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«Amoris laetitia»: Una Exhortación con dos “almas” -- Jesús Mª López Sotillo

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Aunque lleva una sola firma, la del papa Francisco, la propia estructura de la Exhortación muestra que en ella laten dos “almas”. Un de ellas, lógicamente, es la del propio Papa, en sintonía con un grupo minoritario de los obispos que participaron en las sesiones de los dos Sínodos sobre la familia. Y la otra es la de la mayoría de los Padres sinodales, con cuyos votos fueron aprobadas la Relatio Synodi de 2014 y la Redacción final de 2015.
El “alma” del Papa, su “sentir” sobre las cuestiones que aborda la Amoris laetitia, aunque si se lee el texto con atención se comprueba que está presente de forma más o menos patente en casi todas sus páginas, se percibe, sin embargo, con mayor nitidez e intensidad en las siguientes partes de la Exhortación: en la Introducción En el Capítulo I. En los Capítulos IV y V. En el Capítulo VII. Y en el Capítulo IX.

El “alma” de la mayoría sinodal, su “sentir”, del que el Papa se hace portavoz y con el que a veces también se manifiesta en plena y explícita sintonía, se percibe de forma clara y especialmente intensa en el Capítulo II. En el Capítulo III. En el Capítulo VI y en el Capítulo VIII. Pero también en todos estos capítulos y particularmente en los dos últimos queda rastro, como ya he sugerido, del “alma” o del “sentir” del Papa, entreverándose con la voz de los Padres sinodales, matizando sus afirmaciones o añadiendo otras nuevas tanto respecto al análisis de la situación que ellos hacen como a la manera que tienen de interpretar la doctrina católica o a la manera de aplicarla en la acción pastoral.

UNA DESIGUAL Y MUY MATIZADA UTILIZACIÓN DE LOS TEXTOS SINODALES
La presencia de estos dos “sentires” se nota en el propio estilo literario de unos y de otros capítulos o de unas u otras secciones de los mismos, así como por el tipo y el grado de “comprensión” que manifiestan hacia las personas afectadas por los asuntos de los que tratan. Pero, sin necesidad de entrar en el análisis interno del texto, también queda puesta en evidencia por el número de referencias que el Papa hace en cada capítulo a la Relatio Synodi, elaborada y aprobada por los obispos al término del Sínodo de 20141 y a la Redacción final, elaborada y aprobada por los obispos al término del Sínodo de 20152. El uso que Francisco hace de estos documentos, como se aprecia con claridad en el balance que ofrezco bajo estas líneas, no es igual de intenso en cada capítulo, en algunos las citas de lo expresado por los Padres sinodales en sus escritos conclusivos son abundantes y en otros muy escasas. Destaca en este sentido el capítulo primero, que no contiene ninguna, pese a ser un capítulo muy importante pues anticipa de modo sintético lo nuclear de las enseñanzas que el Papa desea transmitir en su Exhortación.

Estos son los datos:
Preámbulo: La alegría del amor → 2 referencias
Capítulo I: A la luz de la Palabra → 0 referencias
Capítulo II: Realidad y desafíos de las familias → 28 referencias
Capítulo III: La mirada puesta en Jesús: vocación de la familia → 26 referencias
Capítulo IV: El amor en el matrimonio → 1 referencia
Capítulo V: Amor que se vuelve fecundo → 6 referencias
Capítulo VI: Algunas perspectivas pastorales → 35 referencias
Capítulo VII: Fortalecer la educación de los hijos → 7 referencias
Capítulo VIII: Acompañar, discernir e integrar la fragilidad → 23 referencias
Capítulo IX: Espiritualidad matrimonial y familiar → 3 referencias

En los Capítulos VI y VIII, en los que abundan, como se ve, las citas de la Relatio Synodi y de la Relación final, abundan también, y este es un dato muy digno de ser tenido en cuenta, las citas que el Papa introduce de intervenciones suyas hechas a lo largo de los tres años que lleva de pontificado. En el Capítulos VI se cita en trece ocasiones y en el Capítulos VIII en diecisiete. Al actuar de esta manera, como ya he indicado anteriormente, no se limita a dejar constancia del sentir de la mayoría de los Padres sinodales, haciéndolo suyo, sino que matiza, amplía o interpreta desde su propio sentir el contenido de lo que ellos han dicho. Pero no es sólo en estos capítulos en los que el Papa se cita a sí mismo. Esto es una constante a lo largo de toda la Amoris Laetitia y da testimonio de hasta qué punto ésta lleva su impronta, aunque ha permitido que en ella también pueda percibirse la que dejaron los Padres sinodales en la Relatio Synodi y en la Redacción final. De las 391 notas a pie de página que contiene la Exhortación 91 hacen referencias a otras tantas intervenciones suyas, un 23,27% del total. El capítulo que gana la partida en este sentido es el Capítulo V, con 27 citas de sí mismo y tan sólo 6 de los textos sinodales.

