Atrévete a soñar y hacerlo posible
Manuel Joaquín Moguer Foncubierta
El barrio llevaba tiempo viviendo con el alma en pausa. Cada cual a lo suyo, cada cual con su prisa, cada cual con su cansancio. Pero una tarde ocurrió algo que nadie
esperaba: la puerta del local comunitario quedó entreabierta. No se sabía quién la había dejado así, pero esa rendija de luz llamó a la gente como si fuera un gesto antiguo que todas reconocían.
Una mujer se acercó primero. Luego un joven que volvía del trabajo. Después una niña que coleccionaba piedras. Un migrante recién llegado se detuvo sin saber si podía
entrar. Una anciana dijo que la luz parecía una invitación. Y así, sin anuncio ni programa, el barrio se reunió alrededor de una apertura.
Dentro solo había una mesa vacía. Nada más. Pero alguien dijo: —Si queremos,
podemos llenarla. Y la mesa se convirtió en el primer acto de fe: cada persona trajo algo
pequeño, un alimento, un objeto, una historia. La mesa dejó de ser un mueble y se volvió un símbolo de comienzo, un lugar donde la vida podía volver a contarse sin miedo.
A partir de ahí, la comunidad empezó a organizarse sin grandes discursos. La primera decisión fue clara: nadie comería sola. Las comidas compartidas se convirtieron en unespacio donde la vida se contaba sin vergüenza. Allí se escuchaban historias que no cabían en los templos ni en los despachos.
Luego nació el huerto comunitario. Una semilla —pequeña, casi invisible—se
convirtió en un signo de esperanza. La tierra enseñó lo que los libros no dicen: que la paciencia une, que el cuidado transforma, que la esperanza necesita manos.
Después llegó el grupo de apoyo escolar. Las jóvenes del barrio acompañaban a las criaturas en sus tareas. No era solo estudiar: era decir “puedes”, “importas”, “te veo”.
Una niña dijo un día: —Aquí me escuchan. Y eso bastaba.
Los viernes se abrió un círculo de cuidados. Sillas en rueda, una vela encendida, tiempo para hablar sin prisa. Allí se lloraban duelos, se compartían cansancios, se
celebraban pequeñas victorias. Allí se descubrió que la fragilidad compartida es fuerza.
La comunidad empezó a tejer redes con otros colectivos: mujeres que luchaban contra la violencia, jóvenes sin oportunidades, personas sin papeles, familias desahuciadas. No se preguntaba por creencias. Se preguntaba: —¿Qué necesitas? Y se actuaba.
Con el tiempo, los signos empezaron a hablar entre sí. La puerta enseñaba a abrir. La mesa enseñaba a compartir. La semilla enseñaba a esperar. El círculo enseñaba a escuchar.
Y entonces surgió un canto coral, sencillo y verdadero.
Voz 1: Aquí la vida duele menos.
Voz 2: Aquí nadie sobra.
Voz 3: Aquí aprendemos a empezar de nuevo.
Voz 4: Aquí Jesús tendría sitio.
Y el coro respondió: Somos barrio que despierta. Somos comunidad que se pone en marcha. Somos manos que comparten y luchan por un mundo mejor.
Entonces llegó el momento de decirlo con claridad y con símbolos.
Proclamamos que no aceptamos un mundo que cierra puertas, ni una fe que esconde la mesa, ni una esperanza que no se atreve a germinar.
Proclamamos que seguir a Jesús hoy es abrir rendijas en los muros, es poner pan donde falta, es sembrar donde otros abandonan, es escuchar donde nadie escucha.
Proclamamos que ninguna persona será invisible, que ninguna mesa estará incompleta, que ninguna historia será descartada.
Proclamamos que la comunidad es un compromiso, que el cuidado es una decisión, que la alegría compartida es una fuerza, que la ternura es una forma de justicia.
Y proclamamos, finalmente, que seguiremos siendo lo que somos, aunque falten recursos; que seguiremos acompañándonos, aunque el camino sea duro; que seguiremos soñando, aunque haya quien dude de que sea posible.
Porque Jesús camina con quienes abren caminos nuevos a la justicia, la paz y la igualdad, y comparten, siembran y escuchan, y nosotras —barrio, comunidad,
pueblo—hemos decidido hacerlo posible.

