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Argentina: Curas que dejan, hombres que siguen -- Susana Ceballos

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Moceop

Según el Anuario Pontificio en la Argentina hay 5648 sacerdotes. Se calcula que en los últimos 20 años, 1100 dejaron el ministerio.
¿Por qué, después de como mínimo seis años de formación, abandonan? ¿Dejan sólo cuando se enamoran o existen razones que nada tienen que ver con el celibato?¿Cómo es pasar de ser ‘padre’ a ‘papá’?
Un chiste interno entre los católicos asegura que nadie conoce “cuánto saben los jesuitas, cuántos son los franciscanos y cuánta plata tiene el Vaticano”.

Se podría agregar que tampoco se sabe cuántos curas son ex. “Según la Iglesia la persona que fue ordenada sacerdote nunca deja de serlo pero puede perder, por diversos motivos, el estado clerical. Si desea contraer matrimonio, dentro de las reglas eclesiásticas, necesita una dispensa del Papa.

Aparentemente desde este año ese trámite administrativo podrá ser gestionado por otro organismo del Vaticano: la Congregación para el Clero”, explica el teólogo Ezequiel Silva. El trámite dura años. Si se otorga, el ex sacerdote podrá casarse por iglesia pero en una ceremonia “realizada con cautela y sin pompa”. No podrá predicar ni leer las lecturas bíblicas en las misas salvo que el obispo lo autorice. Tampoco, trabajar en seminarios o ejercer funciones directivas en el ámbito pastoral, ni administrar bienes parroquiales.

Cuando se van lo hacen sin casa, dinero, trabajo ni aportes jubilatorios. La inserción laboral es difícil, sólo cuentan con estudios teológicos y experiencia pastoral. “Un amigo me confesó que no abandonaba porque lo único que sabía era ser cura ¿De qué iba a trabajar”, pregunta Rubén Dri, que dejó el sacerdocio en 1976.

Contrario a lo que se cree no todos se van cuando se enamoran de una mujer muchos se desenamoran… de la Iglesia. En 1983, Nelson Valenti tenía 21 años, un noviazgo desde la secundaria y algunos valores muy claros sobre la verdad y la libertad. Pero se despidió de su novia, de sus estudios de Arquitectura en la UBA y entró al seminario de Morón. “No fue misticismo sino un profundo deseo de transformar algo y de sentir que todos necesitaban de Dios”. A los 26 años era sacerdote; tres años después, no. “Ex curas y divorciados comparten algo –afirma-. Tu ex se queda con la casa y la Iglesia con tus ilusiones e ideales”.

Valenti recuerda que en plena hiperinflación, mientras sus compañeros luchaban por llenar las ollas populares, un obispo lo invitó a pasear por Europa. “No era por fines pastorales –aclara-. Me negué y le pareció ‘escandaloso’. Nunca entendió qué significaba ese concepto para ciertos miembros del clero. “Me gusta cantar y solía hacerlo con una monja en festivales religiosos populares. Me lo prohibieron porque ‘no quedaba bien’. Pero andar por Europa mientras la gente pasaba hambre no quedaba mal. Mirar a una mujer era escandaloso, ignorar a un pobre no”.

Harto de hipocresías volvió a la casa de sus padres. “Los primeros tiempos fueron duros. Se te achica el mundo… sin comunidad, sin actividades. Para muchos sólo eras el padre Nelson y al dejar, no existís, sos un traidor. La vida me cruzó con algunas personas que se confesaban conmigo. ¿Creerán que contaré sus pecados?”, se pregunta riendo.

Recuerda que necesitó un tiempo para serenarse y reacomodarse. En los clasificados encontró un primer trabajo de vendedor publicitario. Con 30 años vivió su debut sexual con “libertad y tranquilidad” y entró en una etapa de descubrimiento “muy movida”. Se recibió de locutor y de licenciado en Ciencias Sociales. Se enamoró de una mujer divorciada y se casó con ella.

Después de 14 años de matrimonio, se separó. Tiene un hijo, Agustín, el centro de sus preocupaciones y alegrías. “Como cura nunca sentí que me faltaba un hijo, era el padre de todos. Pero descubrí que uno propio es el apogeo de la paternidad. Me apasiona charlar con él sobre la justicia, la solidaridad y generarle a la vez una libertad genuina, sin prejuicios, que le permita tomar vuelo y hacer su propia historia”. No le molestaría si en el futuro quiere ser cura: “si lo hace bien y es tremendamente feliz”, aclara.

