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Algo sobre la compasión y la sabiduría. Reflexiones sobre la compasión real o auténtica y sobre la sabiduría, que siendo el amor lo engendra. (Jesús de Nazaret y el Vedanta Advaita) -- José Antonio Carmona

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Teófilo

El movimiento del 15-M, señal fecunda de la vida que hay en la sociedad, pese a las limitaciones y fallos del mismo, algo propio de todo lo humano, ha vuelto a poner en primera línea de la conciencia colectiva algo que en Occidente ha olvidado, o casi, la mayoría: cada día hay mucho sufrimiento injusto (¿Hay algún sufrimiento justo? Se ha de pensar en ello) que padecen miles de millones de personas. ¿Qué hacer al respecto?

Me importa mucho la situación del mundo, la situación de la humanidad, los tremendos problemas económicos de la zona capitalista -la tan cacareada crisis producto de la avaricia humana y de la falta de amor-. Me importa muchísimo más la hambruna que padece una gran parte de los pueblos de la tierra a causa de esa misma avaricia de los hombres y del odio entre ellos, las guerras incalificables, la fabricación sistemática de armas, la explosión demográfica incontrolada -el sexo en el ser humano no es mero instrumento de reproducción, es mucho más-, el terrible deterioro medioambiental producto de la ambición del hombre “civilizado”, el poder destructivo que está en manos de unos pocos -y algunos de ellos nada sensatos-, la violencia de todo tipo, la corrupción que campa a sus anchas y nos corroe, la hipocresía y la mentira que hacen gala de carta de ciudadanía, o peor, sobre las que estamos edificando la sociedad, las instituciones religiosas, políticas, deportivas…

Una visión realmente aterradora, catastrófica, apocalíptica, mas por desgracia objetiva, ésta del mundo actual y, pese a ello, sigo confiando en el Espíritu, en el Hombre, en el Cristo que somos todos -hasta el dogma católico habla del Cuerpo Místico-, aunque lo ignoremos o lo neguemos. Ante todo esto no puedo permanecer indiferente y busco tomar una actitud fundada en la Sabiduría.

Mis dos principales fuentes de inspiración (in-spiritu: meter dentro al Espíritu, dejarse inundar por él) son una: La Sabiduría, que encuentro fundamentalmente en los Evangelios que me regalan a “el Cristo” en los años que pasó como Jesús en la tierra, y en el Vedanta Advaita- el final de los Vedas-, sabiduría -no mera doctrina- milenaria de la no-dualidad.

El Cristo: Misterio de Amor que se nos manifestó de forma especial, no única, durante unos años en aquel individuo histórico llamado Jesús. La visión que tenía Jesús en el tiempo, el Cristo fuera del mismo, ha llegado a nosotros muy lastrada y deformada. Se ha hecho uso y abuso de su nombre para justificarlo todo, incluidos los crímenes más nefandos. Dice Nolan que “a Jesús se le ha honrado y se le ha dado culto más frecuentemente por lo que no significaba que por lo que realmente significaba” (¿Quién es ese hombre? Introducción).

Y las instituciones que se autodenominan cristianas apelan a su nombre para justificar aquellas cosas a las que él más se opuso, por ejemplo: la iglesia como institución de poder, el sacerdocio institucional, que trata de fundamentar la institución en 1 Cor -haced esto en memoria mía- y en la Carta a los Hebreos, una moral legalista que cuenta poco con el hombre y basada en una antropología simplona, una colección de dogmas que son muestra de la falta de verdadera Fe, un afán de poder -que es lo único que importa a la iglesia en palabras del mismo Congar- en clara oposición a aquel que murió crucificado…

El cristianismo, no sólo el catolicismo, no puede arrogarse la posesión exclusiva de Jesús, el Cristo. El Misterio es de toda la humanidad, y no ha de ser visto necesariamente como Jesús. No debemos seguir hablando sobre él, pues diremos necesariamente lo que nosotros pensamos que es él. Oigamos lo que él dice. “Pensemos” al Jesús que fue (es) antes de que lo pensaran los cristianos: sus seguidores. ¿Cómo era ese Jesús, a quien conocieron los apóstoles, antes de que lo interpretaran? ¿Qué es lo que Jesús esperaba conseguir para la gente con la que vivió? ¿Y qué gente era aquella?

