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ABRIR LAS PUERTAS. Pep Castelló

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Me parece evidente que los humanos nos movemos a golpe de corazón, y que son sus latidos lo que impulsa todas o la mayor parte de nuestras acciones. Pretender que el raciocinio esté por delante de los impulsos vitales que nos da esa víscera es un desafío de gran altura que no siempre estamos dispuestos a afrontar. Y eso es así tanto si se trata de un enamoramiento adolescente, de una pasión loca de adultos que nos pierde, o de un sentimiento de identidad cualquiera.

La estructura emocional de nuestra mente es la esencia de nuestra persona, y los sentimientos de identidad son el núcleo de esa estructura. De ahí que sea tan decisivo todo el bagaje emocional que recibimos en los primeros años de nuestra vida. Luego, a medida que crecemos nuestros sentimientos se irán modificando, sin duda alguna, pero el núcleo de ellos permanecerá suficientemente sólido como para seguir rigiendo toda nuestra vida.

Es desde ese núcleo, desde esa fortificada torre de vigía que vemos el mundo que nos rodea. Él es el filtro que colorea todo cuanto llega a nuestra mente. Lo bueno y lo malo no se dirime en función de razonamientos lógicos sino en referencia a lo que se aviene o no con nuestro mundo interno. De ahí que no nos afecten los discursos morales que detectemos como ajenos, y que como “spam” los echemos directamente a la papelera. Y aun que los consideremos como un ataque enemigo a nuestra mas íntima fortaleza.

No obstante, abrir las puertas de nuestras murallas protectoras es absolutamente necesario si queremos evitar la degeneración de nuestra propia mente. Necesitamos los humanos el contacto con otras gentes, con otras identidades, con otros núcleos de sentimientos si no queremos vivir en la más absoluta endogamia mental que acabe convirtiendo nuestro pensar y sentir en el “clon” de las mentes que desde el poder manipulan la nuestra sin que nos demos cuenta. Necesitamos mezclarnos con otros seres vivos en contactos lo más íntimos posible para que se renueve nuestra sangre, esa sangre que nuestro corazón bombea y que mantiene viva toda nuestra persona.

Pero ese abrir puertas da miedo. Y aunque nos guste la idea, el temor nos invade en el justo momento de descorrer la aldaba. Y por supuesto que quienes más temor sienten ante lo que consideran una invasión es quienes más afianzados están en sus seguridades y más provecho sacan de ellas, tanto de las propias como de las que consiguieron en su entorno. De ahí que tantas veces se haya prohibido la difusión de libros y de pensamientos considerados heterodoxos. Y de ahí que en la mayoría de comunidades humanas se rechace a quienes se manifiestan distintos, no fuese a ser que cundiese su ejemplo.

La diversidad humana no es un peligro sino un valor auténtico. Un valor que no advierten quienes se enrocan en sus respectivas fortalezas y desde ellas rechazan todo cuanto les llega de fuera, todo lo diverso, todo lo que pudiera destruir ese proceso de clonación mental en el que basan el núcleo de su identidad y de su propia subsistencia en buena parte de los casos. De ahí que su mayor empeño esté en amurallar su entorno y reforzar día a día sus defensas. Inútil obsesión, pues de nada sirvió a la larga muro alguno.

El mundo avanza, gira sin parar por el espacio y los tiempos se suceden unos tras otros con el continuo acontecer de hechos nuevos, consecuencia de los anteriormente generados. Querer parar ese acontecer consecuente es tanto como querer detener el giro de los astros. De nada sirvió que se retractase Galileo, pues la Tierra siguió su danza en torno al astro rey, a pesar de la Biblia. El pensamiento humano se mueve constantemente por nuevos derroteros y es preciso aprender a caminar por ellos. No nos sirven ya los mapas viejos y hay que elaborar con tiento pero con valentía otros nuevos. La vida es una opción continua ineludible, y también un continuado descubrimiento. Claro que siempre habrá quien en vez de caminar prefiera estacionarse y echar raíces. Me parece muy lícito, siempre que no intenten detener la marcha de quienes siguen adelante. Cada cual es muy libre de hacer lo que más le convenga, y de pensar y de sentir y de manifestar lo que mejor le cuadre.

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