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Austeridad de vida y plan de educación -- José María Castillo, teólogo

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En 1988, por motivos que (a estas alturas) desconozco, me comunicaron desde Roma que quedaba destituido de mi cátedra en la Facultad de Teología de Granada. En 1989, asesinaron a seis jesuitas en la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador. Em 1990, respondiendo a la propuesta que me habían hecho los jesuitas centroamericanos, empecé a enseñar, como profesor invitado, en la UCA de San Salvador. En 1992, terminó la guerra civil de aquel país.

Poco después, con ayuda de unas monjas, las Apostólicas del Corazón de Jesús, y con la valiosa colaboración de una mujer excepcional, Margarita Orozco Fernández, empecé a trabajar con un grupo de campesinos y familias desplazadas por la guerra. Algunas mujeres de este grupo habían sido catequistas, en la parroquia de El Paisnal, donde el jesuita Rutilio Grande ejerció de párroco hasta que, en 1977, fue acribillado a tiros por los sicarios de los terratenientes de la zona. Por aquel entonces, El Salvador (todo el país) era propiedad de 12 familias, que actuaban como dueños de vidas y haciendas.

Rutilio no era comunista. Era un hombre tímido, que rezaba mucho y leía mucho el Evangelio. Además, era muy amigo del arzobispo de San Salvador. Mons. Romero. La muerte de Rutilio fue lo que le dio un giro nuevo a la vida de Romero, que, en 1980, fue también asesinado por agentes del partido ARENA, de extrema derecha.

Del grupo que Margarita y yo conocimos en los primeros años 90, ahora siguen unidas 42 familias, algo más de 150 personas. Viven en una zona solitaria y apartada, bosque adentro, a unos cinco kms de El Paisnal y a más de 50 kms de la capital. Cuando les conocimos vivían en condiciones de extrema precariedad. Cultivaban huertos de maíz y frijoles, base de la alimentación. Muchos de ellos no tenían casas y ningún otro tipo de equipamiento doméstico.

Pero enseguida nos dimos cuenta de que muchos de ellos eran personas de notable calidad humana. Y todos unidos formaban un grupo compacto, caracterizado por una especie de «mística comunitaria». Esta suerte de mística se traduce en dos convicciones capitales: la austeridad de vida y la preocupación por la educación de sus hijos. En etas convicciones se mantienen y son la fuente de su progreso.

El hecho es que, desde que colaboramos con esta «Comunidad de Desarrollo Vecinal» (según la nomenclatura legal de aquel país), con el esfuerzo de ellos y nuestra ayuda, ahora todos tienen casa, con agua corriente y electricidad. Han construido una guardería, una escuela, un comedor y su cocina. Los niños que dejan la educación básica van a continuar sus estudios en el instituto de El Paisnal. Y después, los que son capaces, van a la Universidad Nacional de San Salvador. El próximo año, esperamos que pasarán a la Universidad más de diez jóvenes.

Además, con la indispensable ayuda de la Universidad de Granada, se les ha construido un Centro de Capacitación Informática, donde todas las tardes tienen varias horas de clase, en la sala de ordenadores. Clases a las que acuden personas, no sólo de la comunidad, sino de los cantones vecinales. Así, son muchos los que ya han encontrado un trabajo más promocionado en distintas ciudades del país. Es de destacar la organización comunitaria que mantienen: cada año eligen a una junta de gobierno, que controla los gatos y da cuenta a la comunidad de cuanto se compra o se gasta y que interesa a todos.

Impresiona la corriente de humanidad que une a estas personas: atención a enfermos y ancianos, la enseñanza religiosa que les dan a los niños y por medio de la que transmiten su mística de austeridad de vida y de empeño por la educación. Para 2011, tenemos que matricular a 49 niños. Y no podemos dejar de seguir cerca de ellos. Por el futuro de los pequeños y jóvenes, por la unidad de aquellas familias, por lo mucho que se merece aquel sufrido país. Y también por nuestro propio bien, ya que ellos nos humanizan con su enorme humanidad.

Me he permitido contar estos hechos porque, más que las ideas, los hechos son la mejor teología. La «teología narrativa». Eso es lo que hicieron los evangelios. Y hoy, la austeridad de vida y la educación de las nuevas generaciones son el gran reto que nos espera.

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