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APARECIDA, ¿FIN O REAFIRMACIÓN DE LA INVOLUCION ECLESIAL?(II) Ángel García Zamorano (Guatemala)

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Eclesalia.

Aparecida1.jpg2. El Documento de participación
El poco interés y entusiasmo que ha despertado el Documento de Participación, tanto en círculos eclesiales como en los medios de comunicación -comparado con los anteriores de Puebla y Sto. Domingo- , son claro indicio de que el espíritu que contiene no corresponde a lo esperado. El escepticismo e indiferencia ha predominado sobre la ilusión y esperanza. Una lectura pausada y reflexiva nos lleva a concluir que este documento no responde a los problemas que actualmente aquejan a la población latinoamericana ni a los que tiene planteados la Iglesia. Refleja más la involución generalizada y reafirmación en la misma, que la vitalidad del Vaticano II y Medellín que pudieran ponerla fin.

Entre los aspectos que llaman la atención, quizá el más relevante sea que se sitúa al margen de la realidad. En un primer acercamiento a este documento, escribí: “Situarse al margen de la realidad no quiere decir desconocerla o cerrar los ojos a ella. Significa reconocerla pero prescindir de ella a la hora de reflexionar teológicamente, al hacer planteamientos pastorales y proponer líneas de acción para la evangelización y realización del Reino. Quiere decir también, admitirla pero no dejarse afectar por ella”[7]. En esta tónica se desarrolla la mayor parte del documento. Da la impresión de presentar a nivel teórico y doctrinal el cristianismo; después, saca algunas consecuencias. Habla del discipulado sin presentar antes a Jesucristo. La realidad es muy distinta y sin responder a las verdaderas preguntas de la persona, no de sentido, sino de sobrevivencia y violencia, es muy difícil que interesen cuestiones religiosas, por más importantes que sean.

El Cardenal de Tegucigalpa, Oscar Andrés Rodríguez, también manifestó su simpatía por el método deductivo con que está escrito el documento de participación con frases tan imprecisas y equívocas como la siguiente: “Muchos pensaban que el tema del discipulado era muy genérico. ¿Por qué no hablar de la pobreza tan extendida en América Latina? Pero, a medida en que fuimos profundizando, nos fuimos dando cuenta de que este tema del discipulado no viene del aire, no es genérico”[8]. Ser discípulos de Jesucristo y no del neoliberalismo, no excluye poner los pies en el suelo. Por el contrario, el bautismo al configurarnos con Jesucristo invita a encarnarnos en la realidad, como encarnado estuvo el Hijo de Dios en un tiempo y condiciones socio-religiosas determinadas que no le fueron indiferentes.

El documento de participación fue difundido a todas las diócesis de América Latina como “invitación a participar en la preparación de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano” (Doc. Part, p.7, n.169). Parece lógico que las respuestas que fueron llegando -que sin duda reflejan la situación real del continente, tanto socio-política como eclesial-, lo que este pueblo sufrido y pobre desea y pide a sus pastores, sirviera para elaborar el documento base de reflexión y a partir de aquí sacar ciertas líneas pastorales de evangelización. Pero la respuesta parece que no ha sido esa.

El Card. Errázuriz, Presidente del Celam, dijo estas palabras en una conferencia: “Esperamos entregar el así llamado “Documento de Síntesis” que contendrá las aportaciones recibidas de toda América Latina y el Caribe, a fin de febrero de 2007. No lo hemos llamado documento de trabajo para evitar el mal entendido de ser este el proyecto del documento conclusivo”[9]. La pregunta que surge espontáneamente es la siguiente: Si se ha pedido colaboración y se va a “evitar” que ésta forme parte del documento conclusivo, ¿para qué se pide? ¿No es más lógico y sensato que ese material que, sin duda, recoge el clamor de un pueblo “pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte”[10], tenga preferencia sobre una agenda elaborada previamente al margen de la realidad? Más cuando podemos repetir lo que dijo Puebla tomando un texto de Medellín: “El clamor pudo haber parecido sordo en ese entonces. Ahora es claro, creciente, impetuoso y, en ocasiones, amenazante”[11]. Creciente, porque con los años va aumentado considerablemente la población y con ella los problemas y clamores. Y amenazante, porque el sistema neocapitalista impulsado por la globalización, está dejando al margen muchos miles de personas que se van convirtiendo en una verdadera amenaza social. ¿Se podrá silenciar o poner fin a este clamor con una cruzada religiosa?