NUMEROSAS ALUSIONES A PERSONAS E INSTITUCIONES MUY DISTINTAS
Un repaso somero del resto de las notas de la Exhortación muestra que Juan Pablo II es la persona que más veces aparece citada en ellas, hay 45 referencias a pronunciamientos suyos, tanto orales como escritos. No debería de extrañar, pues una parte muy considerable de su magisterio tuvo que ver con estos asuntos, pero al comprobar qué aspectos del mismo son los que muestran esas citas, algunas muy breves, se percibe que son únicamente los que ponen el acento en las mismas cuestiones que preocupan al Papa y los que las analizan y abordan de forma parecida a la suya, dando la sensación de que existe continuidad entre sus enseñanzas y las de su predecesor3.

Después de Juan Pablo II, Santo Tomás de Aquino es, curiosamente, el autor más citado por Francisco, lo cita en 18 ocasiones. En 23 ocasiones hace el Papa referencia a textos del Vaticano II, sobre todo a textos de la Gaudium et Spes. A Benedicto VI lo cita 11 veces, diez de ellas por la encíclica Deus caritas est, la primera de su pontificado, que vio la luz el 25 de diciembre de 2005. Cita también 2 veces la encíclica Casti connubbi, publicada en 1930 por Pío XI. En una ocasión se refiere a la encíclica de Pío XII Mystici Corporis Christi, publicada en 1943. Y 2 veces alude también a la encíclica Humanae Vitae, que publicó Pablo VI en 1968.
Cita, además, documentos emanados de diversas Congregaciones o de diversos Consejos de la Curia vaticana, entre 2 o 3 veces, según cada caso. Se refiere asimismo a ocho Conferencias episcopales de diferentes partes del mundo, a las que cita una vez en cada caso. Y menciona a dieciséis personajes de diversa procedencia a título personal, desde San Agustín, el más antiguo, citado tres veces, a Mario Benedeti, pasando por Santa Teresa de Lisieux, la única mujer del grupo4.

Se podría analizar con detalle este elevado número de referencias y sería una investigación provechosa. Pero no me adentro en ella, sino que continúo mi exposición centrando la mirada en el contenido de las referencias que citan pasajes de la Relatio Synodi o de la Redacción final.

LA FAMILA: CÓMO LA VEN LOS OBISPOS. QUÉ DICE SOBRE ELLA LA IGLESIA
Escribe el Papa en las últimas líneas de la Exhortación, justo por encima de su firma con la que otorga validez al documento, que la da “en Roma, junto a San Pedro, en el Jubileo extraordinario de la Misericordia, el 19 de marzo, solemnidad de San José, del año 2016, cuarto de mi pontificado”5. Es lícito suponer a partir de tales palabras que no hay nada en la Amoris laetitia que él no haya querido que esté.

De donde cabe pensar que si incluye sin desautorizarlas, aunque las matice, las posiciones de la mayoría de los obispos que participaron en los Sínodos de 2014 y 2015 las hace también suyas. Sin embargo es un dato patente, del que, como ya he indicado, es signo y prueba el uso concreto que hace del contenido de sus dos Relaciones, que al menos en lo tocante al análisis de la situación y al modo de afrontar los problemas pastorales que plantea, no las comparte al cien por cien.. Esto hace que el texto de la Amoris laetitia sea no sólo muy largo y complejo sino también a veces ambiguo y hasta desconcertante.
En el Capítulo II, puesto bajo el título Realidad y desafíos de las familias, recogiendo las posiciones aprobados por la mayoría sinodal, a las que se refiere en veintiocho ocasiones, incluye el Papa y de algún modo hace suyo un análisis bastante crítico de la situación en que se encuentra actualmente todo lo que tiene que ver más o menos directamente con la familia.