Para ello, situémoslo en su ambiente socio-político-cultural y en su tiempo. Por cierto un tiempo social muy similar al que vivimos hoy. Un momento de una crisis existencial muy profunda. Como la de nuestros días en la que la humanidad no sabe a dónde va, ni siquiera a dónde dirigir sus pasos.

Cuando nació Jesús hacía unas docenas de años que los romanos habían colonizado Palestina. Al frente pusieron gobernantes nativos -Herodes, Arquelao, Antipas…-, al final tuvieron que deponer a Arquelao y pusieron un romano de procurador. Es ésta la época en que vivió Jesús -en la fe religiosa cristiana: la plenitud de los tiempos-. La opresión romana dio pie a una rebelión de los judíos escarmentada con sangre, pero no anulada. Los rebeldes fueron llamados Zelotes. La sociedad estaba compuesta, como casi todas las sociedades en la historia, por grupos organizados, movimientos, clases sociales y masa.

Los grupos organizados

Los Zelotes: éstos se apoyaban en su interpretación literal de las Escrituras: no acataban más rey que Yahveh, Israel era la nación escogida como pueblo de Yahveh y a él sólo pertenecían. Aceptar el dominio de los romanos habría sido una traición herética. Los zelotes eran fieles judíos, celosos -zelotai: los llenos de celo- de la ley y convencidos de que la tenían que defender con la violencia. Ya sabemos que muchos pensaron que Jesús sería un buen cabecilla para ellos. “El celo de tu casa me devora” Salmo puesto en el corazón de Jesús por el IV evangelio (Jn 2,17).

Los Fariseos: tampoco éstos aceptaban la autoridad de Roma, al menos no prestaron fidelidad al César, pero no eran partidarios del uso de las armas contra los romanos -por puro sentido práctico, constituían una ínfima minoría contra ellos-. Dirigieron su atención a la reforma del mismo pueblo de Israel. Yahveh los había abandonado en manos de los romanos porque habían sido infieles con respecto a la ley y las costumbres del pueblo. Formaron verdaderos guetos, comunidades totalmente cerradas con una moral legalista, burguesa y basada en la recompensa y el castigo (¿nos suena?), Yahveh amaba a los cumplidores de la ley y los premiaba, a los que no lo eran los castigaba. La palabra Fariseo -perushim- significa: “Separados”. Ellos eran los santos, el verdadero resto de Israel del que habla Isaías. Sus interpretaciones de las Escrituras se impusieron entre los judíos. Creían que un futuro Mesías que les iba a librar de los romanos, en la resurrección…

Los Esenios: el significado del nombre es discutido, puede ser que sea “santos”, eran los perfectos, ascetas y eremitas del desierto, célibes, separados de la sociedad. Su moral era aún más externa que la de los fariseos. Meticulosamente obsesionados con los ritos de purificación legales. Rechazaban a todo el que no fuera esenio, que no fuera hijo de la luz como se consideraban ellos. Sólo ellos formaban el resto de Israel. Convencidos como estaban de la proximidad del fin del mundo practicaban una disciplina muy rigurosa. Eran totalmente apocalípticos. Muy parecidos a los zelotes en su amor por la violencia para defender sus valores, pero “aún no había llegado la hora” para ellos. Aguardaban el día del Señor. Eran fariseos extremistas y proclives a la violencia armada. Su existencia como secta comenzó en el siglo II a. C. después de los Macabeos, y acabaron muertos casi todos junto con los Zelotes en Masada.