Otro tema que suscita muchas sospechas es la Gran Misión Continental. El Documento de preparación parece que propone como objetivo prioritario, “que nuestros pueblos en Él tengan vida”, como se desprende del tema y lema propuesto para esta Conferencia: “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida. –Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. (Jn 14,6)”. Este objetivo podría dar lugar a lanzar desde la opción por los pobres una evangelización profética, liberadora, integral e inculturada, que nos sacara de la apatía y del estancamiento en que estamos. Pero realmente no es así. El objetivo real que se propone es la celebración de una “Gran Misión continental” (Doc.Part. 173). Así también se expresa el Presidente del Celam en el documento antes citado: “Esta Conferencia General del Episcopado no quiere concluir con un mero documento. Quiere preparar materia de una gran misión continental. Ése ha sido el deseo de los presidentes de las Conferencias Episcopales que han participado en nuestras últimas reuniones y en la reciente Asamblea­ de Lima”. Estas palabras reflejan no la mentalidad de uno o dos Obispos, sino “el deseo de los presidentes de las Conferencias Episcopales”[12]

Por otra parte, esta misión no aparece motivada por la realización del Reino -que desapareció en el documento[13]-, ni por el espíritu del Concilio y las Conferencias que lo han querido aplicar a nuestro contexto -Medellín y Puebla-, sino por la disminución de los católicos y la tentación de competitividad ante otros grupos religiosos (n.155).

Así lo afirma también el P. David Gutiérrez, director de la Oficina de Información del Celam: “La Quinta Conferencia… busca dar una respuesta al fenómeno de los fieles de ese continente que aban­donan el catolicismo”[14]. Y Mons. Raymundo Damasceno, Arzobispo de Aparecida, la razón que da para la misión es “el creci­miento de los nuevos movimientos religiosos, y también ante la movilidad religiosa, el tránsito de una Iglesia a otra”[15].

Lo anterior ha quedado confirmado y ratificado en el Discurso del Papa a los participantes de la Plenaria Pontificia Comisión para América Latina (21.1.07), en que muestra preocupación especial por la forma como “prosperan las sectas y los nuevos grupos pseudoreligiosos”, a lo cual espera que Aparecida dé una respuesta[16].

¿Cuál será el resultado final de la Conferencia? ¿Qué línea seguirá? ¿Tendrá fuerza suficiente para marcar una nueva etapa en la historia de la Iglesia en el continente o reafirmará la que vivimos? ¿Cómo será la organización y contenido de la Gran Misión? Esperemos no ocurra lo mismo que años anteriores. Se celebraron Jubileos, el Año de la Eucaristía y, a nivel Latinoamericano, el Año Misionero (nov.2002-03). Me permito recordar lo que escribí en el documento antes citado a este respecto: “Estas convocatorias despertaron gran entusiasmo, es cierto. Pero también hemos de admitir que fue tan fogoso como efímero. No quiero decir que no haya que realizar este tipo de actividades y celebraciones, ni manifestar públicamente nuestras convicciones religiosas. Pero tiene que ser de otra forma y sin poner en ellas más esperanzas que las que pueden dar de sí acontecimientos masivos”[17].

Para que la Misión Continental anunciada pudiera detener la corriente involutiva, tendría que hacer realidad lo que dice breve y claramente una de las aportaciones de Amerindia a la V Conferencia: “Es importante recordar que la meta de la misión no es la Iglesia misma, sino el contribuir a la edificación del Reino de Dios, cuya plenitud será sin duda en el Reino escatológico, pero que en su dimensión inmanente se identifica con la construcción de una sociedad capaz de incluir a todos y todas, justa y solidaria”. ¿Se encuentra la Iglesia de América Latina en capacidad de elaborar un programa de esta naturaleza?.

Algo que tiene que hacernos pensar es que el Concilio y Medellín, despertaron gran entusiasmo evangelizador y renovador en la Iglesia sin que nadie lo organizara e impusiera. Surgió con espontaneidad. Teniendo en cuenta la forma de pensar y ser de la persona hoy, hay razones más que suficientes para preguntarnos por el resultado de una Gran Misión Continental organizada desde arriba y cuáles serán sus contenidos.

