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Babel o la torre de la confusión; Gn 11,1-9; Hch 2,1-11 -- Jesús Peláez

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Cuenta un antiguo mito del libro del Génesis (11,1-9) que
“el mundo entero hablaba la misma lengua con las mismas palabras y que los descendientes de Noé, al emigrar de Oriente, encontraron una llanura en el país de Senaar (Mesopotamia, entre el Tigris y el Eufrates, hoy Siria e Irac), y se establecieron allí…  

Y se dijeron: “Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance al cielo, para hacernos famosos y para no dispersarnos por la superficie de la tierra”. Pero el Señor Dios bajó a ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los hombres, y se dijo: “Son un solo pueblo con una sola lengua. Si esto no es más que el comienzo de su actividad, nada de lo que decidan hacer les resultará imposible. Vamos a bajar y a confundir su lengua, de modo que uno no entienda la lengua del prójimo”. Entonces el Señor los dispersó por la superficie de la tierra y dejaron de construir la ciudad, que se llama Babel porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí los dispersó por la superficie de la tierra.

Babel significa “puerta de Dios”. Así se denominaba la ciudad, símbolo de la humanidad, precursora de la cultura urbana. Una ciudad con una lengua y un proyecto común: hacer una torre y escalar el cielo, invadiendo el espacio de lo divino. El ser humano quiso ser como Dios (ya antes lo había intentado en el paraíso a nivel de pareja, ahora a nivel de polis-ciudad, a nivel político, y se unió (= se uniformó) para lograrlo. Pero el proyecto se frustró. Aquel Dios del Génesis, celoso del progreso humano, confundió (en hebreo, balal) las lenguas y acabó para siempre con Babel.

Tal vez, pienso yo, nunca existió aquel mundo uniformado; quizá fue sólo una tentadora aspiración de poder humano. Entonces las diferentes lenguas fueron el mayor obstáculo para la convivencia, principio de dispersión y ruptura humana. El autor de la narración babélica no pensó en la riqueza de la pluralidad e interpretó el gesto divino como castigo. Pero hizo constar, ya desde el principio, que Dios estaba por el pluralismo, diferenciando a los habitantes del globo por la lengua y dispersándolos.

– Muchos siglos después de escribirse esta narración del libro del Génesis leemos otra en el libro de los Hechos de los Apóstoles (2,1-13), que tuvo lugar el día de Pentecostés, fíesta de la siega, en la que los judíos recordaban el pacto de Dios con el pueblo en el monte Sinaí, “cincuenta días” (que estos significa Pentecostés) después de la salida o éxodo de Egipto.
Estaban reunidos los discípulos, también “cincuenta días” después de la Resurrección (= salida o éxodo de Jesús al Padre) e iban a recoger el fruto de la siembra del Maestro: el Espíritu.

«De repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como de fuego, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería… Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados porque cada uno los oía hablar en su propio idioma… de las maravillas de Dios».

La venida del Espíritu el día de Pentecostés se describe acompañada de sucesos, expresados como si se tratara de fenómenos sensibles: un ruido como de un viento recio, unas lenguas como de fuego que consume o acrisola, y se llenaron de Espíritu (= «ruah»: aire, aliento vital, respiración) Santo (= hagios, es decir, no terreno, separado, divino).

Y en seguida, los apostoles comenzaron a hablar lenguas diferentes. Algunos han querido indicar con esta expresión que se trata de «ruidos extraños»; tal vez fuera así originariamente, al estilo de las reuniones de carismáticos. Pero Lucas dice «lenguas diferentes». Así como suena. Ciertamente no se trata de un relato histórico, sino de imágenes para expresar lo inefable de una experiencia que no sabemos exactamente cómo sucedió: la experiencia de la irrupción del Espíritu en medio de la casa-Iglesia naciente que hace llegar a todos su mensaje.

Y aquí viene lo maravilloso: este Espíritu no era Espíritu de monotonía o de uniformidad: es políglota, polifónico. Espíritu de concertación (del latín «concertare»: debatir, discutir, componer, pactar, acordar). Espíritu que pone de acuerdo a gente que tiene puntos de vista distintos o modos de ser diferentes. A más lenguas, no vino, como en la primitiva Babel, más confusión, pues dice el libro de los Hechos que “cada uno los oía hablar en su propio idioma de las maravillas de Dios». Dios hacía posible “el milagro de entenderse” no sólo «a pesar de» sino «gracias a» las diferencias. Se estrenó así una nueva Babel, la pretendida de Dios, lejos de uniformidades malsanas, un mundo plural, pero acorde.

Yo, personalmente, -y creo que muchos ciudadanos- anhelamos ardientemente un nuevo Pentecostés, laico si se quiere, para esta España, nacida el 77 a la democracia, tras un esfuerzo improbo de todos los políticos por pactar y ponerse de acuerdo.
Necesitamos una bocanada de “Espíritu”, esto es, de viento fresco, que renueve nuestro panorama político, y que lleve a nuestros políticos a entenderse, sin por ello tener que dejar cada uno de hablar su propia lengua y defender sus propias convicciones.

“Yo me opongo, de qué se trata?”. Esta frase parece resumir el panorama político que atravesamos lamentablemente estos días tan trágicos con esta pandemia que ha condenado a la pobreza extrema a miles de familias.
Oposición antes de información. Responder al otro antes de escucharlo. Encasillamiento en vez de diálogo. División en lugar de concertación. Deseo de poder a toda costa, al precio incluso de tratar como enemigos a los que, en realidad, solo son adversarios, grupos políticos con ideas diferentes y con derecho a defenderlas libremente, eso sí, sin necesidad de mentir, ni insultar, ni denigrar y hablar mal del adversario, vergonzosa práctica que se ha vuelto común en el Parlamento.

Lamentablemente, en cierta clase política –que no toda- se ha instalado Babel, sinónimo, de confusión, de falta de entendimiento, de ausencia de pacto. Todo es bueno con tal de ridiculizar al adversario político, como si se tratase de sofistas que no buscan la verdad, sino sus propios intereses y los del partido. No, por aquí no vamos bien. Por aquí volvemos, si no estamos ya, a la “Torre de la confusión” o a la Babel mítica, pero no abrimos camino para la España que la inmensa mayoría de los ciudadanos desea para sus hijos.

Ojalá que llegue aire fresco –un golpe de “Espíritu” como en el relato bíblico- que renueve este panorama político del que muchos ciudadanos de a pie sentimos ya hastío, cansancio, vergüenza y hartazgo. Hace falta un nuevo Pentecostés que abra nuestro país al entendimiento mutuo y a ponerse cada uno en la piel del otro como hizo Luna, la voluntaria de la Cruz Roja, que no dudó en consolar a un hombre de raza negra que se abrazaba a ella devastado, o como el guardia civil, Juanfran, que rescató a un bebé en el mar, que estaba helado, frio y no gesticulaba, amarrado a la espalda de su madre que trataba de alcanzar la costa española.

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