Muchos románticos y postrománticos religiosos, así como miembros de la Nueva Era tratan de mostrarnos a Jesús como un Esenio, hijo de la luz. Es cierto que muchas de las ideas de estos aparecen en las predicaciones del Nazareno en los evangelios, pero otras muchas están en oposición frontal a lo que esenios dicen: Jesús estuvo al lado de los marginados -contaminados para los esenios-, se opuso a todo tipo de violencia, consideró a la mujer en igualdad con el varón, no se sometía porque sí a las purificaciones legales (las espigas arrancadas en sábado, el hombre del brazo atrofiado, corazón quiero y no sacrificios…). Y claramente afirmó que la ley es para el hombre y no a la inversa, su moral no tiene nada de externa ni de legalista,…

Los Saduceos: conservadores a ultranza. Rechazaban cualquier novedad en las creencias y los ritos -¿No recuerda el “Nihil innovetur nisi quod traditum est”?-. Nada de otra vida, nada de resurrección, eso eran esnobismos, todo se daba en esta vida. Por descontado que colaboraban con los romanos, «había que mantener la situación del statu quo». Enemigos acérrimos de Zelotes y Esenios. Formaban la aristocracia acaudalada. Entre ellos estaban los sumos sacerdotes y los ancianos, mas éstos no pertenecían a la casta de los sacerdotes. Era la clase alta dirigente.

Y junto a estos grupos religiosos que nutrían los pilares de la sociedad judía estaba la masa de los desheredados, los contaminados legalmente, las mujeres sometidas a los varones y a la ley, el pueblo que se había de someter a todos los preceptos de la ley, hasta los más mínimos. Ley llena de formulismos, de gran olvido del hombre, cargada de externalidad, de prescripciones absurdas y alienantes… Aunque de vez en cuando se había alzado en el pasado la voz de un profeta, cuando nació Jesús hacía ya siglos que no se había alzado ninguna voz profética. Y los judíos se dormían en la letra de las Escrituras

En esta época de Jesús abundó la literatura, derivada de los asideos -hasidim- quienes mantenían la fidelidad a las Escrituras frente a las ideas helenistas, llamada “apocalíptica”. De ella participaron los Esenios y textos de los sinópticos. Preconizaba sobre el final de los tiempos con la pretensión de que Dios les había revelado a ellos los acontecimientos por venir. El estar sometido a los romanos fue un detonante para esta literatura ya contenida en germen entre los hasidim. Israel, un pueblo muy soberbio, buscaba una interpretación al hecho de la dominación de Roma y esperaba el final de la misma que vendría de manos del Mesías. Algunas de sus visiones hicieron mella entre los judíos sin excepción, incluidos Juan el Bautista y Jesús.

Dice Schillebeeckx en su magna obra Jesús, historia de un viviente: “no se puede negar históricamente que tanto la comunidad Q como Mateo y Lucas interpretaron la actividad de Juan Bautista y de Jesús -y de la propia comunidad cristiana- a la luz de los movimientos asideos (los hasidim o piadosos) de metánoia, penitencia y conversión ya existentes en el judaísmo”. Estos movimientos eran marcadamente escatológicos.

Junto a estos grupos que podríamos llamar especializados, con un cierto nivel cultural, con unos objetivos o poder, convivía la masa popular compuesta por los «pobres y los oprimidos», como anteriormente se ha dicho. Éstos formaban el verdadero pueblo de Israel, ellos hacían -no escribían- la historia del pueblo. Los libros de historia apenas dicen nada de los verdaderos protagonistas de la misma, ni del sufrimiento que la constituye.

Dentro de esta masa popular estaba
El conjunto de “los pobres de la casa de Israel” formado por los económicamente pobres y por los oprimidos. Pobres eran los mendigos que tenían que recurrir a lo que los otros les dieran para poder subsistir, pues por sí mismo no podían encontrar un trabajo a causa de su estrato social: los legalmente contaminados, los enfermos, los nacidos con un defecto físico -ciegos, cojos, mancos, mudos…-. Hay que tener en cuenta que no existían hospitales, seguridad social, beneficencia. También estaban entre los pobres las viudas y niños y cuantos no tenían quien se ocupara de ellos. Además habría que contabilizar igualmente entre los pobres a los campesinos que apenas trabajaban por falta de faena, a los esclavos…

A la falta de medios de subsistencia que padecían hay que añadir la vergüenza que sufrían. “Y mendigar me da vergüenza” (Lc 16,3). Entre nosotros el oprobio es importante pero en el mundo de Israel lo era más aún: El pobre estaba en el nivel más bajo de la sociedad, y esto en una teocracia supone una marginación muy importante, tanto que es una marginación total.

