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18 de agosto, día del celibato opcional -- Rufo González

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celibatoEl papa Francisco conoce el martirio de Ladislao (SJ) y Camila
Es parte de la memoria eclesial de Argentina, y más concretamente de la diócesis de Buenos Aires, de la que Francisco fue obispo titular antes de ser elegido obispo de Roma. Además Ladislao Gutiérrez era de su misma orden religiosa, jesuita. A mediados del siglo XIX, el 18 de agosto de 1848, fue fusilado junto con Camila O´Gorman, y el hijo nonnato de ambos. El caso llegó a las pantallas del cine en dos películas con nombre de mujer: “Camila O’Gorman”, de 1910, dirigida por Mario Gallo, con Blanca Podestá en papel de la joven. Y “Camila”, en 1984, dirigida por María Luisa Bemberg, que fue nominada al Oscar a la mejor película extranjera. Imanol Arias representa al P. Ladislao Gutiérrez, SJ.

Mártires del amor y la libertad

Desde su fe en Dios, Padre de Jesús, vivieron e interpretaron el enamoramiento mutuo. Su conciencia les decía que su amor “no era un crimen”. La “atracción irresistible entre ellos” la juzgaron un don de Dios. Reconocía su equivocación al hacer los votos religiosos. Sentía más fuerte la llamada de Dios al matrimonio que el mantener el compromiso celibatario. Conscientes de que aquella sociedad no permitía la vuelta atrás en esta materia (como si los votos opcionales fueran la salvación definitiva), desafiaron el orden social y eclesiástico con la conciencia de que Dios estaba de su parte: “se casarían ante Dios”. Tenían claro lo que el Vaticano II proclamó en pleno siglo XX, a saber, que “la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del ser humano, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella” (GS 16). Dieron la vida por ser fieles al amor, que creían provenir de Dios. No se echaron atrás en ningún momento: se sentían “satisfechos a los ojos de la Providencia por estar su conciencia tranquila”. Ladislao en un arrojo de valentía creyente escribió un epitafio digno de su martirio: “Camila mía: acabo de saber que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra unidos, nos uniremos en el cielo, ante Dios. Te abraza, tu Gutiérrez”.

Breve historia de un amor martirial

Con el respeto que merece una acta martirial, leamos unos párrafos del texto de la escritora argentina Lucía Gálvez, licenciada en historia:

“Camila O’Gorman (1828-1848), fue una joven de familia de clase alta que protagonizó una romántica y trágica historia de amor durante el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas… Camila era íntima amiga y confidente de la hija de Rosas… Acostumbraba asistir a misa y precisamente la actual Iglesia del Socorro, entre las calles Suipacha y Juncal, fue escenario del despertar de este amor desgraciado. Tenía 18 años y allí mismo conoció al joven sacerdote jesuita Ladislao Gutiérrez, 24 años, compañero de seminario de Eduardo O’Gorman, hermano de Camila, y que había llegado de Tucumán…

La pasión

Una vez más se imponía el misterio del amor entre dos seres. Tampoco él podía acallarlo.. Nunca había sentido algo así por nadie… Ella tenía muchas dudas respecto de la religión y él trataba de aclarárselas, aunque las suyas iban creciendo a medida que pasaban los días. ¿En qué se basaba su vocación? ¿A quién debía fidelidad? ¿Era Dios como se lo habían enseñado? ¿Quién podía arrogarse el derecho de conocer sus deseos? ¿No era Él responsable de esa atracción irresistible entre ellos? Cuando les resultó imposible ignorar ante sí mismos que se querían, él la tranquilizó convenciéndola de que aquello no era un crimen. Reconocía haberse equivocado al seguir la carrera sacerdotal, pero consideraba que, por las circunstancias, sus votos eran nulos. Y si la sociedad no permitía que la hiciera su esposa ante el mundo, él la haría suya ante Dios. Querían cumplir su voluntad, vivir juntos y multiplicarse como la pareja primigenia. El había cometido un error, pero ante todo era un hombre creado a imagen y semejanza de Dios, con inteligencia y libertad para arrepentirse de su decisión equivocada y empezar una nueva vida junto al ser querido que Dios había puesto en su camino…