3. SUPERAR LA INVOLUCIÓN ¿CÓMO?

¿Nos quedaremos con esta sensación de impotencia y decepción al comprobar por dónde va la preparación “oficial” de la V Conferencia y que “todavía no ha levantado vuelo”?, como dice el P. Cecilio de Lora?[18]. No. La V Conferencia puede ser una oportunidad, independientemente de su resultado final, para ir poniendo las bases a un período de renovación en el que la Iglesia de América Latina recobre su vitalidad evangelizadora, entusiasmo y credibilidad, respondiendo a los problemas pastorales planteados por la nueva situación que vive el continente.

Sin negar la importancia de sus conclusiones, el resultado depende principalmente de las personas y comunidades. Recordemos el adagio latino: “Quiquid recipitur, ad modum recipientis recipitur”. En otras palabras, asumir lo que ofrezca la Conferencia desde una actitud crítica y definida por el proyecto de Jesús (el Reino), los valores del evangelio, la poca importancia que en él tiene la institución y las estructuras, es lo que realmente va a marcar su resultado. Además, hay muchos motivos que nos invitan a tener una actitud positiva y esperanzadora, a pesar de ciertas frases que desconciertan, como la del Papa a la Pontificia Comisión para América Latina en que trata precisamente de la V Conferencia: “Agradezco… el sentido profundo de renovar vuestro compromiso de servir, cum Petro et sub Petro a la Iglesia que peregrina en América Latina” [19]. ¿Qué motivaciones invitan a la esperanza?.

3.1. Ser realistas

Una determinada forma de pensar no puede terminar de un día para otro. Es un proceso evolutivo que tiene un principio, su desarrollo y que apunta a una forma distinta de reflexionar y actuar, pero no a corto plazo. Las ideas se arraigan en la persona y le dan seguridad. Desprenderse de ellas no es fácil; significa muchas veces quedarse a la intemperie y a nadie le gusta vivir en continua zozobra. Pero se puede ir poco a poco sustituyéndolas por otras más de acuerdo al momento y necesidades actuales. Por consiguiente, lo que está aconteciendo en la Iglesia desde pocos años después del Vaticano II y que se ha calificado de “crisis involucionista” por haber perdido el ritmo de la historia, no puede superarse en unos días. Pero se pueden ir poniendo las bases para adelantar lo que se desea y espera.

El Vaticano II recogió las inquietudes e interrogantes de un buen número de Obispos, teólogos y muchos cristianos. Muchas de ellas quedaron plasmadas en los documentos finales. Lo mismo ocurrió con Medellín. Su éxito estuvo en saber escuchar y dar una respuesta no teórica sino real partiendo del pueblo pobre y empobrecido. Éstas son las tareas que hemos de asumir, en vez de esperar que llegue desde arriba lo que esperamos. Recordemos las palabras de K. Rahner: “La Iglesia sólo se hará presente al irse haciendo de modo continuo mediante la decisión libre de fe y la libre formación de comunidades”[20]. La involución, por tanto, no va a terminar por decreto, sino por convicciones personales y comunitarias evangélicas.

3.2. Atreverse a pensar (“Sapere aude”)

Atreverse a pensar -por supuesto, de forma coherente y fiel al evangelio-, siempre ha constituido una fuente de esperanza. Pensar en una facultad que desarrollamos poco y en estos momentos no es fácil hacerlo. Preferimos que otros piensen por nuestra cuenta. Más, cuando se interponen motivaciones de tipo religioso e institucional. Esta capacidad nadie puede impedirla ni coartarla, pero sí tenemos que formarla y aplicarla también a la religión. Decía E. Schillebeeckx: “La razón humana debe usarse al cien por cien en el campo de la fe. Sacar a colación la obediencia y cerrar los ojos, no es cristiano, no es católico. Es necesario ser creyentes racionales. Es cada vez más necesaria la racionalidad, sobre todo, para reaccionar contra el fundamentalismo que mina cada vez más a la Iglesia… Yo critico este retorno (a épocas pasadas) porque los valores modernos de libertad de conciencia, de religión, de tolerancia no son, desde luego, los valores del primer milenio”[21]. Tenemos que tener visión de futuro, no estar lamentándonos por un pasado que nunca va a volver, y tener coraje para construirlo.