En el Capítulo III, el titulado La mirada puesta en Jesús: vocación de la familia, aludiendo veintiséis veces al contenido bien de la Relatio Synodi o bien de la Relación final, muestra con claridad, y no se distancia de ellos, que la mayoría de los Padres sinodales en su valoración del estado en que actualmente se encuentra lo referente a la familia toman como criterio de comparación y juicio el modelo que sobre estos asuntos tiene y transmite la doctrina oficial de la Iglesia, tal como la presenta el Catecismo de la Iglesia Católica6 y tal como jurídicamente la articula el Código de Derecho Canónico7. Dicha doctrina, a la que la Amoris Laetitia, siguiendo en esto a Juan Pablo II, se refiere con la expresión “Evangelio de la familia”8, se apoya no exclusivamente pero sí fundamentalmente en Génesis 2,4-25 y en Mateo 19,1-12, leídos e interpretados ambos textos sin ningún tipo de análisis exegético previo. Sustentada, pues, en una lectura “literalista” de ambos textos bíblicos, la doctrina católica oficial, que la Exhortación recoge sin modificarla en ninguno de sus aspectos, resalta la idea de que Dios desde el comienzo del mundo expuso ya a la primera pareja humana cuál es su voluntad sobre estos asuntos (Gn 2, 4-25), voluntad que Jesús, su hijo amado, ratificó y revitalizó en su paso por la tierra (Mt 19, 1-12). Cinco son los grandes principios que la constituyen, y sobre ellos se alza el resto de la normativa que la complementa y articula. Los vemos expuestos a lo largo de todo el Capítulo III, aunque en el nº 77 los encontramos mencionados de forma sintética y conjunta9:

El instinto sexual, cuyo encauzamiento es capaz de proporcionar a las personas placer físico y espiritual, está presente en los seres humanos no como una pulsión que tiene sentido en sí misma, sino que está orientado a la consecución del objetivo por el cual Dios dispuso ue existiera: la perpetuación de la especie. No es, por tanto, moralmente lícito desligarla del fin para el que fue creada, ni darle salida fuera del único ámbito establecido por el Creador para hacerlo, el matrimonio sacramental.

La unión que el sacramento establece entre un hombre y una mujer debe ser única.
El uso y disfrute de la sexualidad por parte de los cónyuges deben estar siempre abiertos a la generación y al cuidado de una nueva vida.
Cada miembro de la pareja debe ser fiel al otro.
La unión entre ellos es indisoluble, mantiene unidos a los cónyuges hasta que la muerte los separe. No es moralmente lícito darla por rota ni permitir a los miembros de la pareja que, tras la ruptura del vínculo, rehagan su vida con otra persona en un nuevo matrimonio.

UN LARGO INTERLUDIO: AMOR QUE CRECE. AMOR FECUNDO
LOS CONSEJOS DEL PAPA PARA PRESERVAR LA INDISOLUBILIDAD
Tras la exposición y la reafirmación de estos grandes principios, la Amoris Laetitia, es decir, el Papa, nos da una sorpresa: no continúa, como cabría esperar, analizando y describiendo el modo como los obispos y los presbíteros han de afrontar las muy diversas y a veces muy complejas situaciones pastorales a las que han de hacer frente cuando acuden a ellos personas que quieren seguir participando plenamente en la vida de las parroquias o de las comunidades a las que pertenecen, aunque en su vivir cotidiano no siguen estrictamente el tipo de conducta que la normativa eclesial establece como consecuente con ellos, o cuando comprueban que millones de personas que se encuentran en situaciones de este tipo precisamente por tal motivo se alejan de la Iglesia o no se siente atraídas a acercase a
ella.

En lugar de tomar estos derroteros, Francisco abre un largo y muy significativo paréntesis, y en vez de continuar exponiendo el sentir del grupo mayoritario de los Padres sinodales sobre estos asuntos, dedica ochenta páginas, dos capítulos enteros, a hablar de “el amor en el matrimonio” (Capítulos IV), y de “el amor que se vuelve fecundo” (Capítulos V). Lo hace, pues, porque considera que “todo lo dicho no basta para manifestar el evangelio del matrimonio y de la familia si no nos detenemos especialmente a hablar de amor. Porque no podremos alentar un camino de fidelidad y de entrega recíproca si no estimulamos el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar” (nº 89).

