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Las ¿novedades? del Misal Romano en su nueva edición. (II) -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Un comentarista de mi blog me afirmó, que, después de leer y ojear el Misal Romano en su última edición tenía la impresión de que nos habían enviado de vuelta a plena Edad Media. Me parece exagerada esta opinión, pero después de idéntico recorrido, y atento a los detalles, y a las novedades, me parece que si no merece calificación tan severamente negativa, tampoco la merece demasiado, o muy, o tan siquiera poco positiva. Además de que las novedades son puramente casuísticas, y poco , o nada, fundamentadas, a nos ser desde la propia ordenación del Misal romano, es decir, desde dentro, no aportan elementos que signifiquen una seria tentativa de adaptación a os nuevos tiempos, ni a la nueva reflexión teológica. Detallaré ahora, paso a paso, lo más relevante en la celebración de la Eucaristía, que se pueda señalar.

Ritos iniciales. No encontramos en esta parte primera de la Misa nada que destacar. Solo me llama la atención una observación poco lúcida, innecesaria, y bastante pusilánime. Afirma que los ritos iniciales, antes de la oración «colecta», que es la que se hace después del rito penitencial, terminan con la «absolución, no sacramental». Hay liturgistas que admiten ese carácter a todo el rito penitencial del inicio de la celebración de la Eucaristía, porque tienen una idea no tan ortopédica e inflexible del mundo sacramental. Por lo menos, diremos, sin miedo a error, que se trata de un sacramental. La Iglesia no suele propiciar gestos inútiles, solo para ser visto por el observador, y que quede bonito. Además, y este es un tema muy sensible, y largo de argumentar, la Comunidad eclesial tenía que prever una solución para que los que van a celebrar un banquete, y la Eucaristía lo es, (como recuerda la misma introducción explicativa de la OGMR (Organización General del Misal Romano), y si a un banquete se va a comer, todo aquel que es invitado, o todavía más, obligado, a acudir a ese banquete, tendrá que comer. Y la comida en la Misa, como se empeñan en llamar a la Eucaristía, es la Comunión. Y el Rito penitencial está justamente, como decía un profesor nuestro de Liturgia, para vestirse el vestido de fiesta que aquel invitado de la parábola no quiso ponerse, y, por eso fue retirado del banquete. Así que es mucho más que un Rito para llenar tiempo. (La Liturgia de la Palabra no cambia nada, si bien en una de las explicaciones que llegaron a mis manos, supongo que por un caso de deformación no profesional, sino «tradicional», se recordaba que antes de Evangelio el lector, y el pueblo fiel, se persignaban de modo completo. ¿? Evidentemente, de esto no dice nada la OGMR).
Liturgia de la Eucaristía, que presenta tres partes:
2.1 Presentación de los dones. 2.2 Plegaria Eucarística 2.3 Rito de Comunión

En 2.1, Presentación de los Dones, explica todo lo que se hace, exactamente como ahora, pero lo que cambia, y llama bastante la atención, es la denominación: «Presentación de los dones». Es decir, aquí lo nuevo es la ocultación de la palabra «Ofertorio», que como todo el mundo debería saber, pero algunos o no lo saben, o lo olvidan, se realiza después de la Consagración; y, además, la reforma litúrgica del Vaticano II lo quiso quitar tal como se celebraba en el Canon romano, para pasar, después de las preces universales de los fieles, con un momento de descanso, reflexión o canto, mientras se preparaban discretamente las ofrendas, a la plegaria eucarística, sin más. Otra cosa que llama, por lo menos a mí, la atención, es que, en contra del criterio del Padre Garrido, perito conciliar, como escribí ayer, se mantenga el lavatorio de las manos, como si todavía, como en los tiempos de la presencia imperial en la Eucaristía dominical, el presidente de la celebración tuviera que pringase con la harina, las ánforas de aceite, y el vino de las ofrendas. Y como si en todas las sacristías del mundo, o en casi todas, no hubiera un lavabo, con su jabón y unas buenas toallas.

2.2 Plegaria Eucarística. A mí me llama poderosamente la atención que sin aprovechar las magnificas reflexiones de teólogos y liturgistas actuales, no se insinúe, por lo menos, que la consagración no es una especie de fórmula mágica que convierte una sustancia en otra, sin recordar que de conceptos filosóficos no puede hacerse afirmaciones dogmáticas, (hay escuelas modernas de Filosofía, perfectamente legítimas, que no usan ni manejan el concepto de sustancia), sino que el misterio de la presencia real de Jesús en los signos sacramentales del pan y el vino se realiza en el conjunto de todo el relato, sin poder, ni hacer falta, especificar, exactamente, las palabras , que yo llamaría mágicas, en las que se realizaría esa transformación. Tal vez por no considerar esta explicación teológica, (insisto, y repito, no confundir la fe en la presencia real, -que es objeto de Fe-, con la explicación de la misma, que es objeto de la Teología, ayudada por la Filosofía. Y sin embargo me gusta que el ordenamiento del misal no diga nada, -¿alguna vez lo ha dicho?-, del toque de campanillas, que tanto gusta en algunos templos, que han olvidado que su uso fue introducido en España, cuando los coros y las gruesas columnas impedían a los fieles ver el altar, y con el sonido de la esquila sabían que iba a acontecer la Consagración; y tampoco es que oyeran tanto, en esas naves inmensas, sin megafonía.

2.3 Rito de Comunión. No hay grandes novedades, pero voy a reseñar dos, que, además, parecen indicar, en mi opinión, que los artífices de esta nueva edición del Misal Romano, alguna vez, como las que voy a indicar, han actuado más como liturgistas que como sumisos funcionarios de una Congregación vaticana. Me refiero a estos dos detalles: 1º), que no prescribe explícitamente que el celebrante, al mostrar el Cuerpo de Cristo a los fieles, para invitarles a comulgar, pronuncie la tradicional invocación evangélica, «, ¡Señor!, no soy digno ….», sino que simplemente recomienda que se haga una invitación a la humildad. A mi nunca me ha gustado esa proclamación de indignidad, muy acorde con el sentido excesivamente penitencial tan apreciado en la Edad Media, pero en total desacuerda con la Teología Bautismal, y la propia proclamación de la plegaria Eucarística, que después de la Consagración, afirma, «Te damos gracias porque nos haces dignos de celebrar esta Eucaristía», (es decir, de comulgar).

(Continuaré un día de éstos, porque me falta una consideración final, no de detalles, sino más profundo).

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