Nadie puede impedirnos vivir de acuerdo a nuestras convicciones ni obligarnos a delegar nuestra libertad y responsabilidad. Recogiendo la tradición de la Iglesia, dice el Vaticano II sobre la libertad religiosa: “Consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana y esto de tal manera que en materia religiosa ni se obligue a nadie a actuar contra su propia conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella en privado o en público” (DH 2.1). Texto que merece la pena recordar por el nivel a que hemos llegado de ceder ante todo lo que viene de arriba sin detenernos a considerar su valor ni contrastarlo con el evangelio.

Muchas veces damos la impresión de tener miedo a pensar. Trasladando la voluntad propia a la voluntad del otro, nunca será posible la renovación y contribuiremos a reforzar lo institucional que, de por sí, es conservador y tiende a reforzar el autoritarismo y la uniformidad. La característica fundamental que distingue al ser humano del resto de las criaturas es poder pensar. Lo expresa muy bien el lema de la Ilustración que divulgó Kant y que proviene de Horacio: “Sapere aude”, que podría traducirse como: Atrévete a pensar, o ten valor para usar tu propia razón.

El psicólogo Scott Peck, dice: “Si pensamos y a otros no les parece, es su problema no el nuestro. Pensar está relacionado con crear un problema para quienes buscan usar, abusar, controlar o man­tener al otro dependiente y con miedo. Esta motivación oculta puede desalentar el poder personal directamente relacionado con la capacidad para desarrollar una forma de pensar correcta e independiente”[22]. Estas palabras expresan una realidad comprobable en todos los órdenes, especialmente en el orden religioso, por la sacralidad de que se ha revestido la autoridad y la estructura dentro de la Iglesia. Por eso, a la hora de un acontecimiento eclesial de tanta trascendencia como la V Conferencia, es importante atreverse a pensar por cuenta propia para salir del “invierno” eclesial e ir dando los pasos hacia una nueva primavera. Que esto puede acarrear problemas, es indiscutible. Ya lo adelantó Jesús: “Desde los días de Juan Bautista hasta ahora e reino de los cielos irrumpe con fuerza y sólo los esforzados entran en él” (Mt 11,12).

Siempre encontraremos apoyo y motivaciones en personas y grupos comprometidos, aunque muchas veces algunos se mantengan en cierta ambigüedad y tiendan a conservar lo establecido más que a su renovación. A este propósito es reconfortante la aportación de la Conferencia Episcopal de Brasil. No es un análisis del Documento de Preparación ni ciertas observaciones. Es otro texto totalmente distinto, por su contenido y metodología. No es de extrañar cuando nos dicen que es una síntesis cualitativa de las aportaciones que han recibido. No parte de principios abstractos y de proyectos elaborados al margen del pueblo, sino de lo que éste vive, piensa y espera.

3.3. Retomar los logros de la tradición eclesial de América Latina

En la historia reciente de la Iglesia del continente americano, se han dado ciertos pasos que no podemos renunciar a ellos por fidelidad al evangelio y a la misma Iglesia. Recordemos la letra y, sobre todo, el espíritu del Vaticano II, Medellín y Puebla. En estos tres acontecimientos, encontramos ciertos aspectos comunes que debemos retomar para ir avanzando en la tradición que nos han legado Recordemos algunos:

3.3.1. Signos de los tiempos

Para evangelizar necesitamos analizar los signos de los tiempos, como lugar revelador del plan de Dios. Recordemos estas palabras de Medellín: “Interpretamos que las aspiraciones y clamores de América Latina son signos que revelan la orientación del plan divino” (Mens. 3). En la historia que nos ha tocado vivir, tenemos que aprender a responder a su voluntad y colaborar en su plan de salvación no partiendo de principios teóricos, por muy elevados que puedan ser. Como dicen muy bien los Obispos del Brasil, en nuestro continente el principal problema (la fuerza dinamizadora) no es la “sed de sentido” (Doc.Part. c.I), sino “el hambre de pan, con la convicción de que Dios quiere la salvación a partir del cuerpo”[23]. En la realidad, no desde una oficina, es donde se conocen los enormes desafíos que tenemos que afrontar para que la evangelización sea acertada y acogida.

