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Acerca de la Crisis en la Iglesia -- José Aldunate

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

07 de noviembre de 2012
La solución no es la exaltación del individuo, sino su integración en la comunidad como un miembro maduro del Pueblo de Dios.
Como se ha dicho, la palabra “crisis” no indica una situación terminal, sino un punto crítico o un momento de inflexión que puede señalar peligros, paro también oportunidades.

Pío XII muerto en 1958 representaba el culmen y también el agotamiento de una postración de dos siglos, los de la Revolución Francesa y la Ilustración. A partir de Pío XII se comprendió que la Iglesia debía cambiar para enfrentar un mundo que había cambiado. Y se convocó para 1962 el Concilio Vaticano II. Debía modernizarse (aggiornarse).

¿Cuál fue el cambio esencial que formuló el Concilio?

1.- El Concilio declaró que la Iglesia es, ante todo, “el pueblo de Dios”. Los Obispos, los sacerdotes (o sea, el clero) son o han de ser sólo “servidores” del pueblo de Dios.

La Iglesia se des-centra. Estaba centrada en el clero, que vulgarmente se designaba como “La Iglesia”. Ahora se centra en los laicos que pueden justamente decir: “Somos Iglesia”.

2.-Todo lo humano lo asume como propio, nada le es ajeno. Las grandes tareas de la humanidad, la justicia y la paz, los derechos humanos (libertad, igualdad, fraternidad), la democracia, la política, el cuidado de la naturaleza (el habitat humano), la ciencia y la cultura… todas éstas son también tareas de la Iglesia, que ve en ellos el proyecto del Dios Creador (Véase el decreto “Constitución sobre Iglesia en el mundo actual)

3.- La Iglesia misma deja de ser centro del mundo para ponerse al servicio de la humanidad. Su meta no es convertir al cristianismo, sino aportar el Evangelio cristiano en un diálogo con las corrientes de pensamiento y religiones de la humanidad.

4.- En este diálogo, como con toda su actuación, la Iglesia se mostrará, no como poseedora de toda la verdad, sino como buscadora, atenta a las situaciones cambiantes de la historia.

La Constitución de la Iglesia en el mundo actual amplía esta disposición dialogal con la manera de abordar los problemas del mundo, un enfoque preferentemente “teleológico” y no deontológico. Lo ha explicado Mons. Marcos McGrath, aplicar a la realidad, a veces tan cambiante, no normas un tanto a priori, sino el “ver, juzgar, actuar”.

Exponentes de estos enfoques son los documentos papales de Paulo VI “Octogessima Adveniens” (1971) y “Evangelii nuntiandi” (1975).

Estas cuatro pautas del Concilio Vaticano II son, a mi juicio, capaces de realmente modernizar, poner al día “la institución Iglesia Católica”, evidentemente, con tal de llevarlos a efecto. Y en esto, como lo diremos luego, en gran parte se ha fallado. Pero quedan estas cuatro pautas como cuatro exigencias que muestran el rumbo que se ha de tomar.

LOS AÑOS POSTCONCILIARES, 1965-2009

El Concilio tendría que haberse realizado a través de nombramiento de Obispos verdaderamente conciliares, de la formación consecuente de sacerdotes, de la reforma radical de la Curia Romana, descentralizando la Iglesia y confiriendo facultades a las comunidades de base por encima de las estructuras parroquiales. Reforzar de preferencia las estructuras carismáticas por encima de las jerárquicas, apoyar, a través del mundo, iniciativas laicales apoyadas en el Evangelio a favor de la democracia, la paz y los derechos humanos.

VEAMOS AHORA LA OBRA DE LOS PAPAS DEL PERÍODO

Paulo VI : Dotado de gran inteligencia reforzó la línea del Concilio con sus cartas encíclicas y con la reforma de los institutos religiosos en una línea carismática. Confirmó los Sínodos Romanos, donde se afirmó que la promoción humana era parte integral del Evangelio, y se confirmó la libertad de los pueblos, en referencia al Africa. Pero, a la vez, era tímido y cauteloso. Su encíclica “Humanae Vitae”, con su prohibición de métodos contraceptivos, simplemente no fue aceptada por el Pueblo Cristiano a pesar por los esfuerzos por interpretarla. No hizo una verdadera reforma curial.

