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2 de Enero: Los orígenes del fundamentalismo religioso -- José María Castillo, teólogo

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josemariacastillo

Hoy, día 2 de enero, es una fiesta singular en Granada, donde vivio y donde escribo esta entrada en el blog. Tradicionalmente, esta fiesta se ha llamado aquí «El día de la toma», es decir, el aniversario del día en que los Reyes Católicos (en 1492) tomaron Granada, el último bastión musulmán en la cristiandad. Pero sabemos que ese mismo año ocurrieon otros dos acontecimientos históricos de enormes consecuencias para la posteridad.

El 31 de marzo, los reyes Fernando e Isabel firmaron el edicto de Expulsión mediante el cual echaron de España a todos los judíos. Y en agosto del mismo año 1492, Cristóbal Colón, protegido por los Reyes Católicos según las «Capitulaciones» firmadas en el capamento de Santa Fe (en la vega de Granada), zarpó desde Huelva rumbo a América.

Se ha dicho con toda razón que estos tres acontecimientos «reflejan tanto la gloria como la devastación del comienzo de la Edad Moderna» (Karen Armstrong). Si hoy recuerdo estas cosas, es porque se trata de hechos que tienen una actualidad patética. Insisto en ello. Por más que, en Europa (especialmente en España), estos hechos se hayan explicado como gestas gloriosas para las generaciones posteriores, la pura verdad es que se trata de sucesos de los que se ha podido decir que marcan los orígenes del «fundamentalismo religioso» en las tres grandes religiones monoteístas: el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam.

Sin duda, la profesora Armostrong debería haber tenido en cuenta que, mucho antes, el fundamentalismo religioso ya había hecho acto de presencia, por ejemplo en el fariseísmo judío, en los cruzados cristianos medievales o quizá en el teólogo Taqqi al-Din Ahmad ibn Abdelhalim al-Taymiyya (1263-1328), el primer mululmán que, a juicio del profesor Tamayo Acosta, contribuyó «a la construcción ideológica de la doctrina militarista en torno al yihad islámico, como principio legitimador de la violencia y de la guerra. En todo caso, y sea lo que sea de estas posibles interpretaciones, hay un hecho que hoy, a siglos de distancia, vemos con lamentable claridad. Me refiero al hecho de que los grupos religiosos, que se sienten perseguidos y amenazos, reaccionan adoptando posturas fundamentalistas.

Al decir esto, estamos hablando de un «principio determinante» del comportamiento, lo mismo en no pocas especies animales que en los seres humanos: el que se siente acorralado, si puede, se defiende con violencia. Y esto es lo que está pasando ahora mismo. Concretamente en los movimientos religiosos fundamentalistas: en los integristas judíos, los jaredim ultra-ortodoxos, en los fanáticos musulmanes de Al-Qaeda, o en el fundamentalismo cristiano que propagan los telepredicadores norteamericanos, lo mismo que en los movimientos integristas católicos que encuentran su protección más eficaz en no pocos altos cargos del Vaticano.

Todos los fundamentalistas religiosos tienen la impresión de que hoy la religión está amenazada y perseguida. Lo que provoca en ellos una reacción de violencia agresiva. Una violencia que se manifiesta en todas las formas posibles: desde los atentados terroristas hasta la extravagante idea según la cual las convicciones religiosas se matan a cañonazos, con tanques y con misiles. No nos convencemos de que las creencias religiosas son un asunto muy delicado y que, con frecuencia, puede resultar enormemente peligroso.

Sobre todo, cuando se ve amenazado, atacado y ofendido. Es urgente que todos nos metamos en la cabeza y en las entrañas esta convicción fundamental: La fe religiosa sólo es provechosa cuando es auténtica. Y es auténtica solamente cuando se corresponde con sus orígenes. Estoy de acuerdo con el criterio que obsesionaba, en el s. XVI, a Erasmo de Rotterdam cuando clamaba por el retorno Ad Fontes: «Volved a las fuentes».

En el caso de los cristianos, los que vivimos en países que quieren mantener las mejores relaciones posibles con el Papa y con la Iglesia, el camino para acabar con los fundamantalismos religiosos y sus terrorismos no es el camino de los armamentos y las guerras (por más necesaria y razonable que sea la legítima defensa de las fueras de seguridad del Estado contra las amenazas del terrorismo). El camino a seguir es el retorno a nuestros orígenes como creyentes.

Porque la fe cristiana de la Iglesia, que tuvo su origen en Jesús, ha quedado sepultada por un cúmulo de teologías y tradiciones, que poco o nada tienen que ver con el Evangelio de Jesús. El Vaticano,´el clero, la teología y nuestras cabezas y costumbres tienen que tormar el camino de retorno al Evangelio, si es que de verdad queremos paz y armonía en este mundo tan atormentado.

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