Hablando sobre la pobreza en Guatemala como nueva forma de esclavitud, dice Carolina Escobar estas palabras aplicables a cualquier situación: “Si alguien no puede ejercer sus derechos económicos, sociales y culturales, ¿cómo se le puede pedir que asuma plenamente sus responsabilidades familiares, laborales y sociales?”[24]. Una frase a la que no sobra absolutamente nada y a la que sólo hay que añadir que en una situación social de dependencia, desamparo y pobreza, tampoco se pueden pedir responsabilidades religiosas. Esto no necesita muchas explicaciones sino únicamente ver la realidad y ponerse en el lugar de muchos millones de personas sin lo mínimo indispensable para vivir con dignidad, expulsados de su propia tierra, sin educación ni trabajo. Y, por supuesto, analizar las causas que conducen a esto. Leemos en los Doc. de Medellín: “No se puede abusar de la paciencia de un pueblo que soporta durante años una condición que difícilmente aceptarían quienes tienen una mayor conciencia de los derechos humanos” (Paz, 16). ¿Qué haríamos nosotros en su lugar? Desde una situación de exclusión y despojo, ¿cómo responderíamos a la invitación de participar en una Misión Continental?.

3.3.2. El Reino como utopía

Uno de los mayores logros de la reflexión teológica latinoamericana después de Medellín, fue reflexionar sobre la importancia y alcance del Reino de Dios. Es el centro de la predicación y praxis de Jesús, que la exégesis europea de la historia de las formas recuperó en el s.XI­X. Su significado es sencillo. J. Jeremías lo resume diciendo: Dios viene a “restaurar la comunión -que había quedado destruida- entre Dios y el hombre”[25].

El Vaticano II dio el primer paso diciendo que Jesucristo vino a establecer el reino (LG 3, DV 17) y que “la Iglesia sólo pretende una cosa: el advenimiento del Reino de Dios” (GS 45a). Por consiguiente, hablar de Jesucristo y de la misión de la Iglesia no pueden reducirse a conocer la naturaleza de Jesucristo y asimilar su doctrina, sino a colaborar para rehacer el plan de Dios. Por eso, las relaciones Reino-Iglesia sólo pueden plantearse mirando al mundo y no cerrándose a él. Nuestra identidad cristiana no la da lo eclesiástico, sino abrirnos desde el seguimiento de Jesús al mundo para restablecer las relaciones rotas entre Dios y los hombres. Dice J.M.Vigil, “la principal reforma que la Iglesia necesita sigue siendo la conversión al Reino, su efectiva puesta al servicio de la Causa de Jesús en un mundo que, estructurado precisamente por el ‘Occidente Cristiano’, se ha configurado netamente en contradicción con la Causa de Jesús. Nuestra primera obsesión no puede dejar de ser la construcción de la utopía del Reino, lo que podríamos llamar un nuevo orden mundial marcado por unas relaciones correctas de justicia, amor, paz y liberación”[26].

Desde este punto de vista, muchos problemas que se han planteado los últimos años en la Iglesia como el pluralismo religioso, el rigorismo ortodoxo, el lugar social de la Iglesia, la excesiva importancia dada a la estructura e institución, etc. no tienen tanta importancia y son muy relativos. Lo único absoluto es el Reino, como lo fue para Jesús, y desde él hay que considerar todo lo demás. Este Reino ha de comenzar por quie­nes están o se han quedado al margen de este mundo, como son los pobres y excluidos. Por eso, Gustavo Gutiérrez, en su reflexión para la V Conferencia, vuelve a repetir lo que tantas veces ha dicho: Ser discípulo es proclamar el reino “desde el reverso de la historia” para que los pobres y oprimidos entren a formar parte de ella[27].

3.3.3. Humanismo

Desde hace muchas décadas, podíamos decir siglos, América Latina ha figurado en las páginas de los periódicos y medios de comunicación social, no precisamente por su estabilidad social y política, sino todo lo contrario: inestabilidad, corrupción, violencia, injusticia, etc. La falta de humanismo es una de sus características más acentuadas.

En un continente con recursos suficientes para vivir todos con dignidad y donde la mayor parte se confiesan cristianos, encontramos la gran contradicción de la explotación, exclusión y muerte prematura. Los pocos ricos y los muchos pobres, la mayor parte de sus gobiernos que han defendido los intereses de la clase pudiente, la escalada de violencia que todo esto genera, tienen “las venas abiertas” de este continente -en expresión de Eduardo Galeano-, que se está desangrando día a día. La injusticia, el expolio, la destrucción y el sometimiento, cuando se trata de América Latina, son palabras que expresan no las consecuencias de una batalla ganada por unos y perdida por otros, sino la realidad de cada día que nos ofrecen los medios de comunicación. Nuestra situación tiene más características de guerra enraizada que de paz y desarrollo.