La fuga

Camila se dejó convencer. No podía imaginarse la vida sin él, pero tampoco estaba dispuesta a ser “la barragana del cura”. Empezaron a concebir la idea de huir de Buenos Aires y cambiar de identidad para poder vivir casados ante Dios y ante los hombres. Pero, ¿adónde irían para que no los pudieran alcanzar las autoridades civiles y eclesiásticas?… Irían hacia Luján, de allí pasarían a Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes. El destino final, si todo andaba bien, sería Río de Janeiro… El 12 de diciembre de 1847 fue el día elegido para la fuga. Al llegar a Luján, en una enramada que les había proporcionado el mesero y bajo la noche refulgente de estrellas, los amantes tuvieron su momento de felicidad…

Pasados diez días, Adolfo O’Gorman denunció el hecho al gobernador como “el acto más atroz y nunca oído en el país”, mientras el obispo Medrano pedía al gobernador que “en cualquier punto que los encuentren a estos miserables, desgraciados infelices, sean aprehendidos y traídos, para que, procediendo en justicia, sean reprendidos por tan enorme y escandaloso procedimiento”. A Rosas lo tenían sin cuidado los amancebamientos de algunos curas. Lo que no podía tolerar era una falta de obediencia hacia su persona. Rosas podría haber usado su poder en forma magnánima para perdonar. Si los jóvenes hubieran acudido a pedirle ayuda, seguramente lo habría hecho. Pero al escándalo de la fuga se sumaba el ser partícipe de ella una niña tan relacionada en sociedad. Y aquí las opiniones se dividían: para la mayoría, era un víctima; para los demás, una perdida.

En Paraná, en febrero de 1848, consiguieron un pasaporte a nombre de Máximo Brandier, comerciante, natural de Jujuy, y su esposa, Valentina Desan. Al llegar a Goya con su nueva identidad pudieron tomarse un respiro y prepararse para la última etapa: Brasil. Mientras tanto, para ganarse la vida abrieron una escuela para niños, la primera que existió en esa pequeña ciudad. Pudieron vivir cuatro meses en una relativa felicidad, olvidando la persecución de que eran objeto. El 16 de junio ocurrió el desastre cuando encontraron en una casa de familia a un sacerdote irlandés que conocía a Gutiérrez… Tomados por sorpresa, sólo atinaron a negar su verdadera identidad. La noticia voló y al día siguiente, por orden del gobernador…, los dos maestros fueron encarcelados e incomunicados… Camila negó haber sido raptada y afirmó ser la iniciadora del romance y la ideóloga de la fuga.

Los reos

En cuanto Rosas conoció la noticia dio orden de que condujeran a los reos en dos carros separados a Santos Lugares, donde estaba la más temida prisión del régimen… Estaban incomunicados… Camila, sin embargo, pudo hacer llegar una carta a su amiga Manuela Rosas. Ésta le contestó el 9 de agosto alentándola a que no se dejara quebrar, que ella la ayudaría… Pero en el plan de Rosas no entraba la llegada de los reos a Buenos Aires, donde podrían haberse defendido. Para no tener que enfrentarse con los pedidos de clemencia de su hija, era necesario actuar rápida y drásticamente.

Las declaraciones que Camila hiciera en San Nicolás no hacían sino corroborar su posición subversiva: no estaban arrepentidos, sino “satisfechos a los ojos de la Providencia” y no consideraban criminal su conducta “por estar su conciencia tranquila”. ¿Adónde se iba a llegar si hasta las simples mujeres se creían con derecho a entenderse directamente con Dios? Eso olía a luteranismo y libre interpretación de la Verdad. Era muy peligroso. Según Marcelino Reyes, la joven preguntó si el señor gobernador estaba muy enojado y quiso saber lo que decían de ella. Después de dejarla comer y descansar, Reyes retomó su conversación con Camila para aconsejarla sobre lo que debía declarar. Camila hizo entonces con franqueza la historia de sus amores con Gutiérrez. Databan de fecha muy anterior a su fuga. Explicó que él no tenía vocación y su matrimonio había sido ante Dios. Que él no había hecho sus votos de corazón y que, por consiguiente, eran falsos y no era sacerdote. Que la intención de los dos era irse a Río de Janeiro, pero que no lo habían podido efectuar por falta de recursos. También Gutiérrez había hecho su exposición y ambas fueron llevadas por un chasque (“emisario, correo”) ante el gobernador, esa tarde del 17 de agosto.