Aunque se desencantó de la institución, no perdió sus ideales ni abandonó su fe. Su hijo asiste a un colegio religioso; él va a misa, reza y en su biblioteca convive la Biblia con La acumulación del capital de Rosa Luxemburgo. Aclara que está a favor del celibato optativo porque “es una consecuencia del compromiso sacerdotal”.

Afirma que está “orgulloso de haber sido cura. La Iglesia que fundó Jesús no es para una minoría perfecta, elegida o selecta. Es para los que buscan y se equivocan por eso la forman muchas más personas que los que algunos católicos creen”. Está convencido que “mañana será mejor”. Por eso se hizo cura y por eso, también, abandonó

SOLEDAD SOBRE RUINAS

Cuando el padre Guillermo Schefer se rompió una pierna no sabía que parte de su vida también se quebraba. Obligado a hacer reposo y con escasas visitas de la comunidad sacerdotal, descubrió que estaba solo. “Uno empieza a hacer agua. En el seminario tenés la contención de compañeros y formadores pero cuando salís te encontrás con un ‘arreglátela como puedas’”, cuenta. Recién ordenado en el año ‘92, fue asignado a una parroquia en el parque San Martín de Merlo. “Ahí ves las primeras diferencias. Los que están en las iglesias céntricas no pasan apuros económicos y los de las periféricas, sí. No existe una estructura solidaria que compense las carencias”. Pidió permiso para estudiar Psicología Social y se lo negaron. Poco a poco comenzó a madurar la decisión de dejar el sacerdocio y así lo hizo.

“No me fui de un día para otro –recuerda- armé una reunión para despedirme de la gente”. Un amigo le prestó una casita en Marcos Paz donde se mudó. “Yo trabajaba de capellán en la cárcel de jóvenes de la zona. El Servicio Penitenciario valoró mi tarea y formación y me ofreció seguir en otra función. Acepté enseguida.”, asegura. Cuando contó que ya no era cura, un compañero le dijo “ahora dejás de ser Gardel para ser un simple cantor”. Reconoce que encontrar un trabajo es fundamental: “Conozco compañeros empleados en una cabina de peaje o playeros. El trabajo es un integrador social y si no hacés algo que te gusta terminás deprimido”.

Mientras su vida se reacomodaba descubrió que estaba enamorado de Natalia, una catequista que había colaborado en su parroquia. Convencidos de su amor se casaron por civil y recién ahí se fueron a vivir juntos. “Nadie que nos conocía se escandalizó. Yo me perseguía un poco, pero él nunca mostró dudas con su decisión. La relación fluía, jamás sentí que competía con Dios”, cuenta Natalia. Guillermo también asegura: “como no tuve una formación represiva, la intimidad se dio en forma natural aunque a una edad en que otros ya están de vuelta”.

Luján y Guillermina, sus hijas de 7 y 3 años, juegan en el patio. “Cuando era sacerdote en el día del padre me felicitaban y me sentía raro por serlo sin haber engendrado, pero –confiesa- me gustaba que me lo desearan. Hoy gozo con sus voces. Con Natalia descubrí el amor incondicional y con mis hijas una dimensión nueva y plena del amor”.

La familia Schefer no perdió la fe. Las nenas están bautizadas, rezan juntos y la imagen de la Virgen de Luján les da la bienvenida a los que entran a su casa. El matrimonio integra el movimiento Verdad y Libertad, un centro que brinda apoyo a los sacerdotes casados y hace suyas las palabras de Jerónimo Podestá, el obispo que dejó todo por el amor de una mujer: “No estamos dejando la Iglesia, nos estamos acercando a la comunidad”.

CON Y NO POR

Juan Gutierrez nació en 1953 en un hogar de clase alta de Recoleta. De joven participó en grupos conservadores, cursó Filosofía en la UCA. Convencido de que los sacerdotes eran una “casta elegida”, en 1976 entró al seminario de Buenos Aires. Ahí conoció los documentos de la Iglesia que predicaban una abierta opción por los pobres y pasó de ser un crítico del movimiento de sacerdotes villeros a convertirse en uno de ellos.