Esta realidad indica que la presencia de la Iglesia -“sacramento de Cristo” (LG 1)-, tiene que ser la del samaritano que sale de su camino para practicar la solidaridad con los más pobres y renovar continuamente su cercanía a ellos, mostrando así el rostro compasivo y misericordioso de Jesús. Por eso, D. Bonhoffer, que sufrió en carne propia las atrocidades del cautiverio y las torturas, dice que “ser cristiano… significa ser hombre[28]. Y ¿a qué otra cosa mejor podemos aspirar después de que el Hijo de Dios se hizo hombre?.

Pero no es solamente en la sociedad donde se ha perdido el humanismo, sino a todos los niveles. También en el religioso. Las apariencias, el miedo, la falta de espontaneidad y libertad, son frecuentes. Las estructuras tienen más importancia real que las personas. No importa la felicidad de éstas sino el éxito de aquellas. Tener autoridad se ha confundido con tener razón. La fidelidad a la autoridad, el autoritarismo y centralismo, son las primeras lecciones que aprenden quienes están constituidos en poder, sea grande o pequeño. Pueda parecer exageración, pero la realidad, las personas que sufren calladamente las arbitrariedades y abusos de poder y autoridad, lo confirman.

Ante esta realidad, hemos de recuperar el humanismo y sensibilidad tanto ad intra como ad extra, tan característicos de los años después del Concilio y Medellín, heredados de Juan XXIII[29]. Percibimos enseguida la falta de humanismo en la sociedad. Con los mismos ojos tenemos que mirar hacia dentro. El humanismo es una tarea pendiente que no podemos ni soslayar ni postponer. La persona es imagen de Dios, creada para ser feliz, que tiene sólo una oportunidad para realizar esta finalidad y no puede perderla ni permitir que otros se lo impidan. Por otra parte, encontramos que la persona es cada día más sensible a todo cuanto pueda afectar sus derechos fundamentales, venga de donde venga.

El Vaticano II había advertido que el mundo es cada vez más sensible a todo lo humano y tenemos que ayudarle a alcanzar este objetivo: “Nace un nuevo humanismo, en el que el hombre queda definido principalmente por su responsabilidad hacia sus hermanos ante la historia” (GS 55). Las manifestaciones frecuentes de personas y grupos reclamando sus derechos, la voz de las clases populares, la sensibilidad cada día mayor ante lo que pueda herir o marginar, nos está diciendo que este logro no podemos dejarle de lado. Cualquiera que tiene alguna autoridad en la Iglesia o un grupo religioso es más dado a imponer que a la ternura y al diálogo.

Conocemos la cercanía que ha tenido la Iglesia como institución los años después del Concilio y Medellín. Esto despertó la atención de muchos y fue la razón por la que se hizo tan atractiva. Tenemos necesidad de recuperar esta actitud y la V Conferencia es el kairós desde el que Dios actúa y nos llama a ser más humanos. La Plegaria Eucarística V/b, expresa de forma breve el objetivo que hemos de alcanzar: “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente excluido y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”. Estas palabras recogen el ideal a que tenemos que aspirar y que algunos pequeños grupos y comunidades están haciendo realidad en su vida y organización interna.

3.3.4. Relativizar y renovar las estructuras e instituciones

Éstas son formas en que se encarnan las ideas y proyectos. Por eso, para renovarse es indispensable no sólo renovar las ideas, sino desmitificar las estructuras y renovar las instituciones. Mientras se quieran mantener las mismas estructuras, será imposible poner fin al proceso de involución que vivimos. La Conferencia Episcopal de Brasil es bien consciente de ello. Por eso, entre las directrices pastorales que presentan a la V Conferencia proponen “la reforma de las estructuras de la Iglesia, como una prioridad de acción evangelizadora”[30].

