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Anunciar a los prisioneros la liberación -- P. José Comblin

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Reflexión y LIberación

El anuncio que sirve de título al presente artículo forma parte del discurso programático de Jesús, pronunciado, según la tradición de Lucas, en la sinagoga de Nazareth ( cf. Lc 4,18). Forma parte de una enumeración de beneficios sacada de Is 61, 1-2. En la Profecía de Isaías, el anuncio de liberación hecho a los cautivos se refiere al pueblo de Israel cautivo en Babilonia.

Jesús se dirige a un pueblo que volvió de la Babilonia cuatro siglos antes, pero aún no está realmente libre. Continúa en una situación semejante a la vivida en el cautiverio de Israel. Aunque no siendo más cautivo del rey extranjero, continúa cautivo de todas las estructuras sociales y religiosas en que las propias autoridades mantienen a su pueblo.

En la mente de Jesús, el problema no es tanto la presencia de las legiones romanas o la dominación política ejercida por Roma. El problema es la esclavitud de los israelitas a la corrupción de la religión de la cual son autores las autoridades, los sacerdotes, los ancianos, los fariseos y los doctores de la ley. La redención de Israel comienza por la subversión de ese falso orden, mantenido por las élites e impuesto a los pobres.

El anuncio de Jesús no se refiere directamente a los encarcelados de su tiempo. Por otra parte, en aquel tiempo, en Israel, la prisión no era castigo previsto por las leyes. Los castigos legales eran la muerte (mucho más frecuente de lo que se puede pensar – basta leer los códigos que están en la Biblia), la flagelación, la esclavitud y las multas. Otros pueblos contemporáneos mencionan también la mutilación, la tortura y otros castigos corporales.

En el tiempo de Jesús el encarcelamiento es la condición de quien está a la espera del castigo. No es castigo en sí. Los apóstoles fueron encarcelados varias veces, y el propio Jesús fue aprehendido a fin de ser condenado a muerte.

¿Será que, por eso, no hay relación ninguna entre el pueblo de Israel esclavizado por sus élites y los presos que están en nuestras prisiones? Partiendo de ahí, ¿no habría ningún anuncio para los presos que fueran condenados y hoy se encuentran en las cárceles? A continuación veremos que las relaciones son varias.

1. Los encarcelados por abuso de poder

Hay una primera categoría de presos, cuya situación parece bien clara: son hombres o mujeres que están en la cárcel sin haber infringido ninguna ley o sin haber sido condenados. Están ahí porque fueron aprehendidos por engaño, confundidos con otros, o porque estaban cerca de otros que cometieron un delito, o fueron denunciados sin pruebas, o simplemente fueron olvidados, Son personas muy pobres , que no pueden pagar un abogado, y no tiene acceso a las instancias del poder judicial. Están en la cárcel porque no saben probar que son inocentes. Es el caso de la persona que es considerada culpable hasta que pueda mostrar que es inocente. Ahora bien, nadie en el mundo es capaz de probar que nunca cometió un delito. Acontece que, cuando se trata de personas de buena condición, bien vestidas e instruidas, las autoridades no insisten y no exigen que proporcionen las pruebas de su inocencia.

Para las personas que están en la prisión injustamente, vale el anuncio de Jesús. Los verdaderos discípulos van a empeñarse para que los que fueran injustamente encarcelados sean liberados. El evangelio es anuncio de liberación, por lo menos en el sentido de que la causa de ellos será defendida.

2. El perdón

El perdón de los pecados, de las culpas, de las deudas- en el sentido más amplio- es básico en el cristianismo. Jesús anuncia el perdón. No solamente anuncia que Dios perdona y suprime todas las penas, mas pide que sus discípulos hagan la misma cosa: subordina el perdón de Dios al perdón a los hermanos. Este perdón es de modo particular el núcleo central del evangelio según- Mateo. Jesús anuncia, proclama, provoca, exige: no tiene poder para hacer que las personas sigan sus instrucciones. Sin embargo, para quien quiera seguir el camino de Jesús, el perdón es indispensable. Los evangelios no permiten que se haga una distinción entre los pecados personales o sociales, entre la culpa y las penas debidas legalmente por las culpas, entre perdón dado por individuos o por las autoridades en nombre de la sociedad. El pedido de perdón es universal y cubre la totalidad del mal cometido.