Otra clase social perfectamente delimitada era la de “los pecadores” (que tantas veces fueron antepuestos por Jesús en su vida y en sus palabras a los fariseos). Los primeros eran los que tenían una profesión impura: prostitutas y publicanos (recaudadores de impuestos). Excluidos totalmente de la sociedad, estigmatizados. También los que no pagaban a los sacerdotes el diezmo, los que descuidaban la pureza ritual… los carentes de formación que no podían conocer la Escrituras (conocerlas era estar formado) por lo que no podían ser morales sino impuros. Había una plebe que no entendía la ley (Jn 7,49), que estaba maldita.

Por otra parte ser pecador era cuestión de nacimiento o de ¡voluntad de Dios!, pues para el pecador no había salida salvo la purificación ritual y la expiación, pero estas costaban dinero y el dinero conseguido con el pecado no podía servir para pagar la purificación… No había solución para el pecador.

En este mundo de marginación ocupaban un lugar prominente, de mayor marginación si cabe, los enfermos y “los poseídos por espíritus inmundos”. Eran la personificación del mal. Si alguien sufría, decían, es porque había pecado, había faltado a la ley, él o sus antepasados. En cuanto a los casos considerados de posesión diabólica estaban en el nivel ínfimo. Lo que en nuestra mentalidad sabemos que son problemas de tipo psíquico, los judíos con su visión teocrática y pobrísima los veían como casos de posesión. En función de cómo actuara una persona se consideraba si estaba, o no, poseída por un espíritu: si su actuación era normal, no había posesión, si era anormal buena, estaba poseída por un espíritu bueno, si mala, por un espíritu malo o demonio. Cientos de males físicos – sordera, ceguera, cojera…- y psicosomáticos -parálisis, epilepsia…- eran considerados como obra de malos espíritus. Todo un mundo de ignorancia, superstición, legalismo, esclavitud, pobreza…y opresión.

También había una “clase media” formada por profesionales, artesanos (faber), pescadores, mercaderes… y de ésta procedía Jesús.

En medio de esta sociedad convulsa, cerrada sobre sí misma y sobre su pasado, que no daba respuesta al hombre. Falta de amor y cargada de legalidad. Una sociedad que no encontraba sentido a su propia existencia, aparecieron varones -la mujer no contaba para nada- que no se alinearon con nadie, con ningún grupo y proclamaron con sus vidas y sus palabras un sentido, un camino, una metánoia: un cambio de dirección. Apareció Juan Bautista, el profeta, un profeta apocalíptico, que anunciaba la destrucción (Mt 3, 7-12 y par), no la predecía -la profecía no es una predicción, sino una advertencia-.

Simplemente advertía que el final de aquel camino por el que se deslizaba Israel sería la destrucción del mismo Israel y que por lo tanto había que “enderezar las veredas” (Lc 3, 4). Que Yahveh estaba indignado con su pueblo y pensaba castigarlo, pues ya “tenía el bieldo en la mano para aventar la paja” (Mt 3, 12 y par). Como solución predicaba el arrepentimiento de los pecados y el cambio de conducta, simbolizados en el bautismo. En qué consistía este cambio de conducta queda bien reflejado en Lucas 3, 7-20: Una moral social ya predicada en los profetas. Su palabra de amenaza y de perdón iba dirigida a todo israelita sin excepción, a todo el pueblo, no a los iniciados o elegidos en exclusiva como hacían los esenios, algo que lo hacía distinto a cuanto le rodeaba y mucho más a la visión oficial.

Jesús no se alió con ninguno de los movimientos que pululaban por Israel, pero sí que se sintió impresionado por Juan Bautista. Sencillamente se acercó al Jordán para ser bautizado por Juan (Mt 3, 13). Si examinamos con tranquilidad los textos de los evangelios, podremos comprender fácilmente que Jesús si situó en la línea de lo predicado por Juan. Jesús sufría por la situación de su pueblo (Lc 19, 41), le preocupaba la dominación romana sobre Israel, le preocupaba muchísimo las injusticias que sufrían los marginados, los pobres y pecadores. Él también habló en varias ocasiones influido por su visión apocalíptica, -no predijo el futuro, no hay escriturista hoy que lo admita, sino que advirtió con vaguedades e incluso errores (Mt 24, 34).