Si nos fijamos en el proceso que ha tenido la Iglesia después del Concilio, observamos que una de las deficiencias más notables ha sido precisamente que las ideas no se han encarnado en estructuras. Si queremos una figura distinta con el mismo molde, es totalmente imposible. Ya lo adelantó Jesús: “A vino nuevo, vasijas nuevas” (Mc 2,22). Los pequeños logros que se han conseguido después del Concilio y Medellín en América Latina tenemos que retomarlos, no olvidarlos.

Recordemos lo que decía K. Rahner: “La tendencia fundamental en nosotros es la defensa de lo recibido, no la preocupación por una situación que está viniendo. Se dice a menudo que la función pro­pia del estamento oficial es, en primer término, defender y conservar lo ya existente, dejando más bien a otras fuerzas dentro de la Iglesias lo venidero, lo nuevo, que hay que configurar creativamente”[31]. Recojamos este reto y trabajemos provisoriamente por la Iglesia, no nos entretengamos en lo que más temprano que tarde tiene que desaparecer.

3.4. Vivir con espíritu de fe

Aunque este aspecto lo indique en último lugar, es el primero y el que tiene que iluminar nuestra andadura hasta la celebración de la Conferencia y su recepción. La fe al estilo de Jesús, “el que la motiva y lleva a la perfección” (Hb 12,2). La fe es confianza en Dios antes que en los hombres, tener en cuenta los criterios del evangelio antes que la forma tan caprichosa como muchas veces se ejerce la autoridad, observar lo que ocurre en nuestra sociedad y recordar las palabras de Jesús: “Entre ustedes no ha de ser así” (Mt 20,26); es vivir el novedoso mensaje cristiano yendo, como Jesús, más allá de lo legal, sin pensar en grandes masas sino en ser “luz del mundo” y “sal de la tierra”.

La fe es o que ha mantenido a muchas personas y comunidades durante las etapas de la represión militar en América Latina; lo que ha dado fortaleza y fidelidad a los mártires del continente y lo que tiene que seguir animándonos: “Rodeados de una nube tan densa de testigos, desprendámonos de cualquier carga y del pecado que nos acorrala; corramos con constancia la carrera que nos espera, fijos los ojos en el que inició y consumó la fe, en Jesús” (Heb 12,1-2).

Termino con unas palabras de Roberto Oliveros que –desde la fe- nos abren a la esperanza de que Aparecida sea el principio de la renovación eclesial que esperamos y, por tanto, del fin de la involución:

“Como la historia lo demuestra, el Espíritu Santo también participa (en Aparecida). Y es claro que nosotros también: en nuestra historia salvífica Dios es Emmanuel, Dios con nosotros, o sea no un Dios sin nosotros, y por ello se justifican algunos de nuestros temores. Muchos motivos mueven al escepticismo y a temores ante la próxima Conferencia. Razón mayor para orar al Señor que envíe abundantemente su Espíritu como recientemente lo hemos experimentado en el Vaticano II, Medellín y Puebla. ¿Quién esperaba en los meses previos al Concilio y Medellín que surgiera tal vitalidad evangélica y profética? Frecuentemente afirmamos que creemos en el Espíritu Santo. Con el favor de Dios, no me perderé ese nuevo capítulo de Dios y nosotros (nuestros obispos y nosotros: ‘hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…” (Hch 15,28)”[32].

Aparecida es una oportunidad para captar la presencia silenciosa y sonora de Dios en la vida de las personas, acontecimientos y comunidades de América Latina, para apropiárnosla y expresarla al estilo de Jesús, guiados por su Espíritu.

Conclusión

Quizá alguien se sienta un poco decepcionado por no encontrar respuesta a la pregunta con que comencé esta reflexión: “Aparecida, ¿fin o reafirmación de la involución eclesial?”. La respuesta tiene que darla cada uno. Las páginas anteriores son para ayudar a tomar una opción personal para asumir y vivir la V Conferencia: Con el espíritu de Jesús, del evangelio, del Vaticano II y Medellín. o anteponiendo a lo anterior mentalidades, estructuras y proyectos que, teniendo en cuenta la forma cómo el mundo evoluciona, no tienen futuro. “Al no percibir claramente este mundo, la conciencia propia de la Iglesia concreta se convierte muy a menudo en una curiosa mezcla de terco conservadurismo y una desesperación inconfesada”[33]. ¿No es algo de esto lo que nos está pasando?. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Notas

[1] Dictatus Papae, en E. Drewermann Clérigos. Psicograma de un ideal, Trotta, Madrid 2005, p.413.

