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Artículo de los religiosos palestinos Munther Isaac (pastor luterano) y Jamal Khader (sacerdote católico) -- María Landi

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María LandiFuente: Palestina en mi corazón
La política israelí de anexión de Cisjordania, alimentada por el “plan de paz” de la administración Trump, puede complacer a los evangélicos extremistas, pero es un golpe mortal para el futuro del cristianismo en Tierra Santa.
Mientras el mundo está ocupado luchando contra el COVID-19, los partidos políticos israelíes han llegado a un acuerdo de coalición gubernamental. Benjamin Netanyahu ha logrado poner sobre la mesa la anexión del territorio palestino ocupado, estableciendo un marco temporal provisional: menos de dos meses a partir de ahora. Israel puede agradecerle al plan de Trump por su confianza para impulsar la anexión con tanta fuerza y rapidez.

Ha habido muchas explicaciones de por qué la “visión” de Trump para Medio Oriente no cumple ni siquiera los requisitos más básicos para una paz justa y duradera. Pero pocos comentaristas han analizado cómo el plan de Trump afecta en particular el futuro de las y los cristianos palestinos, y cómo los planes de anexión de Israel afectarían la vida cristiana en Palestina.

Seamos claros: la implementación del plan de Trump tendría consecuencias catastróficas para las perspectivas de una solución política entre ambos pueblos, y en particular para el cumplimiento de los derechos del pueblo palestino, incluyendo sus comunidades cristianas.
Los principios básicos del plan de EE.UU. contradicen la posición oficial de los jefes de las iglesias de Jerusalén. En respuesta a la publicación del plan, los representantes de las iglesias cristianas, que tienen su sede aquí en Tierra Santa −y no en Washington D.C.− afirmaron “nuestra firme devoción por lograr una paz justa y completa en Oriente Medio, basada en la legalidad internacional y las resoluciones pertinentes de las Naciones Unidas, de manera que se garantice la seguridad, la paz, la libertad y la dignidad de todos los pueblos de la región.”

A pesar de los intereses partidistas nacionales −tanto del Sr. Trump como del Sr. Netanyahu− que enmarcan a Israel y Palestina como un conflicto religioso entre la tradición judeocristiana por un lado y el Islam por otro, esa no es la realidad que vivimos como cristianos/as palestinos/as.

No obstante las referencias a la importancia de la Tierra Santa para los cristianos y cristianas de todo el mundo, las comunidades cristianas palestinas autóctonas apenas son visibles para los arquitectos del plan, y aparecen mínimamente en el documento. A los redactores del plan de Trump parece perturbarles ideológicamente el hecho de que las personas cristianas palestinas son parte inseparable del pueblo de Palestina.

La visión del plan para Jerusalén contempla únicamente la hegemonía israelí, con palabrería vacía sobre la peregrinación musulmana. La población palestina cristiana no existe. El lenguaje condescendiente de los artífices del plan establece que los musulmanes que “se porten bien” pueden visitar Jerusalén; pero no menciona a los cristianos y cristianas árabes, como si no tuviéramos nada que ver con Jerusalén.
Este plan transforma a Tierra Santa en un ‘país de hadas sionista’ para el disfrute de judíos y evangélicos extremistas, mientras la población cristiana local permanece subyugada bajo la coacción de Israel. De hecho, el plan mantiene una cruel y artificial separación entre dos ciudades con lugares cristianos clave: Belén y Jerusalén.

Una mirada detallada al mapa del plan muestra que a Belén no se le asigna tierra para su crecimiento natural. Pero se da luz verde a Israel para anexar antiguos sitios sagrados y otros lugares vitales para la comunidad cristiana palestina, como el Monasterio de Cremisán y el Valle de Majrur. Muchas familias palestinas e integrantes de la Iglesia perderán la tierra en la que han vivido y cultivado durante generaciones. Es un golpe mortal para mantener una presencia cristiana dinámica en el lugar del nacimiento de Jesús.

Otro aspecto significativo es el control de Israel sobre el registro de población. Miles de personas cristianas palestinas no pueden regresar a su tierra natal debido a las políticas de Israel. Ya hay un creciente número de familias dolorosamente divididas entre Jerusalén y otras ciudades a pocos kilómetros de distancia, como Belén o Ramala[1].

Nuestras iglesias reciben continuamente pedidos de ayuda en casos que requieren unificación familiar, o de personas palestinas de la diáspora que quieren visitar a sus familias y rezar en sus lugares sagrados. Israel rechaza regularmente tales peticiones, en muchos casos citando “razones de seguridad” que ninguna democracia verdadera consideraría como tales.
Ignorar el Derecho Internacional y las reglas básicas de la diplomacia no es una solución “realista” al conflicto ni hace posible la paz. Más bien profundiza las raíces de la opresión y la negación de derechos, asegurando que Palestina, su tierra y su pueblo, permanezcan perpetuamente bajo el control de Israel.

El establecimiento de la paz es una bendición de Dios; la opresión es un pecado. Sin embargo, varios funcionarios de Estados Unidos están haciendo un mal uso de la Sagrada Biblia para justificar las políticas de colonización y anexión de los territorios ocupados, que es un crimen según el Derecho Internacional. Las personas de todo el mundo que creen en la justicia deben decir “¡Basta!” y actuar en consecuencia.

Hay suficiente espacio para que Jerusalén sea una ciudad abierta, albergando dos capitales y respetando las profundas conexiones que las tres religiones monoteístas tienen con ella. La ilusión de que en su lugar Abu Dis o Kufr Aqab podría convertirse de alguna manera en la capital de Palestina muestra o bien la ignorancia sobre nuestra conexión con la ciudad, o simplemente el desprecio absoluto hacia los derechos del pueblo palestino, tanto cristiano como musulmán.

Los actuales esfuerzos de Israel por anexar Cisjordania implementando el plan de Trump consolidarán un status quo que es totalmente perjudicial para el futuro del cristianismo en Tierra Santa.
Como cristianos, oramos y hacemos un llamamiento a todas las personas que se preocupan por la igualdad, la libertad y la paz justa y duradera, a que se unan para honrar los derechos inalienables de todas las personas, incluyendo el pueblo de Palestina.

[1] La política israelí de fragmentar a la población palestina mediante diferentes documentos de identidad que restringen su libertad de movimiento hace que sea imposible a cónyuges con diferente documento (de Jerusalén y de Cisjordania, o más aún de Cisjordania e Israel) vivir bajo el mismo techo con su familia. (N. de la T.).

*El Padre Jamal Khader es Director para los Colegios del Patriarcado Latino en Palestina y párroco católico de Ramala. Anteriormente fue Rector del Seminario católico y Decano de Artes de la Universidad de Belén. El Rev. Munther Isaac es teólogo, Decano Académico del Colegio Bíblico de Belén y pastor de la Iglesia Evangélica Luterana en Belén y Beit Sahour. Ambos son integrantes del movimiento Kairós Palestina.
Publicado el 6/5/20 en Haaretz. Traducción: María Landi.

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