Ya los cristianos de las primeras generaciones estaban preocupados por lo que tardaba en llegar la parusía (2Pe, es el tema de la carta). No se cumplía lo que los evangelistas escribieron que había dicho Jesús. – diciendo que los romanos destruirían Jerusalén, y lo hizo con muchos más detalles que Juan (Lc 19, 43-44. 21 20-23 y par), pero en sus palabras siempre estuvo la advertencia de que todo esto sucedería “si no os enmendáis” (Lc 13, 3) o “porque no reconociste la oportunidad que Yahveh te daba” (Lc 19,44). Ya sabemos que en varias ocasiones los evangelios nos dicen que Jesús lloró sobre Jerusalén (Lc 19,41 y par) y veía tan inminente la destrucción de la ciudad santa que aconseja a la gente que huya a la sierra, a que se marchen del la ciudad «¡Ay de las que estén embarazadas y amamantando en aquellos días!…» (Lc 21, 21…).

Jesús sintió Compasión, que es Amor, por su pueblo y para librarlo de la injusticia que padecía lo llamó a una Fe que es Metánoia. Y sencillamente, pasó haciendo el bien. No organizó ningún partido político, ninguna estructura ni jerarquía de poder (dominio) entre los hombres, ninguna iglesia (otra cosa es lo que hicieron algunas comunidades cristianas posteriores, no todas), sino que vivió el Reino y lo predicó.

Hoy existen muchas personas que viven y siguen predicando el Reino desde situaciones y posturas muy plurales, no tengo más que levantar la vista de este escrito y mirar a mis antiguos y mis actuales compañeros que están realizando una verdadera compasión -en el sentido que explicaré- entre nuestros hermanos, por eso sigo teniendo mucha esperanza en el Hombre, esperanza no tanto en lo que pueda suceder en el mañana, sino en lo que se está viviendo y haciendo hoy, aunque no salte a la vista. ¿Acaso sólo el mal es motivo de noticia en los medios de comunicación? Ya lo sabemos.

Jesús tuvo compasión de sus hermanos, los amó (se vivió uno con ellos) y por eso los llamó a la conversión (cum-versus = la interiorización), a la metánoia, a la Fe. Veo en esta actitud del Nazareno la misma línea de espiritualidad de la que hablan los Vedas y el Vedanta – y todas las corrientes de Sabiduría del mundo: desde el Tao hasta Vicente Ferrer-. Los evangelios nos hablan de esta actitud de compasión de Jesús (Mt 9,36. 14,14. Mc 6,34. Lc 7,13). Y lo mismo de la exigencia de la FE: el conocimiento que lleva a la conversión, al cambio de sentido en la vida (Mt 9,8. Lc 7,48…y passim).

Nuestra visión de lo que es tanto la compasión como la fe es totalmente deudora de la doctrina cristiano-católica sobre las mismas. Y la doctrina cristiano-católica les ha dado un barniz de superficialidad tan fuerte que han perdido todo significado de profundidad. Profundidad que claramente tiene la actitud de Jesús con los pobres de la casa de Israel. Lo malo de la doctrina es que no hace sino interpretar la vida intelectualizándola, haciendo que deje de ser vida y se convierta en objeto conceptual, en escayola que impide el movimiento.

Jesús no nos enseña ningún dogma, ninguna doctrina -la doctrina mata la verdad, dice Krishnamurti- sino que viene a recordarnos: “Misericordia quiero” y a afirmar a los que se curan “es tu fe la que te salva”. Misericordia: Compasión: Amor. Fe: Sabiduría: Conocimiento que salva. Nunca nos pidió a sus hermanos: “Creed que Dios es Uno y Trino”, “Creed que yo soy Dios como lo es Yahveh” sino que nos encomendó: “Amaos unos a otros”.

