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¿A quién interesan los acuerdos con la Santa Sede? -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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He oído decir frecuentemente a los políticos favorables a los acuerdos con la Santa Sede que su derogación no es un tema que interese a los ciudadanos. Pero pongámoslo al revés: su permanencia, ¿interesa algo a los ciudadanos? No es un tema del que se hable en las tabernas, ni en los mentideros de la Villa, como se decía antes, ni en la tele, ni en las radios, a no ser la COPE, y eso porque es la voz de su amo, y se atemoriza de que un cambio en las relaciones con la Santa sede le haga perder su status especial y su influencia. La verdad es que interrogados mis feligreses por el asunto, me responden que ni siquiera saben de qué se trata. Que ¿qué es eso de los acuerdos con el Vaticano? Evidentemente no les quita ni un minuto de sueño.

¿A quien interesa, pues, tan desconocido tema? Y te dicen, “a la Iglesia, por supuesto”. Y aquí empieza el pequeño o grande lío. Sí, porque la respuesta exige una inmersión en la Teología. A no ser que se dé por supuesto, como algo evidente y que cae por su peso, qué sea la Iglesia. A la Iglesia que definió el Concilio Vaticano II, “La Iglesia es el Pueblo de Dios” no le interesa nada el tema, como he dejado, más o menos claro, en el párrafo anterior. La confusión radica en que los que deberían corregir a los medios, y a la opinión pública, sobre su manera de hablar de, y referirse a la Iglesia, que son los obispos, es decir, la Conferencia Episcopal (Española), CEE, no lo hacen. Sería buen preguntarnos por qué.

Sí. ¿Por qué, en una de sus instrucciones, o comunicados, o documentos oficiales, no se encarga la CEE de desmontar ese modo de denominar y referirse a la Iglesia, como si ésta consistiera, si no exclusivamente, fundamentalmente en la jerarquía? A veces, demasiadas, parece que defienden la primera opción, si bien la mayoría de ellas queda claro que defienden, por lo menos, la segunda: es decir, que la Iglesia es, fundamentalmente, la jerarquía de la Iglesia. Algo que ni desde el punto de vista teológico, ni bíblico, ni siquiera canónico, es cierto. Y afirmo más: ni mucho menos desde el punto dogmático, en el que la Iglesia, como Misterio de Dios, que es la perspectiva que más nos interesa, no se identifica ni del todo, ni en parte, con la jerarquía, sino con el “cuerpo de la Iglesia, (vosotros formáis el cuerpo de Cristo) cuya cabeza es Cristo”, como dice san Pablo en un montón de textos.

Solo en la mirada sobre la Iglesia como institución visible y organizada en el mundo es legítimo, y necesario, apelar a la importancia y a la relevancia de la Jerarquía. Porque la insistencia del Nuevo Testamento (NT) en que estamos “anclados en el fundamento de los apóstoles”, es decir, de los obispos, nos conduce otra vez a la consideración más teológica y mistérica de la naturaleza de la Iglesia. Pero en ninguna de esas proclamaciones de fe sobre la Iglesia se refieren al aspecto funcionarial, organizativo o de jerarquía de poder. Porque en el Evangelio el Señor deja bien claro que el “primero entre vosotros sea el último y el servidor de todos”. Tan solamente en este horizonte evangélico puede tener sentido la importancia y la vocación dignísima de la jerarquía. Y así es como todos los días nos lo está presentando Francisco, un Papa que ha recordado a los pastores su lógico y consecuente olor a oveja.

Volviendo a la pregunta que titula este artículo, parece claro que a los que interesa la existencia y vigencia de los acuerdos de la Iglesia española con la Santa Sede es a los que, directamente, y sin vueltas ni meandros, aquellos les proporcionan más poder, no principalmente en el seno de la comunidad cristiana, que está, y es lo más probable que estará siempre, totalmente ajena a las consecuencias de esos tratados, sino en la relación con la sociedad civil, y sus Gobernantes. Es decir, quiero decir y digo, que los acuerdos con la Santa Sede interesan a los obispos, porque, por medio de ellos, se sienten más fuertes, y más influyentes, con el Gobierno de la nación. Lo estamos viendo todos los días en asuntos legislativos, económicos, educativos, y un largo etcétera, influencia que nuestros prelados deben de tener mucho miedo en perder.

Artículo de 21rs, del blog «EL guardián del Areópago»

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