Su primer destino fue la iglesia de San Cayetano en Liniers. Después trabajó diez años en varias villas de la Capital. “En esa época no podría haber tenido familia porque eran tantas las urgencias de la gente que no quedaba tiempo para mí. Era célibe a la fuerza”, rememora sonriendo y sigue: un cardenal me dijo que lo mío era fácil porque la gente venía sola a la capilla. Para él eso era evangelizar, no importaba la injusticia social”. Juan comenzó a sentir una gran orfandad.

A los curas villeros se los toleraba, pero no se los acompañaba. Ante las amenazas de narcotraficantes y policías, la jerarquía, -lejos de apoyarlo- lo acusaba de “rojo” o lo criticaba por “meterse en política”. Harto de pelearla en soledad le comunicó al cardenal Jorge Bergoglio, quien recién había asumido, que se iba. Bergoglio le expresó una gran admiración por su trabajo, le conservó el sueldo que recibía por su labor en el barrio pero no le ofreció trabajo ni intentó convencerlo para que se quedara. En una misa, Gutierrez le contó las razones de su decisión a la gente: lo aplaudieron de pie.

Sus padres lo volvieron a recibir en su casa. “Es que el celibato no resiste a la razón”, comentó su papá. Un amigo le consiguió un puesto vendiendo vinos. En ese momento estaba con una compañera. “Me fui con ella, pero no por ella”, aclara, pero la relación no siguió. En el ‘97 conoció a Rosmie, su esposa. Con ella fue papá de María Guadalupe y Juan Cruz y además crió a Lucas y Marcos, dos chicos adoptados por su suegra. Sus hijos van a un colegio católico pero “muy abierto” y aunque no les inculcó ritos asegura que tienen una cuestión natural religiosa.

Sigue trabajando en lo social, en el ministerio de Desarrollo: “es mi vocación perenne”, justifica. Cuenta: “cuando nacieron los chicos sentí un nuevo nacimiento en mi vida, un motivo esencial por el cual vivir, otra etapa del plan divino, pero que ya estaba escrito en el libro de la vida. Descubrí el amor incondicional y la limitación de no saber cómo darles lo mejor, o de no ser buen papá; el deseo de que no les pase nada malo y que sean buenas personas. ”

Afirma que no se arrepiente de lo vivido y recorrido. Reza, mantiene su fe y una postura pesimista con la Iglesia. “La hipocresía y la culpabilidad van a subsistir muchos años”, vaticina. Y no evita la risa cuando reconoce “sin menospreciarme, era más atractivo siendo cura”.

UN AMOR

Hernán Ingelmo se crió en Neuquén donde las visitas de don Jaime de Nevares “una especie de tío abuelo”, a su casa eran frecuentes. Su marca, la influencia educativa y familiar fueron decisivas para cortar con su novia, abandonar Bioquímica y entrar al seminario. “Me impulsaba un gran deseo de búsqueda, de heroísmo, de querer apostar fuerte por la vida”, asegura. Se ordenó a los 25 años y lo asignaron responsable de un sector periférico.

Era la década del ‘90, la desocupación hacia estragos y los curas no dudaban en protestar con la gente de los barrios. En enero de 2003 viajó a España a realizar una tesis y conoció a Alejandra, una cordobesa que venía de una maestría en Chiapas. El flechazo fue inmediato. Volvió a sus pagos y planteó la situación. “Por suerte tuve un obispo gaucho, amigos de fierro y una comunidad acogedora. Comencé un proceso de discernimiento acompañado por una psicóloga con el apoyo del obispo. Elegí estar con Alejandra.” Recuerda y grafica: “Soy cura para siempre pero, al estar casado, no puedo ejercer en esta Iglesia. Diríamos que me ‘quitaron la matrícula’.

Hernán trabajó en el estudio jurídico de su padre y luego en el ámbito municipal, en Desarrollo Social para “seguir sirviendo a la gente”. Su casa la construyó en un terreno que le regaló un amigo con los planos que le hizo una vecina. “Los que te quieren como sos y no por lo que tenés o podés dar, esos están al pie siempre. Obvio que los que tenían expectativas de que seas un cura casto o un obispo ilustre se vieron defraudados.” No obstante reconoce: “es un ‘desacelere’ fuerte dejar de ser un referente de la comunidad”.

