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ÁFRICA SUBSAHARIANA, LÍDER EN CARRERA HACIA NINGUNA PARTE

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UmoyaAdital

¿Por qué son los países del África subsahariana los más pobres del mundo? Una de las razones es la adopción de estrategias de desarrollo débilmente diseñadas que el Fondo Monetario Internacional (FMI), y el Banco Mundial (BM) han implementado en la región por casi medio siglo.

Pero los siglos de antiguas culturas de liderazgos, profundamente arraigadas en muchos países africanos, han tenido un papel igual de desastroso. De verdad, la inmensa mayoría de los gobernantes africanos ven sus países como sus posesiones personales, para ser usados como a ellos les convenga. En estos días, los líderes despilfarran los recursos y beneficios de sus países, dejando a la mayor parte de su población enfangados en la pobreza, enfermedad, hambre, guerra y desesperación.

La actual carrera del petróleo en el oeste de África es una ilustración perfecta del problema. En lugar de ser una ventaja, el petróleo se ha convertido en un lastre que genera pobreza, corrupción, conflictos étnicos y desastres ecológicos.

Es necesario que esto no sea así.

El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, por ejemplo, está utilizando los beneficios del petróleo de su país para dar enseñanza y sanidad gratuita, para ayudar a aliviar las deudas de sus vecinos argentinos y ecuatorianos, para fraguar alianzas energéticas en Latinoamérica y el Caribe y para proponer un acercamiento con los países andinos. Ha hecho revivir el pan-americanismo, y Venezuela se ha hecho miembro de MERCOSUR, el grupo regional cuyos miembros restantes son Argentina, Brasil, Chile, Uruguay y Paraguay.

Pero, si una cultura disfuncional de liderazgo ha puesto lejos del alcance de la mano del África subsahariana una agenda similar de unidad y progreso social, también lo ha hecho el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Cuando los países del África subsahariana lograron su independencia a finales de los años 50 y principios de los 60, sus líderes heredaron Estados en la ruina sin acceso a los mercados internacionales de capital. Como resultado, los líderes africanos que se han establecido recientemente no tenían otra alternativa más que subcontratar el desarrollo económico al FMI, al BM y a los países occidentales que los controlan.

La liberalización económica, la no regularización de los movimientos de capital, la supresión de ayudas, la privatización de valiosos bienes públicos (liquidación sería una palabra más apropiada), austeridad fiscal, altos intereses y la represión de la demanda están a la orden del día.

Los programas de ajuste estructural que pide el FMI y el BM han terminado transformado estos países en campos de deshechos para productos obsoletos y excedentes agrícolas de occidente, con demasiadas ayudas y precios inflados. Era obvio desde el principio que la estrategia del FMI y el BM estaba condenada a fracasar. Sus préstamos estaban diseñados para perpetuar el rol de África de proveedor de materias primas, mientras se enredaba al continente en una enmarañada red de deudas y dependencia de la «industria de la Ayuda». El FMI puede cortar no sólo su propio crédito, sino también la mayor parte de los préstamos del BM, de otros prestamistas multilaterales, de los Gobiernos de los países ricos e incluso la mayor parte de los del sector privado.

Pero tengamos en cuenta a Argentina, que sufrió una profunda depresión durante cuatro años, que comenzó en 1998. Rechazando las peticiones del FMI de subir los tipos de interés, subir los precios de los servicios públicos, presupuestos ajustados y el mantenimiento insostenible del peso unido al dólar americano, el Gobierno de Néstor Kirchner fue capaz de encauzar el curso de su propia economía. A pesar de las repetidas amenazas del FMI, Argentina se puso en la línea dura con los acreedores extranjeros, a los que debía más de 100 billones de dólares.

En septiembre de 2003, Argentina hizo lo impensable: dejó de pagar temporalmente al mismo FMI. Eventualmente el Fondo se echó atrás, permitiendo una rápida y robusta recuperación.

Similarmente, el desarrollo del África subsahariana no puede delegarse en otros. Afortunadamente, hay esperanza en que la región pueda resistir la destructiva agenda neoliberal de Occidente.

Según el departamento de Energía de los Estados Unidos, las importaciones anuales americanas de petróleo de África alcanzarán muy pronto los 770 millones de barriles, dejando en el continente 200 billones de dólares a lo largo de la próxima década. Si los precios del crudo permanecen altos, como parece previsible en un futuro, dada la fuerte demanda de los Estados Unidos, Japón, China e India, los beneficios del petróleo podrían alcanzar los 400 o 600 billones de dólares.

Para recoger los beneficios, África subsahariana debe formar una confederación del petróleo bajo la tutela de agrupaciones regionales reformadas a fondo para propiciar la integración económica y la unión política. Esto proporcionaría a la región la fuerza muscular para dedicarse a desarrollar una estrategia similar a la que adoptaron en el pasado los Estados Unidos, los Estados miembros de la Unión Europea y los países de Asia oriental. Todos estos países impusieron controles de capital y regularon las inversiones extranjeras en su territorio en la primera etapa de su desarrollo económico.

África subsahariana no es diferente

África debe enfocar a diversificar la economía y aumentar la capacidad productiva de los proveedores locales. Esto significará diseñar asociaciones con el exterior con miras a asegurarse de que las empresas nacionales se benefician de la transferencia de tecnología y formación, y por tanto generando más valor añadido a la producción doméstica y las exportaciones. También implica dar subsidios y proteger la producción nacional, tal y como todos los países desarrollados hicieron en su día, y todavía lo hacen cuando les conviene.

El primer paso para implementar estas políticas, sin embargo, debe ser reinventar y reavivar una identidad panafricana. Europa, Asia y, cada vez más, Latinoamérica, están demostrando que la integración regional proporciona el camino más saludable hacia el desarrollo. En África, esto no será posible hasta que emerja una nueva raza de líderes genuinamente cívicos. Reducir la dependencia del FMI y el Banco Mundial que tiene el África subsahariana puede hacer que ese día esté más cerca.

Sanou Mbaye antiguo miembro del equipo directivo del Banco Africano de Desarrollo.
Artículo publicado por el periódico de Namibia, ‘The Namibian’ y traducido por Rosa Moro, del Departamento África de la Fundación Sur.

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