La espiritualidad oriental (Los Vedas, el Vedanta advaita, el Zen…) es experiencia espiritual, no es ninguna doctrina, aunque tiene alguna -una doctrina mínima es necesaria, algo similar, por ejemplo, (no idéntico) a lo que sucede con los billetes y monedas, son necesarios para comprar comida pero no son comida, y al comprarla nos desprendemos de ellos. ¿Nos alimentaríamos de billetes? La doctrina no es la Verdad- y por eso a las fuentes de esa espiritualidad me voy a referir para poder ver con algo de claridad qué es la Compasión y qué es la Fe.

El camino descendente y el camino ascendente.
La enseñanza de la teología católica ortodoxa nos habla de un Dios, Padre, creador omnipotente que se acerca a la tierra y a la humanidad en la plenitud de los tiempos en la “naturaleza humana” -no la persona- de Jesús de Nazaret, quien fue crucificado para redimirnos de los pecados, y, resucitado subió a la diestra del Padre. Una vez allá envió al Espíritu.

Esta base dogmática del cristianismo hace exclamar a Agustín de Hipona: “Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios”. Algo parecido y muy distinto a la vez es lo que propone la visión del Vedanta Advaita, visión que no es más que un intento de poner al alcance de todos la profunda experiencia (el conocimiento inmediato y por lo mismo evidente, no el conocimiento demostrado, ni el explicado) espiritual vivida a lo largo de siglos. Y la expone, claro está, en forma de mito. Este mito es solamente la forma de ilustrar lo que es: cómo parece que el Universo juegue al escondite. Si nos quedamos en la letra no podremos entender nada, exactamente lo mismo que con todos los mitos que han servido y sirven como medios de trasmisión de lo que no puede ser trasmitido por la palabras.
Lo que nos transmite esta visión es que el Insondable, el Absoluto se multiplicó permaneciendo Uno para que los múltiples desandaran el camino de la multiplicidad y tomasen conciencia de que en verdad no son múltiples, sino Uno (Uno no en cuanto opuesto a muchos). La multiplicidad es apariencia. La realidad es el Uno-sin segundo.

Esta visión que nos puede sonar a infantilismo o simplemente sonar a nada, responde, sin embargo, a una visión mantenida a lo largo de toda la historia del pensamiento y más aún de la mística. Esta dimensión espiritual conlleva una visión holoárquica.“El hecho es, nos dice Wilber, que el sustrato cultural de la mayor parte de la historia de la humanidad contiene algún tipo de Holoarquía”. Es cierto que esta visión holoárquica murió en Occidente cuando la Modernidad se empeñó, y lo consiguió, en que no se aceptara más conocimiento que el empírico estrecho y monológuico. El conocimiento de las ciencias estrictas.

Hoy impera en nuestra universidades esta concepción, no digamos en las pocas difusiones que de lo científico hacen los medios televisivos. Con ello hemos conseguido, en general, un mundo sin profundidad, sin calidad, sin esperanza, apegado al dinero, dependiente de los mercados bursátiles, indiferente al sufrimiento de los demás… sin interioridad. Pero hay muchos grandes pensadores que vuelven hacia la profundidad, hacia lo holoarquía, hacia el valor de lo interior…Y el hombre sigue preguntándose a sí mismo.

Esta Holoarquía que ya se planteó en el Tao, en las Upanishads, en Platón, en los Evangelios (el amor y el hombre por encima de la ley), la presentó de forma estructurada ya Plotino, uno de los místicos menos conocidos en el cristianismo hoy y de enorme influencia en Agustín, el neoplatónico más ilustre de la teología cristiana, en las Enéadas (que sabemos escribió su alumno Porfirio), una Holoarquía que va desde la Materia y las funciones vegetativas hasta el Uno Absoluto, pasando por las sensaciones, percepciones, emociones, conceptos… alma, nous, Uno Absoluto. Toda Holoarquía, o lo que es lo mismo, organización de la realidad que conlleva una arjé (la aceptemos como sagrada o no), supone necesariamente dos direcciones en la misma: de la Materia hasta el Absoluto y del Absoluto hasta la Materia, lo que diríamos en terminología católica: de la creación hasta Dios pasando por el hombre, y a la inversa. El camino de la Materia al Absoluto es el camino ascendente, y el del Absoluto hasta la Materia es el descendente, en otras palabras: transcendencia e inmanencia. La transcendencia es Sabiduría y la inmanencia Compasión.