Hernán y Alejandra son papás de Tiago, quien pronto tendrá un hermano y, aunque la mamá no es una militante católica, su hijo está bautizado. Hernán cree que “si se vive bien el celibato es una institución muy buena, de lo contrario te transforma en un ser huraño y misógino”. Como papá dice que “alguna vez escuché que los consagrados ‘no son personas completas’ porque no se casan ni tienen hijos. No comparto esa idea. Ser papá no me “completa”. Sí me da una experiencia diferente, nueva y sensacional. Es una oportunidad más de de aprender, de desarrollar otras capacidades afectivas, de llamar a Dios Papá”.

Una bienaventuranza evangélica asegura: “Felices los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios”. Los católicos creen que la Iglesia es Madre. Si es así más, de uno debe preguntarse por qué será que tantos hijos prefieren abandonarla…

PATEAR EL TABLERO

Cuando en 1990 Wenceslao Maldonado decidió dejar el sacerdocio la noticia cayó como una bomba entre sus compañeros de la congregación salesiana. “Wences”, como lo llamaban, tenía una carrera eclesiástica brillante. En 1982, con apenas 42 años fue nombrado provincial de Buenos Aires, Santa Cruz y Tierra del Fuego con 200 religiosos bajo su mando. Además fue elegido presidente de la CAR (Conferencia Argentina de Religiosos) y se enfrentó con el cardenal Raúl Primatesta por unos subsidios otorgados por el gobierno militar para la formación de seminaristas. Según Maldonado, “parecían ser el pago del silencio de los obispos”.

En medio de una actividad constante, Wenceslao comenzó a notar un gran aislamiento afectivo: “Rezaba, comía, cumplía con una agenda cargada pero no tenía pares con quien charlar. Necesitaba escribir, llenar mi vocación por la literatura, pero no había tiempo”. En 1987 cesó como provincial, se preguntó quién era y la respuesta fue “no soy cura”. “Escribí una carta con los motivos por los que dejaba: no aceptaba el poder absoluto de la Iglesia, no creía en Jesús como Mesías, me sentía solo y, por último, mis ideales artísticos estaban descuidados y negados por un aparato que nos transformaba en víctimas de una estructura ajena”.

Un superior le ofreció buscarle lugar en una clínica de “restablecimiento vocacional”, pero la decisión era inamovible. No fue fácil. “La pasé mal. Me fui sin un mango, casa ni trabajo. Los primeros días sólo comí unas galletitas con miel”, recuerda. Con 49 años y un título docente en Letras no conseguía trabajo. En las escuelas católicas no lo aceptaban y para las estatales no reunía el puntaje suficiente. Consiguió unas horas de clase de latín hasta que un exalumno le ofreció trabajo como pedagogo clínico en Sicilia y se marchó.

Pero al rompecabezas de su vida, todavía le faltaba una pieza. En Italia conoció a una mujer, pero la relación no prosperó y se preguntó por qué. Poco a poco dejó de lado la educación recibida, los prejuicios religiosos y morales y se definió: “soy homosexual”.

Hoy no está en pareja. “Soy un solitario empedernido”, afirma. Vive austeramente, publica libros de poemas “que todos felicitan pero pocos compran”. Asegura que no se arrepiente de nada de lo que hizo, pero que a veces extraña el contacto con la gente que permite el sacerdocio y cierta poesía de los rituales. Dice que ser coherente no es fácil, pero que es el único modo de no volverse neurótico o amargado. Maldonado afirma que está conforme con sus elecciones y también con sus rectificaciones. No es poco.

UN HOMBRE SABIO

Si algo saben muchos ex curas es que todo tiempo pasado fue… peor. Hace una décadas si un sacerdote dejaba el ministerio era un escándalo que se debía ocultar, incluso si sólo eran seminaristas. Rubén Dri cumplió 80 años y hace 33 que no celebra misa. “En mi época nadie te informaba cuando un compañero abandonaba, nos enterábamos por rumores. Mucho menos se nos permitía mantener la amistad. A la familia la podíamos visitar sólo cada dos años”, recuerda.

Con apenas 12 años Dri decidió que quería ser cura. “Mi madre era muy religiosa. Además yo quería estudiar y en el pueblo donde vivía –Colonia Bizcocho, en Entre Ríos- era imposible”, relata. Durante sus estudios descubrió que le gustaba la docencia y hablar de política. Lo primero estaba bien visto, lo segundo se lo prohibieron. Ya de cura se instaló en Resistencia, donde fundó el colegio Mayor Universitario que con el tiempo se convirtió en un centro cultural y político y él en uno de los referentes del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.