La pregunta es: ¿cómo ese perdón va a poder entrar en las sociedades concretas que conocemos?¿Cómo va a ser aceptado por individuos impregnados por el deseo de venganza, o por el miedo de los criminales? Ese es otro problema. Jesús estaba bien consciente de su pretensión exorbitante. En su tiempo, la venganza era hasta exigencia de la ley, siendo atribuida a una revelación del propio Dios: quien se vengaba, obedecía a Dios. Y el miedo no era menor del que es hoy en día. De ahí la crueldad de los castigos directamente inflingidos a los delincuentes.

La pena de cárcel es considerada una forma más leve de castigo que la pena de muerte. En las civilizaciones antiguas, la pena de muerte era mucho más habitual y mucho más frecuente, incluso en casos de delitos hoy día considerado leves, tales como el robo y el adulterio.

Se atribuye frecuentemente al cristianismo la evolución de la pena de muerte para castigos más leves como las penas de cárcel. Puede ser. Sin embargo, está claro que el encarcelamiento, sobre todo cuando dura años, constituye un castigo tremendo. Alcanza el ser humano en lo que tiene de más valioso: la libertad, en su forma más radical- que es la libertad de poder ir y venir.

¿Es legítimo y moral condenar una persona a años de cárcel? Hay razones que puedan justificar tal perjuicio infligido a una persona? En el caso de la pena de muerte o de mutilación, no hay posibilidad de perdón. Hay, sí, posibilidad de perdón en el caso de penas de cárcel.

Recordemos que, en América latina, los gobiernos militares decretaron amnistías generales que favorecieron a miembros de las fuerzas armadas o de las policías que mataron, torturaron, robaron y mutilaron ciudadanos. Miles de delincuentes fueron así dispensados de las penas de cárcel, previstas en los códigos penales.

Eso aconteció en Brasil, en Argentina, en Uruguay, en Chile y en otros países. La amnistía fue juzgada benéfica para la paz pública y para el orden social.

Por lo tanto, la dispensa de las penas de cárcel no fue considerada un peligro para la ciudadanía. La nación no se sintió en peligro aunque miles de delincuentes hayan quedado sueltos, libres de cualquier castigo.

Notemos que esos delincuentes, así dispensados, no estaban arrepentidos. Fueron perdonados sin conversión, sin penitencia. El caso más famoso- y, tal vez, más incomprensible – fue el de los generales argentinos condenados por tribunales de su país y amnistiados por el presidente Menen, sin que hayan dado la mínima señal de arrepentimiento. Por el contrarío, nada habían perdido de su arrogancia.

Por otro lado, en casi todas las naciones los Jefes de Estado tienen poder para conceder amnistía a los presos escogidos por ellos. Es otra señal de que la idea de perdón no es ni absurda, ni peligrosa, ni loca. La pregunta es: ¿Por qué no podríamos extender mucho más la amnistía, esto es, el perdón?

Una primera situación sería la de los presos que están arrepentidos del mal que hicieron, y están con serias disposiciones de cambio. El caso no es utópico. Son miles y miles los presos que quieren recomenzar. ¿Por qué no perdonar?

Siempre se cita un caso que se torno famoso en Italia en los años 80. Miles de terroristas de las Brigadas Rojas (más de cinco mil) fueron a parar en las cárceles en Italia. La gran mayoría entró en un proceso de autocrítica y acabó reconociendo que había cometido un gran error – llevándolos a cometer verdaderos crímenes. Se arrepintieron. Hubo todo un proceso de conversaciones entre las autoridades y las entidades religiosas. Fueron hechos muchos procesos de revisión de penas. La propia opinión pública italiana acabó convenciéndose de que una amplia reducción de penas era la mejor solución para los arrepentidos.

