay un vecino solo
Jesús pidió proteger a los suyos del mal, no arrancarlos del mundo (Jn 17,15). Conviene recordarlo cuando la espiritualidad se disfraza de agencia de viajes hacia ninguna parte.

La trascendencia permite reconocer una dignidad que ningún precio puede tasar. El problema surge cuando la colocamos tan alta que deja de iluminar la mesa donde falta el pan.

Los santos conscientes escuchan, acompañan, reclaman. Rezan —quienes rezan— con los nombres de sus vecinos dentro. Y luego comprueban si el vecino ha comido.
Francisco y el peligro de adueñarse de Dios

Francisco, Papa, insistió: el tiempo es superior al espacio; iniciar procesos pesa más que conquistar posiciones (Evangelii gaudium, 222-223). Idea incómoda para quien confunde fidelidad con antigüedad en el sillón.
Ocupar espacio da seguridad, llaves y, a veces, trato de excelencia. Iniciar procesos obliga a compartir decisiones.

Estos santos de hoy fundan asociaciones, sostienen escuelas, abren viviendas, recuperan huertos. Quizá nunca inauguren nada con placa. Les basta con que algo viva. La semilla trabaja bajo tierra y deja que el árbol se lleve los aplausos.

La caridad también audita el presupuesto
Quien necesita cenar esta noche no se alimenta del programa de reformas de la próxima legislatura. Pero, servida la cena con caridad, queda la pregunta: ¿por qué volverá a tener hambre mañana?

La santidad consciente entra ahí en política: defiende vivienda, sanidad, educación, cuidados y trabajo digno.
Repartir mantas despierta elogios; preguntar quién dejó a tanta gente a la intemperie provoca incomodidad.

Estos santos tienen manos para repartir mantas y voz para reclamar viviendas.

También en el pueblo se decide la dignidad
En la España vaciada, la injusticia llega sin estruendo: desaparece un autobús, se recorta una consulta, cierra una escuela, se apagan casas, se quedan en barbecho las fincas. Después llegan los discursos sobre nuestras raíces. Las raíces, mientras tanto, esperan transporte para ir al médico.

Allí la santidad acompaña al anciano, recibe a una familia y pelea por servicios que permitan quedarse.
Un pueblo vivo tiene niños haciendo ruido, mayores atendidos, ventanas abiertas y huertos produciendo. Para el silencio absoluto ya están los cementerios.

La tierra no tiene cuenta bancaria
Estos santos defienden el agua, los bosques, las semillas y los bienes comunes. Hemos confundido la generosidad de la tierra con un permiso de saqueo.
Preguntan qué se produce, para quién y a qué coste. Defienden una investigación que atienda necesidades humanas aunque prometa pocos dividendos. Una universidad sometida a quien paga acaba siendo un departamento comercial con toga.

Mientras tanto, el río lleva agua, memoria y preguntas que ningún balance responde.
Comprometidos, incluso cuando incomodan a los suyos

Toman partido por la dignidad y vigilan las obediencias ciegas. Ninguna sigla recibe permiso indefinido para atropellar personas.
Su horizonte va del vecino abandonado a las instituciones que deben proteger derechos universales. La humanidad común es su cimiento. El extranjero le pertenece antes de presentar papeles. El adversario también, aunque cueste recordarlo

Necesitan autocrítica y humor: cuánto ego cabe dentro de una causa magnífica.
El milagro de dejar vivir
El Evangelio vincula la vida encontrada con la vida entregada (Mc 8,35). Estos santos disfrutan de la amistad, del pan y de la fiesta. Su alegría tiene puertas y sitio en la mesa.

Después de su paso, alguien respira mejor, un derecho queda protegido, un pueblo conserva esperanza.
Bajemos los pedestales a la plaza. Hace falta piedra para levantar bancos donde sentarnos juntos.
Y que los santos se sienten entre nosotros: hay mucho mundo que reparar.