El Papa, consciente, sin duda, de que sólo tiene tras de sí a un pequeño grupo de los obispos participantes en los Sínodos, y en línea con el deseo que manifiesta con frecuencia de introducir en el gobierno de la Iglesia un más alto y permanente grado de sinodalidad, no hace uso de la autoridad que posee para imponer sus criterios. Renuncia a dar un Magisterio que se distancie de la posición de la mayoría de los Padres sinodales. Pero, aunque él también los considera de procedencia divina, confirmada y reafirmada por Jesús, no presenta los grandes principios de la doctrina católica en torno al matrimonio como una ley estricta que hay que cumplir en todos sus detalles y con todas las obligaciones que conlleva, sino como un ideal hacia el que hay que tender para ir siendo cada vez de modo más palpable imagen, signo, sacramento, del amor gratuito y fiel con que Dios ama y cuida a sus criaturas en general y a los seres humanos en concreto, y también y muy especialmente del amor que en su propio ser interno se dispensan entre sí las tres personas de la Santísima Trinidad, amor que hace de ellas una sola realidad, fuerza creadora, redentora y santificadora. Así lo sintetiza y expone en el Capítulo I: A la luz de la Palabra. Y así lo desarrolla y detalla en el Capítulo IV: El amor en el matrimonio y en el Capítulo V: Amor que se vuelve fecundo.

Situado en esta perspectiva, en lugar de detenerse y de recrearse describiendo y condenando las conductas y las actitudes de los hombres y de las mujeres que no se ajustan a ese modelo, se centra en explicar detenidamente, con detalle y hasta con ternura, lo hermoso que es el ideal en torno al matrimonio que la Iglesia propone y en dar múltiples y muy minuciosos consejos para acercarse a él lo más posible, día tras día, a lo largo de toda la vida. Lo hace al comienzo del Capítulo IV, en el primer apartado, que lleva por título: Nuestro amor cotidiano. Le sirve de guía y de hilo conductor el llamado “himno de la caridad” que leemos en la Primera Carta a los Corintios (1Cor 13,4-7)10. A continuación, en el segundo apartado, Crecer en la caridad conyugal, expone y desarrolla una idea que considera muy importante.

Aunque llamado a durar hasta que la muerte separe a la pareja, el amor que les une no es necesario que ya reúna todas las cualidades descritas en las páginas anteriores en el mismo instante de la celebración del matrimonio ni que las conserve de modo constante, sin fluctuación alguna. Ponerse metas de ese tipo no tiene sentido, ya que nunca dejamos de ser criaturas imperfectas y frágiles. Exigirse tal grado de perfección y pretender que el cónyuge también lo alcance no es, a su juicio, una actitud elogiable, pues genera frustración y crea tensiones improductivas y, por lo tanto, innecesarias. El amor conyugal debe crecer, y en ocasiones repararse, para que no pierda vigor ni se extinga11. Y puede y debe ser, lo explica en el tercer apartado, un Amor apasionado, como dice el título de esta sección, un ámbito en el que se producen emociones, se goza, y se disfruta el regalo de la sexualidad, que el mismo Dios ha entregado a sus criaturas, sin violencia ni manipulación por parte de ninguno de los miembros de la pareja12. Los años, sin embargo, harán inevitable ir encontrando formas nuevas de gozar juntos, a medida que la juventud vaya dando paso a la adultez y ésta a la ancianidad, siendo éste también, a juicio del Papa, un hermoso reto13.

Terminada su descripción de cómo considera que ha de ser lo que llama “el amor en el matrimonio”, dedica todo el capítulo siguiente, el quinto, a hablar de cómo y en sentido ese “amor”, vivido y cuidado de la forma que acaba de exponer, necesariamente ha de ser un “amor que se vuelve fecundo”.
Fecundo porque genera y cuida a los hijos que la unión de la pareja sea capaz de traer al mundo14. Fecundo porque en algunos casos los cónyuges son capaces de acoger generosamente en el seno de su familia niños adoptados15 y porque sus preocupaciones no se limitan a las que tienen que ver con el ámbito doméstico, sino que se amplían, tomando como asunto que también les atañe el sufrimiento de los pobres, al que en la medida de sus posibilidades contribuyen a poner remedio16. Fecundo, finalmente, porque el pequeño núcleo familiar no se aísla de la familia ampliada, donde están los padres, los tíos, los primos e incluso los vecinos, sino que también está atento a la ayuda que puedan demandarle y se muestra dispuesto a ofrecérsela17.