En 1971 fue secuestrado y encarcelado. Pero los tiempos que venían serían más oscuros. Estuvo clandestino dos años y aunque se negaba a irse, en 1976 tuvo que exiliarse. En México consiguió trabajo docente en un instituto católico “Cuando les dije que era ‘ex cura y marxista’, me contestaron ‘nos viene bien otra línea de pensamiento’. Siempre fui conciente de no vivir del sacerdocio y tener un trabajo. Por eso estudié Filosofía y Ciencias de la Educación.

La docencia fue vital” cuenta y remarca: “muchos curas no dejan porque no saben hacer otra cosa y precisan una estructura que los sostenga. A veces es más fácil encontrar una compañera que trabajo” En el exilio comenzó a hacer terapia y se enamoró de una mujer con la que vivió 11 años y de la que se separó. No tuvo hijos y desde hace años convive con otra compañera. El sacerdocio lo dejó cuando “Comprendí que mi proyecto cristiano confrontaba con la Iglesia. El Evangelio exige estar con el pueblo y los pobres y la Iglesia jerárquica está en el lugar opuesto”.

Cuenta que jamás pidió la dispensa porque él decide sobre su vida y no Roma” y asegura que no extraña nada de la vida pastoral pero sí los años 60, los 70 “cuando había proyectos y se creía que el país podía cambiar”. Hoy su agenda está repleta de cursos universitarios y seminarios. Dri se expresa con la claridad de los grandes maestros y la serenidad de los grandes hombres. No da cátedra, enseña vida.

Columna de Opinión (es textual)

Monseñor Marcelo Melani, obispo de Neuquén

En estos siete años de mi permanencia en Neuquén he tenido el dolor de escuchar de cuatro sacerdotes que no sentían seguir con su vocación o con el celibato. Lógicamente, como pienso que le sucede a todos los Obispos, la relación que se instaura después de esta decisión responde a lo que anteriormente ya existía entre el Obispo y el Sacerdote.

Con algunos de ellos tengo una buena relación, con otros no ha sido posible y ciertamente parte de la culpa ha sido mía por no haber alcanzado a ser buen padre con ellos y no haberlos acompañados con una mayor cercanía aún si la otra parte no manifestaba abiertamente interés.

Las relaciones humanas nunca son fáciles y menos cuando una parte tiene una autoridad que desempeñar y la otra se puede sentir olvidada y menospreciada. Me parece que la dificultad se acrecienta porque en nuestra sociedad actual la figura del padre está perdiendo mucho de su valor y los jóvenes quieren encontrar amigos y no tanto padres. Así, también en la Iglesia, se dá esa contraposición: de un Obispo que quiere ser «padre» (porque así se lo pide su ministerio) y de sacerdotes jóvenes que buscan más bien un «amigo». Los cambios que se dan han sido y son muy rápidos y precisan algo de tiempo para poderlos afrontar y comprender.

Ciertamente es norma de la Iglesia tratar a todos como hermanos y buscar de ayudar a cuantos piensan que no pueden continuar con los compromisos asumidos. Estoy seguro que el Señor nos concederá poder tener un corazón de padre que sepa vivir este momento y acompañar los procesos que se dan en la vida de los sacerdotes que El, por medio de la Iglesia, nos confía.

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Nota de la autora del texto:

Finalmente y luego de varias postergaciones saldrá la nota en Viva. La entregué el 17 de julio, pero fueron posponiendo su publicación. Aparentemente saldrà en la edición del domingo 30 de agosto o en la siguiente del 6 de septiembre. Les adjunto el original que entregué, espero que al pasar por edición no lo corten o modifiquen mucho. En ese aspecto yo no puedo decir ni decidir lo que sale finalmente publicado. Les cuento que después de 15 años me desvinculé del grupo Clarín. Necesitaba tiempo y «tiempo no apurado» como canta la Walsh, para estar con mi familia. Escuchar las historias de ustedes me ayudó a romper con mi propia estructura, no eclesial, pero sí laboral. Pierdo en seguridad económica y gano en libertad ¿les resulta conocido? Mi nuevo mail es sceballos@hotmail.com Abrazos a todos y vuelvo a agradecerles la predisposición para la nota.

Susana Ceballos: sceballos@agea.com.ar

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