Podemos presumir que, en muchos casos, se produce una evolución semejante a esa. Muchos se arrepentirían de lo que hicieron si supiesen que hay caminos de redención y de perdón, y no se chocasen contra un sistema judicial implacable.

El perdón parte de la convicción de que el pecador es la primera víctima de su pecado. Haciendo el mal, se corrompe a sí mismo. El perdón tiende a ayudarlo a arrepentirse, esto es, a liberarse del pecado que lo aprisionaba. Es verdad que, en ciertos casos, como en lo de los terroristas italianos, una temporada en la prisión ayudó a hacer la autocrítica y a revisar el modo de actuar. Sin embargo, esa temporada no puede ser interminable, sin perspectiva de perdón.

El caso de los que están decididos a recomenzar es diferente. Además de eso, para los pequeños delincuentes, el encarcelamiento cuesta más a la colectividad que el mal que hicieron. Sería más económico para la comunidad indemnizar a las víctimas.

La situación es más grave cuando el ambiente de la cárcel torna a los presos más corrompidos, más peligrosos y más enraizados en los delitos que antes. Muchos afirman que ese es el caso de muchas prisiones brasileñas, por varias razones- que especialistas en el asunto podrán enumerar y comentar.

3. El perdón por la revisión de las leyes penales

La mayor parte de los presos está en la cárcel por motivos de drogas. Si no existiese la legislación que reprime el comercio y el consumo de las drogas, miles y miles estarían fuera de las cárceles, donde se están degradando.

Décadas de experiencia de represión de las drogas muestran que es imposible suprimir, o incluso reducir, el consumo de las drogas por la represión policial. Nos parece que en la actualidad, quien lucha para mantener las leyes represivas son las mafias de traficantes.

Quien está en las cárceles son los pequeños vendedores, entregados por los propios traficantes, para dar satisfacción a los policías. Gracias a la penalización de las drogas y a las leyes represivas, el narcotráfico es hoy el mayor negocio del mundo, superando el petróleo. Las mafias de narcotraficantes detentan un poder económico superior al de las mayores compañías del mundo, lo que les permite controlar los poderes políticos y mantener en la sujeción a ciudades enteras. Ningún poder político, ejército o policía del mundo es capaz de enfrentar con éxito a las mafias de narcotraficantes. Por su parte, esas mafias pueden corromper todos los poderes, en primer lugar el poder de la policía o del ejército. Si los Estados Unidos fracasaron rotundamente, ¿cuál es el país que tendrá éxito?

Por otro lado, el alcohol y el tabaco hacen enormes estragos a la salud de la población, provocando muchas enfermedades y grandes gastos sociales. Sin embargo, nadie está en la cárcel por vender cigarrillos o cachaza. Perjudican profundamente a la población, pero gozan de cobertura de fuertes grupos económicos. Fuerzas económicas y tradiciones culturales tornan imposible la prohibición del alcohol y del tabaco.

Sin embargo, hay una paradoja. No tiene sentido quitar la libertad a miles de personas que, a final de cuentas perjudicaron mucho menos a sus conciudadanos. En Brasil- aunque haya tentativas de aplicar una nueva legislación, más rigurosa- hasta el momento, el conductor que mata accidentalmente por estar embriagado no va para la cárcel. Pero el revendedor que es aprehendido con algunos gramos de drogas, este es preso. En semejante caso, el perdón sería sólo aplicar a ciertas categorías lo que ya se tolera en otras categorías semejantes. Sería tolerar el equivalente de aquello que, desde siempre, se tolera. El dinero que se gasta en la represión ¿no podría ser más bien invertido en la educación o en la reeducación de los ciudadanos? No es realmente un caso de perdón, y sí de equidad.