LA PROPUESTA PASTORAL DEL PAPA ANTE LAS SITUACIONES IRREGULARES
No ignora el Papa que el ideal que describe dista mucho de ser un estado de cosas común en el mundo actual. Sabe que no lo es ni siquiera entre quienes han recibido el bautismo y se declaran católicos. Pero no se limita a reseñar y criticar los múltiples ejemplos de ello repitiendo una y otra vez que las personas que no se ajustan a tales parámetros viven en una pecaminosa situación irregular de la que cuanto antes deberían salir.
Sabe que muchos de los obispos que han participado en los dos Sínodos sobre la familia tienden a adoptar esa actitud. Considerando que los cinco grandes principios de la doctrina católica sobre el matrimonio son expresión clara de la voluntad divina, consideran, asimismo, que en razón de su origen son también auténticas leyes morales de obligado cumplimiento por parte de todos los seres humanos, a quienes hay que dárselas a conocer, manifestándoles con claridad que tienen el deber de respetarlas. Es una tarea de la que, a su juicio, la Iglesia no puede desentenderse, y menos aún pueden hacerlo los pastores que Dios ha elegido para gobernarla.

Llevarla a cabo nunca ha sido fácil, pero más difícil es hoy en día, cuando son muchos millones de personas los que conociendo lo mandado no tienen intención alguna de cumplirlo. El problema, piensan estos obispos, es grave en sí mismo, pues habla de hombres y mujeres concretos que, asentados en una o varias de las muchas situaciones irregulares posibles, viven desde el punto de vista de la doctrina eclesial en pecado, pero lo es también por esas enormes dimensiones que ha adquirido. Piensan que deben contribuir a que tal estado de cosas cambie y que forma parte de dicho deber el denunciar una y otra vez lo errado del mismo y la culpa que asumen quienes lo fomentan o se amoldan tranquilamente a él

El Papa, que también contempla con preocupación la falta de acogida teórica y práctica que tiene hoy en día la enseñanza católica sobre el matrimonio y la familia, no considera, sin embargo, que ese sea el mejor y el más eficaz modo de proceder. Más aún, en el Número 305 de la Exhortación lo critica de forma clara y contundente:
“Por ello, un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones «irregulares», como si fueran rocas que se lanzan sobre la vida de las personas. Es el caso de los corazones cerrados, que suelen esconderse aun detrás de las enseñanzas de la Iglesia «para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas »18.

Lo que él propone a los obispos y a los presbíteros queda expuesto en el muy importante y polémico Capítulo VIII: Acompañar, discernir e integrar la fragilidad19. Aunque incluye veintitrés referencias a los dos textos sinodales, es su voz mucho más que la de los obispos la que se deja sentir a lo largo de todas las páginas que lo contienen, y no solo porque en diecisiete ocasiones traiga en apoyo de lo que va exponiendo palabras suyas pronunciadas con anterioridad, sino porque el propio estilo del texto lo delata. Lo delata incluso el título de los cinco apartados en los que está dividido:
Gradualidad en la pastoral.
Discernimiento de las situaciones llamadas «irregulares».
Circunstancias atenuantes en el discernimiento pastoral.
Normas y discernimiento.
La lógica de la misericordia pastoral.

En lugar de la condena sin atenuantes y de la simple y urgente llamada al cambio de postura, pide a quienes han de afrontar estos asuntos en el día a día de su acción pastoral, obispos y sacerdotes, que analicen los motivos que llevan a cada persona concreta al alejamiento del ideal católico sobre la familia, que tomen en consideración el contexto en que cada una de ellas ha adoptado tal proceder, las circunstancias que han influido o siguen en influyendo en su decisión. Quiere que cada hombre o cada mujer que se encuentra en una de esas “situaciones irregulares” sienta que la Iglesia le tiende la mano, que le ofrece alguna posibilidad de mantenerse en su seno o la de volver a él, participando en su vida interna de forma activa y útil, según los modos que se considere justo y conveniente. Esta es, sin duda, la parte más novedosa de la Amoris laetitia, pero también por varios y contrapuestos motivos la más polémica. En el nº 296 queda expuesto de forma especialmente clara el pensamiento del Papa:

“El Sínodo se ha referido a distintas situaciones de fragilidad o imperfección. Al respecto, quiero recordar aquí algo que he querido plantear con claridad a toda la Iglesia para que no equivoquemos el camino: «Dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar […] El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración […] El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero […] Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita»20. Entonces, «hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición».”21

A MERCED DEL DISCERNIMIENTO CLERICAL. UNA “SOLUCIÓN” POLÉMICA
Sabe el Papa, como ya he indicado más arriba, que no existe consenso episcopal suficiente para modificar el Magisterio eclesial en torno a estos asuntos, aunque sea un hecho cierto, al que no alude, que entre los fieles católicos una amplia mayoría lo cree necesario, como una y otra vez señalan los estudios sociológicos cuando exponen los resultados de sus investigaciones y de sus encuestas. La escucha de las intervenciones de los obispos a lo largo de las sesiones de los dos Sínodos sobre la familia le ha permitido comprobar que no hay entre ellos ni siquiera consenso sobre que exista, al menos en teoría, la posibilidad de introducir cambios en dicho Magisterio

No tarda mucho en reconocerlo y declararlo. Lo hace en el preámbulo de la Amoris laetitia, en el segundo párrafo. Anuncia que el debate sigue abierto y a la espera de que acabe produciendo mayor claridad: “La complejidad de los temas planteados nos mostró la necesidad de seguir profundizando con libertad algunas cuestiones doctrinales, morales, espirituales y pastorales. La reflexión de los pastores y teólogos, si es fiel a la Iglesia, honesta, realista y creativa, nos ayudará a encontrar mayor claridad”22. Consciente de que al decir esto puede frustrar las expectativas de renovación que muchas personas habían puesto en el resultado de las deliberaciones episcopales y en la doctrina que él pudiera proclamar al término del Sínodo de 2015, un poco más adelante manifiesta “que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales”23. Y en el Capítulo VIII, cuando está hablando del “discernimiento de las «situaciones irregulares»”, justifica por qué en torno a ellas no se ha producido una intervención de este tipo:

“Si se tiene en cuenta la innumerable diversidad de situaciones concretas, como las que mencionamos antes, puede comprenderse que no debía esperarse del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos” 24.

Pero, aunque no lo dice de forma explícita, le resulta difícil ocultar que no acepta resignadamente que la falta de un consenso amplio entre los obispos frene su deseo de cambiar la práctica de la Iglesia en estos asuntos. Más aún, no se está dispuesto a dejar de hacer algo que contribuya a conseguirlo. Renuncia, pues, a renovar de momento el Magisterio sobre la familia y con ello a que el Código de Derecho Canónico incluya entre sus cánones las directrices que pudieran emanar de ese Magisterio renovado, pero concede a los obispos y a los sacerdotes la prerrogativa y les encomienda la misión de que en su trato directo con personas que se encuentran en situaciones irregulares disciernan en cada caso cuál ha de ser la postura que mejor conviene tomar ante ellas, procurando siempre tratarles con misericordia. No dice, sin embargo, cuáles son las ofertas concretas que en este sentido pueden hacérseles.

Estas disposiciones del Papa han levantado mucho revuelo entre los sectores más “tradicionales” de la Iglesia. Ven en ellas una relativización de la verdad objetiva de los principios morales. Ven, el fomento, urgido por el propio Pontífice, de la práctica de una moral de situación. Puede ser cierto lo que dicen, pero eso no indica que las disposiciones sean por ello malas. Quiere con ellas Francisco, no hay duda al respecto, que quienes se encuentran en situaciones irregulares, que muy frecuentemente son también personas que pertenecen a los sectores más sufrientes de la sociedad, encuentren en los obispos y en los sacerdotes un trato más amable y comprensivo. Y esto es digno de elogio. El problema es que, al no haber cambiado ni la doctrina ni la ley, al haberse limitarse a dejar a criterio de los obispos y de los sacerdotes el hacer una lectura y un uso magnánimo de las mismas, puede ocurrir que el resultado que se produzca a raíz de la publicación de la Amoris laetitia no sea el que espera, pues establece un régimen de discrecionalidad que puede ir o no en favor de los afectados. Y, además, no ha establecido ningún mecanismo que, en caso de no recibir un trato amable por parte del obispo o de los sacerdotes bajo cuya jurisdicción se encuentran, les permita legalmente acudir a otros que sí se lo proporcionen.

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