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ATILA ERA UN TURISTA. Araceli Caballero

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Hace sólo unas décadas, hacer turismo era un raro privilegio, pero las cosas han cambiado mucho últimamente. En estas alegrías viajeras han influido, sobre todo, los avances en materia de transportes y la extensión del «estado del bienestar», lo que explica que las posibilidades siguen alcanzando a una minoría: según la Organización Mundial de Turismo (OMT), sólo de un 3 al 5 % de la población mundial puede realizar un viaje al extranjero. La alegre cara del turismo esconde realidades más complejas que reclama comportamientos responsables.

El turismo ha sido presentado tradicionalmente como un eficiente motor del desarrollo económico, pero, incluso prescindiendo del poco prescindible dato de que prácticamente la mitad de las divisas por turismo termina regresando a los países de origen de los viajeros o de las empresas turísticas, a este maná le pasa, por un lado, como al bíblico, que no dura para mañana; por otro, lo contrario: no se reparte equitativamente: la OMT señala que el 80% de los pobres –menos de 1€ al día- viven en 12 países, en 11 de los cuales el turismo es la principal fuente de riqueza.

«Esto no tiene precio» exclama el turista ante las bellezas de los exóticos destinos. Pero tienen precio, y bastante alto. Suelen cobrarlo unos cuantos consorcios transnacionales (algunos españoles de origen) en cuyas manos está el negocio turístico completo: desde que el aspirante a turista franquea la puerta de la agencia hasta que regresa a casa cargado de fotos y recuerdos.

El empleo que genera suele ser estacional, inestable, poco cualificado y en deplorables condiciones. La discriminación, el acoso sexual y la prostitución de mujeres y niños son algo cotidiano. Las mujeres reciben un salario del 20% al 30% menor que el de los hombres en posiciones similares.

Según la OIT, entre 13 y 19 millones de menores de 18 años trabajan en el sector del turismo; incluso quienes no trabajan bajo condiciones de explotación, relegan su educación escolar o se ven obligados a interrumpirla. Con frecuencia deben realizar trabajos duros y peligrosos a cambio de un salario bajo o casi nulo y muy pocas veces tienen la oportunidad de acceder a una formación vocacional.

Una de las más infames formas de explotación de niños y jóvenes es la explotación sexual. UNICEF calcula que, año tras año, un millón de niños y jóvenes se convierten en víctimas de este tipo de explotación.
Se mejoran infraestructuras, pero según las prioridades del turismo, no de la población.

Los impactos ambientales

Son de orden global y local. Los primeros proceden sobre todo del derroche energético que los viajes turísticos suponen: el turismo consume casi la mitad de los 130 millones de toneladas de combustible para aviones que se utilizan a escala mundial con fines civiles. (Las tasas que fija el Protocolo de Kioto, curiosamente, no incluyen las emisiones de la aviación civil).

En cuanto a los impactos locales, lo primero que llama la atención es que deteriora aquello que en gran medida lo motiva: el paisaje, y para ver esto, basta con darse una vuelta por el litoral mediterráneo español, o no cerrar los ojos a los anuncios que nos invaden: urbanización de zonas naturales, sobreutilización del recurso agua, problemas relacionados con el tratamiento de las basuras, contaminación del agua por los residuos líquidos, cambios en el paisaje para favorecer actividades de ocio como el golf o el esquí, etc.

En países del Sur, debido al desmesurado consumo de recursos por parte de los turistas, que pretendemos llevar en la mochila nuestras comodidades cotidianas, la población tiene que soportar otras restricciones en sus medios de subsistencia, sin poder defenderse o ser indemnizados por ello.

Estos procesos son aún más graves en países donde las normativas medioambientales son más permisivas para favorecer la industria turística.

Suele decirse que el turismo puede tener beneficios positivos al permitir la interrelación entre culturas diferentes. No obstante, los impactos socioculturales también tienen su cruz. La tendencia a acelerar los cambios, además de destruir elementos culturales importantes, a veces impide una evolución que responda a las necesidades y deseos de las poblaciones anfitrionas. Y, desde el punto de vista cultural, suele darse un fenómeno claro: convertir la cultura en mercancía privando muchas manifestaciones de su significado, en un proceso de prostitución: danzas rituales con un papel determinado en la vida de la comunidad representadas para amenizar sobremesas en hoteles de lujo, objetos de artesanía que pierden su valor de uso para convertirse en mercancía, en «Rdo. de…», etc.

Cómo viajar sin invadir

¿Tendremos que volver a los tiempos en que el turismo era un lujo aún más elitista? No, pero, como en otros terrenos, no es posible vivir sin tener en cuenta que somos muchos y que somos iguales en derechos. Como reivindicaban Ecologistas en Acción, «Sí al turismo, pero no a cualquier coste: no todo está en venta».

No se trata de culpabilizar al viajero, en beneficio de las grandes empresas, que son quienes sacan mayor tajada, sino de asumir las propias responsabilidades, mirando, para empezar, con qué empresas organizamos las vacaciones.

La OMT ha elaborado un Código Ético Mundial para el Turismo, uno de cuyos objetivos es ayudar a quienes quieren ser turistas y viajeros responsables, algunos de cuyos puntos son estos:
1. Sea tolerante y respete la diversidad; observe las tradiciones y las prácticas sociales y culturales del lugar.
2. Respete los derechos humanos. Cualquier forma de explotación vulnera los objetivos fundamentales del turismo.
3. Ayude a conservar el entorno natural. No compre productos elaborados a partir de plantas o animales en peligro.
4. Respete los recursos culturales.
5. Su viaje puede contribuir al desarrollo económico y social. Compre artesanía y productos locales. Cuando regatee, tenga presente el concepto de salario justo.
6. Antes de salir de viaje, infórmese sobre la situación sanitaria efectiva de su destino.
7. Reúna toda la información posible sobre su destino, y dedique tiempo a entender sus costumbres, normas y tradiciones.

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