[2] Ver texto en Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum Definitionum et Declarationum de rebus fidei et morum, Ed. XXXVI, Herder, Barcelona 1073, nn. 2901-2980.

[3] Merece la pena recordar la anécdota. Durante una audiencia en su biblioteca, alguien preguntó a Juan XXIII el objetivo que deseaba alcanzar el Concilio. “Mire, contestó dirigiéndose al mismo tiempo hacia una de las ventanas que dan a la Plaza de San Pedro. Y abriendo la ventana, continuó: “Esto va a hacer el concilio: que entre un poco de aire fresco en la Iglesia”. El día antes de morir (3 junio 1963), decía el Car. Montini (su sucesor), en la Catedral de Milán: “Bendito sea este Papa, que nos hizo gozar en el mundo” (Cf. Carlos María Aguirre, Juan XXIII y “Un poco de aire fresco”, en Criterio 2271, Mayo 2002).

[4] Imhof, P. La fe en tiempo de invierno, Desclée, Bilbao 1989, p.45.

[5] Véanse a este respeto los Documentos de Santa fe (1980-1986) y el Informe Kissinger (1984).

[6] Carta a Ellacuría, 27.10.06.

[7] A. García-Zamorano, El Documento de Participación. Visión de Conjunto, en Voces del Tiempo 53 (2006), p. 47.

[8] Conferencia el 16.1.07, en Zenit, org.

[9] Conferencia pronunciada el 2 diciembre 2005, en Königstein (Alemania). Estamos a final de marzo y todavía no se ha publicado, ni siguiera anunciado, el documento anunciado.

[10] Documento de Medellín. Conclusiones, Pobreza, 2.

[11] Documento de Puebla, n.89.

[12] Para confirmar lo que acabamos de decir y cuál es la mentalidad que predomina en quienes más influencia tendrán en Aparecida, el Cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima, el día 5 de marzo 2007, en una misa en la Catedral presidida por el Card. Errázuriz, afirma que la crisis planetaria, junto con la participación de los fieles laicos, reclama “una cruzada de promoción de valores cristianos”.

[13] La palabra “reino”, central en el mensaje e identidad de Jesús, sólo aparece una vez citando el prefacio de la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo (n.11).

[14] Encuentro con los periodistas, 12 enero 07.

[15] Entrevista 16 abril 06.

[16] En la audiencia a los Nuncios apostólicos en América Latina (23 febrero 2007), vuelven a tomar el mismo tema tanto el Card. Bertone, Secretario de Estado, al presentar al Papa a los nuncios, reunidos en el Vaticano para preparar la V Conferencia del Celam, como el Papa en el discurso que les dirigió.

[17] Loc. cit., p.53

[18] Ex-Secretario adjunto del Celam en tiempos de Medellín con Mons. Eduardo Pironio. Entrevista en Quito (Ecuador) el 14 noviembre 2006.

[19] Discurso a los participantes de la Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina (21 enero 2007). Las palabras subrayadas están resaltadas en el texto original. El mensaje que contienen es claro.

[20] Cambio estructural de la Iglesia, Ed. Cristiandad, Madrid 1974, p.132.

[21] Soy un teólogo feliz, Ed. Atenas, Madrid 1994, pp.122 y 73.

[22] The road less traveled and beyond, Simon & Schuster, New York 1997, p.44.

[23] Sintese das contribuicoes da Igleja no Brasil à Conferência de Aparecida, Observacoes gerais, 1.b).

[24] Prensa Libre (Guatemala), 22 enero 07, p.14.

[25] Teología del Nuevo Testamento I, Sígueme, Salamanca 2001, p. 125-126.

[26] Libertad a la intemperie. Sobre las necesaria reforma de la Iglesia católica. En Internet, Revista RELat, 308, p.5.

[27] Seguimiento de Jesús y opción por el pobre, Páginas 201, Oct.06, 17-18.

[28] Resistencia y sumisión, Ed. Sígueme 2004, p.253.

[29] Cf. Carlos María Aguirre, Juan XXIII y “Un poco de aire fresco”, Criterio 2271, Mayo 2002.

[30] Loc. cit., cap. IV, 2.1.d).

[31] Loc. cit., p. 34.

[32] En Memoria del proceso hacia la V Conferencia, Internet.

[33] K. Rahner, op.cit., p.26.

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