4. La substitución por penas más leves

Ya hubo muchas experiencias de substitución de la cárcel por penas más leves, que no sacan al condenado de su ambiente. Años de cárcel, muchas veces, tornan al condenado irrecuperable para la convivencia civil. Existen formas alternativas de, mediante vigilancia, corregir por medio de la prestación de servicios comunitarios. Se trata de encontrar actividades que puedan reeducar al delincuente de modo adaptado a su condición.

En muchos casos se aplica la libertad condicional. Muchos delegados saben también tomar en cuenta las circunstancias y dejar libre a la persona que no es realmente peligrosa para la sociedad. En países como Brasil, que no tienen condiciones para hacer que las penitenciarias tengan tratamiento humano, el remedio es peor que la enfermedad. Las penitenciarias corrompen a los presos de tal modo que la recuperación se torna mucho más difícil. Con esas condiciones de encarcelamiento no se garantiza la seguridad de los ciudadanos. Es preferible aceptar ciertos riesgo que preparar riesgos mayores.

5. La privatización de la seguridad y de la justicia

Lo que nos amenaza, en la onda de la privatización de la vida pública, es la privatización de las funciones reservadas a la policía. Hay muchas policías particulares encargadas de la seguridad de los bancos, de las industrias, de las residencias o de los barrios residenciales. Hay también los que se especializan en la seguridad personal.

Una vez que se instala una policía particular, al servicio de los privilegiados, se corre el riesgo de que aparezca una justicia clandestina, un poder judicial clandestino que decreta penas y castigos, notoriamente la pena de muerte. En la práctica ya se sabe que, en las ciudades, ciertos grupos deciden quién debe morir y quién puede vivir. Contratan pistoleros profesionales para aplicar las penas decretadas.

Por otro lado, esa privatización de la justicia en las ciudades es la continuación de una vieja tradición del mundo rural. Allí, desde siempre, hacendados y señores de ingenio deciden sobre la vida y la muerte, decretan penas de muerte y las aplican gracias a la contribución de pistoleros profesionales que andan sueltos en búsqueda de servicio.

Si hubiera privatización completa de la justicia y de la seguridad, todas las tentativas de humanización serán nulas. La justicia privada no necesita de cárceles. Realiza lo que decía un delegado en algún tiempo: «No quiero que me traigan aquí delincuentes. Los delincuentes serán simplemente ejecutados y nadie sabrá quien fue el que decretó su muerte».

Peor que la cárcel es la eliminación pura y simple de los indeseables. En la privatización, la evolución actual tiende a un retroceso. Es verdad que, en la actualidad, las policías existentes no consiguen reprimir la delincuencia y garantizar la seguridad. Sin embargo, la solución no está en la privatización, sino que en la organización popular hecha en los barrios, para garantizar y mantener una policía pública verdadera, controlada por la población. Es la población organizada que cuida de la seguridad. De la misma manera, los jueces pueden ser elegidos por la población local en lugar de ser designados por políticos que sirven los intereses de los grandes. La única manera de llegar a humanizar a la policía y la justicia consiste en entregarlas a la población local. Solamente así la población será capaz de vencer su angustia y de controlar las fuerzas que llevan a la delincuencia. Realizar la privatización de la policía y de la justicia sería el peor camino.

6. Legalismo y tolerancia

En Brasil las leyes raramente fueron aplicadas con rigor. Siempre hubo amplia tolerancia. Las infracciones son toleradas o escondidas. Las sanciones judiciales no son aplicadas y la mayor parte de los delincuentes se encuentran sueltos. Se evita, de esa manera, el legalismo, que torna a las sociedades neuróticas. Es bueno que las autoridades sepan tomar en cuenta las situaciones humanas reales antes de aplicar las leyes, sobre todo las leyes penales.

Desafortunadamente la tolerancia y la flexibilidad juegan casi siempre para favorecer a los privilegiados. Quien consigue evitar la cárcel son siempre los privilegiados. Quien goza de impunidad son siempre los responsables por los mayores crímenes y delitos. La tolerancia no se debe solamente, ni principalmente, a una sensibilidad moral más atenta a las personas, y sí a la corrupción de las relaciones sociales.