La historia de la humanidad está llena de movimientos que se han alineados a un lado u otro de estas dos direcciones. Los ha habido intramundanos, negando cualquier otro aspecto de la existencia: tenemos ejemplos a raudales al alcance de nuestras manos, Freud, Marx, cientifismo, partidos políticos… sociedad del consumo. Hay instituciones religiosas que realmente carecen de un sentido de la transcendencia por mucho que en sus palabras (vacías las más de la veces: “por sus obras los conoceréis”) se la nombre, solamente parece importarles de hecho el poder como dominio. Y movimientos totalmente ultramundanos, evasivos de esta realidad relativa en la que estamos y que somos en nuestra propia dimensión como personas individuales, como egos, evasivos de esta sociedad que igualmente somos, aunque no sea permanente, ni tampoco sea el sustrato del Ser. Es un reduccionismo muy sutil en el que es muy fácil caer.

El camino descendente nos lleva al Amor del que nos habla Jesús, del amor que fue él, o lo que es lo mismo, a la Compasión en la que insiste el Vedanta (de hecho en esta visión es la Compasión la que impulsa al Bodhisattva permanecer en reencarnaciones continuas hasta que todo llegue a la iluminación). Compasión que nosotros hemos descafeinado y la hemos llamado compromiso intentando despojarla hasta de su piel. Compasión, del griego sym-pathô significa literalmente tener la misma experiencia (la misma, no similar), tener una experiencia común -una sola experiencia-, o sea la misma vida, pues la vida la vemos como el conjunto de todas las experiencias. Y esas experiencias no podrán nunca ser las mismas, si no se da una sola vida en todos, lo que es obra del Amor: “es Cristo quien vive en mí”.

El Amor, la Compasión no es simplemente ponerse en el lugar del otro, sino ser un nosotros, mejor, ser YO. Llamar compromiso (prometer, dar la palabra… ¿y dónde están todos los compromisos que se hacen en nuestra sociedad?) a la Compasión es externalizarla, no haber entendido lo que es. La visión Vedanta no es una fruslería, es muy profunda, muy seria: la visión que tenemos heredada de nuestra cultura ¿cristiana? es superficial.

Y Jesús se compadeció de aquella gente, sintió compasión, fue Compasión, vivió su situación-la de ellos- no como si fuera la suya, como si fuera propia, sino sencillamente la vivió porque era propia. Su compasión era auténtica, no esa lástima que sentimos a veces y a la que llamamos compasión. Lástima que a nosotros nos sitúa un grado por encima del miserable por el que la sentimos. A ésta la llaman los budista zen “compasión idiota”. La auténtica está enraizada en el Ser, en la Vida, no es una simple respuesta sentimental a una situación de vida, respuesta que sin ser mala puede responder a uno de los muchos disfraces que utiliza el ego..

El camino ascendente, la vuelta hacia el Misterio. Y predicó el Reino: los valores de las Bienaventuranzas, predicó la Fe que es Sabiduría y la exigió para que las Bienaventuranzas se hicieran salvación, o sea, Vida. El camino de vuelta: “vamos a la casa del Señor” que canta el salmo. Es la Fe que salva la predicada, lo vemos constantemente en los, llamados, milagros narrados en los evangelios (Mt 21,22; 9,22, 28..; Mc 5,14. Lc 17,19 y par). Estamos muy acostumbrados a llamar fe a la creencia, o a un sistema de creencias, así hacemos algo parecido a lo que estamos haciendo con la sustitución de la Compasión por el compromiso, la externalizamos. Estamos en una cultura de lisas superficialidades, incluso la filosofía ha dejado de ser en una gran parte Sabiduría. Utilizamos la palabra saber en vez de la palabra conocer, y lo que es peor, las identificamos. Y la Fe no es creencia, ya se ha dicho, la Fe es comprensión de la Realidad que transforma. Tomás de Aquino ya proponía la fe para poder comprender: “Crede ut intelligas”.