Juan Pablo II: En realidad no estaba de acuerdo con las líneas de modernización de la Iglesia que hemos descrito. Se vinculaba mejor con la Iglesia de Pío XII, por esto revirtió en buena parte lo que intentaba hacer el Concilio. Nombró Obispos y Cardenales, en su gran mayoría, conservadores. Ejerciendo personalmente una influencia política, inhibía el compromiso político de otros Obispos en materia de derechos humanos. Sobre todo reforzó el centralismo eclesiástico de Roma, y su control ideológico del predominio de una línea doctrinal, la disciplina del clero. Su encíclica “Veritatis Splendor”, marca una línea fuertemente deontológica.

Benedicto XVI (2005…): Ha mantenido la línea conservadora de su predecesor, del cual fue muchos años el brazo derecho, sin embargo, nos ha abierto ciertas perspectivas. Hay una que quisiéramos aprovechar.

LA CRISIS DEL SACERDOCIO

Benedicto XVI es muy consciente de esta crisis. En su propio país, Alemania, es demasiado evidente. Por otra parte, la crisis del sacerdocio es un punto muy central en la crisis de la Iglesia. ¡Tantos se separan de la Iglesia o porque tienen problemas con los sacerdotes individualmente, o con el sacerdocio en su conjunto!. Y también se separan por el clericalismo de la Iglesia a pesar de las claras orientaciones del Concilio.

EL AÑO DEL SACERDOCIO

Benedicto XVI ha declarado este año -de Junio de 2009 a Junio 2010- , el “año del sacerdocio”. Dentro de la crisis de la Iglesia, que quiso enfrentar el Concilio Vaticano II, veo una oportunidad, abierta por el Papa, para ir realizando los postulados del Concilio.

El sacerdocio es, precisamente dentro de estos postulados, un tema clave. Hay un sacerdocio de los fieles del cual todos participamos y hay un sacerdocio ministerial, el del clero: Obispos y sacerdotes. El factor, al parecer, más central de la crisis ha sido el centralismo dominante que ha tomado el sacerdocio ministerial, siendo su función servir al desarrollo de todo el Pueblo de Dios.

Tal vez podríamos caracterizar la crisis de la Iglesia como una crisis de crecimiento. En la Iglesia primitiva dominaba la comunidad. En contacto con el Imperio Romano la Iglesia se jerarquizó. La tarea de convertir a los bárbaros reforzó esta jerarquización en la figura de Pastores y ovejas dependientes. De mayores y menores de edad durante la Edad Media. Con el Renacimiento y la Ilustración, con la democracia y los derechos humanos surgieron las exigencias de autonomía y reconocimiento propias de una mayoría de edad. Estas exigencias no encontraron receptividad en la Iglesia y de aquí las actuales crisis.

La solución no es la exaltación del individuo, sino su integración en la comunidad como un miembro maduro del Pueblo de Dios. O, como lo sugiere ahora Benedicto XVI, como participante del sacerdocio de los fieles.

La tarea de este año del sacerdocio deberá ser, no sólo una reflexión teológica a la luz del Concilio, sino también una actualización pastoral. Los laicos deberán asumir su tarea sacerdotal de consagrar a Dios el mundo, personas e instituciones, para realizar en él los designios de Dios. Y los ministros sacerdotes, Obispos y clero, deberán explorar los cambios y las ampliaciones que requiere su ministerio en las distintas parte del mundo.

Hay que pensar que, el llamado que se hará al sacerdocio, ya no puede ser el de llenar los huecos que han dejado los sacerdotes de generaciones pasadas, sino de iniciar un nuevo estilo de sacerdocio tanto general como ministerial. Es un llamado a crear algo nuevo, que responda a un mundo nuevo. Es un llamado apasionante a hombres y mujeres. Necesitamos nuevos Paulos capaces de abrir la Iglesia y pelearse con los Pedros que quieren mantener los viejos esquemas.

Terminemos augurando un éxito real para este Año Sacerdotal. Deberá ser una respuesta a la crisis eclesial y para esto replantear, para la conciencia cristiana, los postulados del Concilio, que hemos procurado expresar en cuatro proposiciones. Deberá, pues, replantear un sacerdocio radicalmente renovado, tanto en el nivel ministerial como en el del Pueblo de Dios.

José Aldunate, SJ

Publicado en revista «Reflexión y Liberación», septiembre de 2010

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