La solución no está en un legalismo estricto, sino en la extensión de la flexibilidad hasta los límites que la sociedad pueda soportar. La garantía de la impunidad de los grandes desalienta al pueblo entero. Algunos ejemplos son necesarios. Sin embargo, muchos pequeños delincuentes son susceptibles de recuperación y se recuperarían si la temporada pasada en la cárcel no los hubiese pervertido.

7. La aspiración a la libertad

En ningún lugar la aspiración a la libertad es vivida con tanta intensidad como en las cárceles. Es verdad que algunos hallan mejores las condiciones de vida dentro de las cárceles que fuera de ellas: «Aquí por lo menos tenemos comida y un lugar para dormir. Es mejor aquí, que en la calle». Sin embargo, la mayoría halla mejor la calle, aún con la inseguridad que ésta trae. La libertad tiene más valor que la seguridad. La reacción de los presos confirma que el llamado a la libertad está enraizado en lo más profundo del ser humano.

Por otro lado es también verdad que el ser humano puede preservar un nivel más profundo de libertad aún en el cautiverio de las cárceles. Aunque no contando con la libertad de movimiento, aún así es posible salvar la libertad de pensamiento y de expresión. Obras literarias y científicas de gran valor fueron escritas en el cautiverio. Religiosos o ideologías fueron divulgadas y esparcidas dentro del cautiverio. Ciertos presos pueden adquirir más personalidad y convicciones más firmes en el cautiverio. Sin embargo, son casos excepcionales. De modo general, el cautiverio destruye.

A partir de cierto nivel de concentración de la población carcelaria, las autoridades públicas no logran más controlar el ambiente. No consiguen impedir el tráfico de drogas, de armas o explosivos. No consiguen ni siquiera controlar la corrupción en que incurren los propios encargados de la disciplina. La cárcel, entonces, se torna un factor de desintegración de la sociedad en general. Contamina los pueblos y destruye la aspiración a la libertad. Inocula los vicios de tal modo que la población se desanima de poder un día liberarse, entregándose a las mafias. Es lo que está aconteciendo hoy en día en favelas y barrios marginales de las grandes ciudades.

Actualmente ciertas áreas de las grandes ciudades viven en permanente estado de cautiverio. Narcotraficantes o traficantes de armas, de mujeres y de niños dominan de tal modo el barrio que nadie se atreve a desobedecerles. El ejército puede instalarse durante algunos meses en esos barrios, pero no permanece y acaba entregando de nuevo el territorio a los criminales. Se invierte la relación carcelaria. De ahora en adelante no son los ciudadanos los que mantienen a los delincuentes bajo vigilancia en las cárceles. Son los criminales y delincuentes que mantienen a la población y a los ciudadanos bajo vigilancia en sus barrios. Los delincuentes transforman las ciudades en cárceles controladas por ellos.

Tales situaciones aún no son consideradas alarmantes, toda vez que afectan más a los pobres, mientras los ricos se defienden con sus policías particulares en sus santuarios. Esta es la señal más visible de la irresponsabilidad de las clases dirigentes: entregaron las ciudades de los pobres a los delincuentes, comprándoles, de esa manera, su propia seguridad.

El grito por la libertad se levanta de los barrios y de las favelas transformadas en cárceles. Peor, son cárceles de las cuales no se puede huir: ¿para dónde ir si los dueños están en todas partes?

Jesús anuncia la liberación a los presos. No quiere decir con eso que la liberación vendrá por milagro sin la colaboración de los propios cautivos. Estos necesitan primero mantener y alimentar la esperanza de la libertad, y, después, aprovechar todas las brechas que la historia abre para conquistar esa libertad. ¡Dios ayudará!

(Publicado por Vida Pastoral, Sao Paulo, N.192, janeiro-fevereiro de 1997, traducido por Juan Subercaseaux y Leyla Reyes, Movimiento También Somos Iglesia-Chile”).

Revista “Reflexión y Liberación” Nº 77 / Mayo, 2008.

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