Sin apelación ni defensa: el orden establecido por encima del amor

Casi amanecía cuando despertó a todos el retumbar de cascos de caballos, gritos y golpes violentos en el portón de entrada… Rosas ordenaba la inmediata ejecución de los reos sin dar lugar a apelación ni defensa. Sólo unos instantes para confesarse y prepararse para morir. Entonces Reyes decidió mandar un urgente despacho avisando el estado de preñez de la joven, avalado por el médico de la prisión. Y carta a Manuelita explicándole la urgencia de la situación. Reventando caballos llegó el chasque a Palermo y entregó los despachos al oficial de guardia. La carta jamás llegó a Manuelita. El gobernador no podía aceptar que existiera testimonio vivo de la desobediencia: un hijo que hubiera representado para muchos el triunfo del amor sobre el orden establecido.

Cerca de la hora, Gutiérrez hizo llamar a Reyes a su calabozo…:

“– Lo he llamado para que me diga si Camila va a tener igual suerte que yo.

– Prepárese para oír lo más terrible: Camila va a morir también…

– Gracias, contestó con voz fuerte”.

Luego le pidió que entregara a Camila un papelito. Sacó de la gorra de piel que llevaba un lápiz y escribió: “Camila mía: acabo de saber que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra, unidos, nos uniremos en el cielo, ante Dios. Te abraza, tu Gutiérrez”.

Sentaron a cada uno de ellos en una silla, cargada por cuatro hombres a través de dos largos palos. Como a todos los condenados, les vendaron los ojos y, escoltados por la banda de música del batallón, los llevaron al patio rodeado de muros. Bajo el pañuelo, los ojos de Camila dejaban escapar dos hilos de lágrimas que, a pesar del dominio de sí expresado en un rostro inmutable, no podía evitar. Mientras los soldados los ataban nerviosamente a los banquillos, Camila y Gutiérrez pudieron hablarse y despedirse, hasta que este último comenzó a gritar: “Asesínenme a mí sin juicio, pero no a ella, y en ese estado ¡miserables…!”.

Sus palabras fueron acalladas por el capitán Gordillo, que mandó redoblar los tambores e hizo la señal de fuego. Cuatro balas terminaron con su vida. Después, se oyeron tres descargas y Camila, herida, se agitó con violencia. Su cuerpo cayó del banquillo y una mano quedó señalando al cielo. “… en la vecindad quedó el terror de su grito agudísimo, dolorido y desgarrador…”.

Esta historia de amor de inocentes víctimas de intereses políticos iba a convertirse con el tiempo en el suceso más imperdonable del gobierno de Rosas… Sería el comienzo del fin”.

¡Hay que eliminar esta ley contraria a la práctica de Jesús!

¿Hasta cuándo la terquedad de los dirigentes de la Iglesia católica seguirá avocando a estas historias? Menos mal que las sociedades modernas no son ejecutoras ni protectoras de los decretos eclesiales. Es así como se ha evitado que algún “obispo Medrano pida al gobernador que en cualquier punto que los encuentren a estos miserables, desgraciados infelices, sean aprehendidos y traídos, para que, procediendo en justicia, sean reprendidos por tan enorme y escandaloso procedimiento”. Aunque no hayan llegado a la muerte violenta, la Iglesia sabe de historias de destierro, de mujeres clandestinas, de hijos no reconocidos… Y todo por una ley que ata sacerdocio con celibato sin necesidad, sin estar avalada por la enseñanza ni la práctica de Jesús, sin existencia en el primer milenio de la Iglesia. Pidamos al Espíritu Santo que esta ley sea removida. Es una exigencia de los derechos humanos y de la libertad evangélica.

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