La creencia, propugnada como Fe por el Vaticano I, que seguía las corrientes neoescolásticas del siglo XIX es una verdadera destrucción de la Verdad cristiana, de la verdadera Sabiduría, es el disfraz que se ponen muchos autodenominados creyentes para asegurarse en su infantilismo mental: «Si creo lo que dice la iglesia me salvo seguro, no me equivoco». Pero la Fe es apertura a lo Real, no cerrazón en una fórmula dogmática, y la apertura conlleva el riesgo, la Fe es Vida y nuestra vida está expuesta a las enfermedades y a la muerte, la Fe es Sabiduría, esto es, conocimiento que transforma la situación de vida y la hace cambiar de sentido, la Fe genera la metánoia.

La Sabiduría, la Fe que cura, tampoco es un conocimiento cualquiera, pese a que en el uso de cada día hayamos perdido el norte, pese a que entre nosotros llamemos sabios a ¡personas de mucha erudición! La Sabiduría es un plato que se guisa aparte, es, se ha dicho, lo han dicho y siguen diciendo todos los sabios, el conocimiento que tiene la fuerza de transformar la vida. Y esto es la Fe que pide Jesús para que se puedan transformar los ciegos en videntes, los cojos en andarines, los muertos en vivos… Participar de la Vida única de lo existente. Este conocimiento que transforma podría ser ilustrado con una comparación.

El niño en sus primeros años tiene una fe ciega en sus padres, deposita toda su confianza en ellos y los mitifica, confía ciegamente en ellos, al llegar al uso de razón comienza a descubrir grietas (de poder, de conocimientos, de entereza…) en la conducta de ellos. Este conocimiento hace que la visión mítica que tenía cambie, no por ello deja de amarlos, pero ha conocido algo que ha transformado su vida, sus padres no deja de ser su punto de apoyo, pero han dejado de ser un mito y se han hecho humanos. Esta Sabiduría nace de la experiencia, mejor, es la experiencia, es sólo experiencia, por eso es conocimiento del sí-mismo, no simplemente del ego. Es vivirse Uno en lo múltiple.

La Fe auténtica, la Sabiduría, nos libera totalmente de esta plaga que inunda hoy nuestra sociedad occidental: el individualismo. Cierto que hay muchísimos movimientos solidarios que tratan de paliar dicho individualismo mortal que padecemos, posiblemente nunca haya habido tanto sentido de solidaridad en la historia de la humanidad, pero no es menos cierto que el individualismo=egoísmo campa a sus anchas en una sociedad que ha dejado de banda las interioridades. Domina una cultura de lo individual, hasta en lo más recóndito de la vida se está introduciendo la moda de “personalizar”, de distinguirnos de los demás, de ser únicos con lo cual el ego adquiere dimensiones de Divinidad a la que hay que adorar sin límites.

«Tengo que luchar mucho para ser yo» leo en una revista sobre Psicología, ese yo es el «ego» engrandecido y elevado a la categoría de absoluto. Otra cosa es que sea necesaria una personalidad madura para transcender el ego: la humanidad vive en el gran tabú del yo separado como dice el Vedanta Advaita: “ésta es mi verdad” -en lugar de ésta es mi opinión- frase en boga en la que se llega a sustituir la palabra “opinión” por la palabra “verdad”. ¡El colmo! Darle la fuerza de Verdad, algo permanente e imperecedero a la mera opinión, algo mudable y transitorio. O a la inversa hacer de la Verdad una mera opinión. La Sabiduría de la Fe recala hondo y apoya la certeza en la experiencia inmediata, directa y contrastada de lo “que es” más allá de los sentidos y de la mente.

El camino de descenso y el camino de ascenso se hacen uno, se hacen una pericoresis en la que, en términos cristianos, diríamos: la Trinidad, el hombre y la creación toda juegan el juego eterno, -no duradero-, de recrearse continuamente en el encuentro del Amor. Ese Amor verdadero que nace del Conocimiento del Ser: Sabiduría: percepción directa e inmediata de lo que es, conocimiento que transforma. Compasión y Fe.

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