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AVISO DE TEMPESTAD EN LA IGLESIA CATÓLICA

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Atrio

El barco cabecea. Icono de un catolicismo tradicional y resistente, la Iglesia de Polonia, atrapada por su pasado, se encuentra en plena crisis. Como la de España, a la que le cuesta adaptarse a la Europa laica y hace la guerra al Gobierno socialista. Como la de Italia, activa en todos los frentes –la bioética, los “pacs” (pactos de convivencia, alternativa al matrimonio homosexual), la eutanasia—en defensa de unas posturas hasta la intransigencia, que le condujo a rechazar el entierro religioso de Piergiorgio Welby, declaradamente cristiano, con parálisis progresiva y deshauciado, desconectado del respirador a petición suya. El país unánimemente condenó esta falta de caridad, algunos días después de las exequias religiosas… de Augusto Pinochet.

¿Y qué decir de Iglesias malparadas en Bélgica, en Holanda, en los países excomunistas (a excepción de Polonia) o paralizadas como en Irlanda o los Estados Unidos por los escándalos de sacerdotes pederastas? En este ambiente, casi se podría pensar que Francia sale adelante bien parada. Las relaciones del Estado con la Iglesia que se ha adaptado a la tradición laica, voluntariamente o a la fuerza, son buenas. Pero los franceses, que ya eran poco practicantes, se declaran cada vez menos católicos (Le Monde des religions, número de enero). Y es esta Iglesia debilitada la que corre el riesgo de verse afectada por el propósito de Roma de conceder nuevas facilidades a la misa en latín, considerada como una regresión por la gran mayoría de fieles. El decreto (”motu proprio”) del papa se retrasó por la presión de los obispos franceses, pero tras las crisis polaca, española, italiana, no se le ve capaz a Benedicto XVI de arriesgarse crearse de Francia un enemigo [A parte de intervenciones directas de muchos obispos para frenar el decreto sobre la contrarreforma litúrgica, la revista Temoignage Chretien publicó en noviembre pasado un Manifiesto que abrió un gran debate en la Iglesia de Francia. Nota de Atrio].
El barco da bandazos, en primer lugar, en Roma. La serie de descontroles ligados desde hace algunas semanas a la actuación del papa aboca al desorden. Se pone fin al estado de gracia del teólogo experto, que había sorprendido por su altura de miras y su humilde estilo. Y una duda se insinúa: si se aprecian las cualidades intelectuales y espirituales de Benedicto XVI, si no disminuye su popularidad –como se deduce por el número de visitantes de la plaza de San Pedro–, ¿no habrá sido sobrestimada su capacidad de hombre de gobierno, ya que las decisiones se retrasan, faltan propuestas con futuro, las decepciones se acumulan?
Seguramente es imprudente hacer una amalgama de polémicas de diferente naturaleza, pero su sucesiva aparición es la que crea la imagen de un papa poco preparado para su función, mal asistido, acumulando torpezas. Cada una tiene su génesis: la infravaloración del carácter difamatorio para los musulmanes del discurso de Ratisbona (Alemania) sobre la fe y la violencia; la voluntad de Benedicto XVI, respetuoso de la antigua tradición litúrgica, de terminar con el cisma lefebvrista haciendo concesiones sobre la misa en latín; la rigidez de una moral católica, en el asunto Welby, que prohíbe todo atentado a la vida, desde su principio (aborto) a su término (eutanasia); el desconocimiento, finalmente, de los detalles de los archivos polacos cuestionando sacerdotes comprometidos con los servicios políticos de su país en la época comunista.
En cada ocasión, la recuperación es espectacular, pero seguida de otro revés. Con el islam, se encontró una salida honorable de la crisis gracias a la visita del papa a la Mezquita Azul de Estambul, que selló la reconciliación pero indignó a los católicos sorprendidos de ver un papa rezando en un lugar musulmán.
La misma confusión tras la dimisión del efímero arzobispo de Varsovia: si algunos admiran la forma valiente con que el papa actuó, una vez convencido de que el obispo no había dicho toda la verdad, muchos se asombran de la falta de vigilancia del Vaticano, que lo había nombrado y sostenido hasta última hora. Y en Polonia, se alzan voces asombradas de que en España no se pidan también cuentas a los obispos y sacerdotes exfranquistas y en América Latina a los que colaboraron con las dictaduras en Argentina o Chile.
Brevemente, estos patinazos traducen un desasosiego inusual en la cumbre de la Iglesia. Y las críticas comienzan a estallar, apuntando a la aparente sumisión del papa a una Curia que no se renovó tanto como se había anunciado. Benedicto XVI hace pequeños retoques en su Gobierno, hace nombramientos para sentirse más seguro rodeado de sus antiguos colaboradores en el ex-Santo Oficio: Tarcisio Bertone, nuevo Secretario de Estado, Claudio Hummes (brasileño), nuevo prefecto del clero, Ivan Dias (indio), nuevo prefecto de la evangelización. Estos hombres tardan en adquirir peso en la antigua Curia de Juan Pablo II, que permanece dominada por los partidarios de una gestión ultraprudente.

UN CONTINUO APLAZAMIENTO

También es pertinente la crítica ante el retraso en la resolución de expedientes de extrema importancia como el de los divorciados-casados de nuevo. O el del uso del preservativo, para el cual se prometió atenuar la postura de la Iglesia, mientras que cardenales “de peso” (Danneels en Bruselas, Lustiger en París, Agrée en Abiyán) repiten, desde hace veinte años, que la prohibición no es ya defendible ante una tragedia absoluta como el SIDA. Retraso en el reglamento de relevos importantes como el del cardenal Ruini, vicario de Roma, que bloquea toda evolución de la Iglesia italiana, de la cual es el jefe; la del conservador cardenal colombiano López Trujillo, que dicta la postura romana sobre la ética sexual y la familia; la del cardenal Poupart, encargado del diálogo de las culturas y con el islam y que no había sido informado del discurso de Ratisbona.
La crítica aumenta, finalmente, ante la ausencia aparente de ambición mundial de un pontificado donde dominan el peso de Europa y la obsesión del papa alemán por la “muerte de Dios” y la “dictadura del relativismo”. ¿Qué se sabe de sus criterios sobre la relación entre la fe y las culturas alejadas, la cohabitación con el proselitismo de las Iglesias evangélicas en las metrópolis urbanas, la emergencia de India y China, la intensificación de los flujos migratorios de los países pobres?
Contrariamente a su antecesor, que, elegido a sus 58 años, supo sustraerse de la Curia para rastrillar los países del Sur, donde se juega el futuro de un cristianismo que cambió de color, Benedicto XVI, de 79 años, aún no ha salido de Europa. Se ha programado un viaje en mayo al Brasil. Una nueva página podrá abrirse, pero tendrá que tener presente que la “mundialización” de la acción, del pensamiento y de los desplazamientos de Juan Pablo II no impidió la extrema centralización de su Iglesia. Será retomando las inspiraciones del concilio Vaticano II –mayor autonomía de las Iglesias locales, Gobierno más colegial, reforma de la Curia y el papado, apertura ecuménica–, puestas en sordina bajo Juan Pablo II, como la Iglesia Católica podrá adaptarse a su tiempo y reencontrar su dimensión de universalidad.

Henry Tincq (LE MONDE | 16.01.07)

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