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A LOS CATÓLICOS INTEGRISTAS LES GUSTA ENCENDER VELAS. Fernando Torres

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La frase que da título a este comentario fue oída a un señor, un hombre joven, que paseaba con sus hijos por la iglesia del monasterio de El Escorial un domingo de febrero pasado. Se me quedó grabada en la cabeza. Me sorprendió la identificación entre “encender velas en una iglesia” y lo de “católicos integristas”. No sé si el señor era católico progresista o simplemente nada. Pero me sorprendió.

Para empezar he de decir que quizá sea un signo del lugar que están empezando a ocupar las expresiones de lo religioso en nuestra sociedad: un lugar totalmente marginal. No me refiero a las expresiones del catolicismo tradicional sino en general a lo religioso. Estoy seguro de poder afirmar que a mi madre, y a muchas madres de los lectores, les gusta encender velas. Ha sido una forma tradicional de expresar la devoción religiosa. Posiblemente no ha sido la forma más culta, más ilustrada, de vivir y expresar el sentimiento religioso, pero ha estado presente a lo largo de la historia. A veces contra la voluntad de los responsables oficiales de la religión. Pero se ha mantenido a lo largo de los siglos. Hoy en día, si nos acercásemos a cualquier país pobre, nos encontraríamos con expresiones parecidas. Las iglesias de Asia, África, América están llenas de lampadarios donde los pobres encienden sus velas y las dejan en el templo, dando luz y agotándose lentamente, como signo de su oración, de su petición.

Pero no sólo en la iglesia católica. Cuanto más nos adentramos en la religiosidad popular, dentro de las diversas religiones, más encontramos expresiones populares que los más cultos e ilustrados de esas religiones desechan como bastardas e impuras. Sin embargo, los pobres siguen expresando así sus sentimientos ante Dios. Velas, procesiones y peregrinaciones son formas físicas, materiales, de expresar los sentimientos espirituales ante Dios en sus más diversas formas y nombres. Lo que los teólogos y cultos hacen a base de libros y complicados razonamientos, los pobres lo hacen con ese gesto tan sencillo que es encender una vela y dejar que se agote, que dé luz hasta que ya no tiene más energía. O haciendo peregrinaciones o gestos de sacrificio físico de diverso tipo. ¿No hemos visto todos a esas personas que se acercan de rodillas desde la puerta de la iglesia hasta el altar como cumplimiento de una promesa o para agradecer una gracia recibida? ¿Podemos nosotros, gentes cultas del siglo XXI, europeos liberales y postmodernos, despreciar sin más a los que expresan así, sencillamente, sus sentimientos como integristas y retrógrados?

Me dejó preocupado aquel señor que de un plumazo, con una frase, se cargaba la religiosidad de mi madre, la de nuestros antepasados, y, si me apuran, hasta un poco la mía. Sí, porque a mí también me gusta encender una vela de vez en cuando y dejar que se vaya agotando poco a poco, que dé su luz y, dándola, agote su propia energía. Es el signo de mi entrega personal. Me gusta orar ante una vela encendida. Me gusta dejarme llevar por sus volutas. Me gusta pensar que esa llama es mi vida que se pone en las manos de Dios, la luz mayor, que ilumina mi vida y que me libra de la oscuridad. Quiero pensar que Dios no dejará nunca que mi luz se apague porque él es la verdadera energía que me hace seguir caminando y confiando en el Reino de Jesús, a pesar de todos los pesares. Porque hace falta mucha confianza y fe en Dios para creer que este mundo no es una gigantesca ratonera, una broma de dimensiones cósmicas, en la que estamos atrapados sin salida en un laberinto de violencia, odios y venganzas. La vela es una presencia física, material que me recuerda que no estamos solos en nuestra historia personal y social, que Dios se ha encarnado en nuestro mundo, que vive en nuestras calles y nos acompaña en nuestras luchas de cada día.

Por todo eso, me hubiese gustado decirle a aquel señor que no es verdad lo que dijo, que no hay ninguna razón para identificar a los que ponen velas con los “católicos integristas”. ¿Qué quería decir con esa expresión? Quizá me habría hablado de los que se oponen al aborto, los que van a misa, los que rezan el rosario. Confieso que yo también, a pesar de que en algunas o muchas cosas no esté de acuerdo con lo que dice la jerarquía de la iglesia católica, coincido con algunos de esos puntos. Y, por supuesto, conozco a muchas personas que se oponen al aborto, que van a misa y que rezan el rosario y que son personas formidables. Su vida no es integrista sino abierta, hecha de servicio y entrega diaria. Es posible que algunos de ellos no sepan expresarlo como lo hacemos nosotros. Pero eso no significa que su vida no sea valiosa o que sus sentimientos religiosos no sean verdaderos.

Hace unos años me contaron que una de las actividades de Pedro Casaldáliga, obispo que fue de São Félix do Araguaia en Brasil, consistía en ir por las casas de su gente, de casa en casa, rezando el rosario con las familias. Algo tan sencillo y tan lleno de contenido evangélico. Algo que ha formado parte de la religiosidad popular católica durante siglos y que no deberíamos despreciar nunca. Y, por supuesto, no tengo ninguna duda de que Dom Pedro no es en absoluto un integrista católico.

Va siendo tiempo de que dejemos a las personas que expresen su religiosidad como prefieran. Jesús no dio normas sobre ese punto. Lo que nos dijo es que la verdad de nuestra fe se mide por la entrega y el servicio a los hermanos en orden a construir su Reino. En la comunidad cristiana todos tenemos cabida: lenguas, culturas y expresiones religiosas diferentes. No es cuestión de excluir a nadie sino de unir fuerzas para levantar la casa común donde todos nos sintamos como hermanos y hermanas. Y que en esa casa haya también en algún lugar, por favor, un lampadario para mi madre.

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