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1. Capitalismo y Cristianismo ¿Son compatibles? -- Evaristo Villar, sacerdote claretiano, de España.

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Texto presentado en el Tercer Encuentro Latinoamericano de FE Y POLÍTICA, en homenaje a Monseñor Leónidas Proaño.
Quito, 2014.
El capitalismo, más que un sistema económico, es un sistema “imperial, totalitario y cosmopolita” que a través de la “colonización de las subjetividades”, acaba homogenizándolo todo al servicio de una élite. La colonización despierta e éste, a través de la fascinación y la atracción, el deseo de ser como el colonizador. Dos son estas fascinaciones:

1) “Su capacidad productiva” generadora de nuevos productos, que debido a la actual tecnología, ha logrado un desarrollo descomunal. Esa “capacidad productora”, dejada a su libre arbitrio, la ha llevado a sus propios límites, iniciando su propia autodestrucción. Actuando sobre la naturaleza y su “equilibrio ecológico” bajo el imperativo del “crecimiento” (el capitalismo no puede dejar de producir y crecer), se ha convertido en una “producción descontrolada”; una voraz máquina de producción que destruye todo a su paso por obtener “ganancias económicas” a costa de la producción de “chatarra” y productos contaminantes sin ningún límite y sin ninguna ética.

2) La acumulación o concentración, no solo de los productos que genera sino también de la “propiedad privada” de las fuentes de producción. La acumulación, activada por la “competencia y la usura”, despierta un consumo irrefrenable que causa una enorme fractura dividiendo la sociedad entre pocos que tienen mucho y muchos que se mueren de hambre. La acumulación se rige por la ley perversa del “cálculo de utilidad propia” que convierte en “útil” lo que nos destruye y contamina y en “inútil” todo lo que es indispensable como la convivencia, la paz y el cuidado de la “madre-tierra”, lo cual nos lleva a un individualismo exacerbado y desarraigado que nos conduce al camino del suicidio y del “ecocidio devastador”.

El “capital” se ha convertido en una “gran estafa”; esconde sus verdaderas intenciones bajo la coartada de la “crisis”, puesta al servicio exclusivo del “fetichismo del dinero” y de las entidades económicos-financieras que consagra el derecho absoluto de la propiedad privada sobre el destino colectivo de los bienes; que impone la autonomía del mercado sobre la capacidad reguladora del Estado social. Ella va agrandando las diferencias en la ciudadanía privatizando los beneficios y socializando las pérdidas y está arrastrando a una muy reducida minoría por los caminos de la usura y la corrupción, mientras empobrece y priva a las grandes mayorías de los medios elementales para la vida, como son la salud, la educación, el agua y demás servicios públicos junto al monopolio de los medios de comunicación social.

El Capitalismo es un sistema “sin ética” porque todo lo reduce a lo meramente “cuantificable” (a lo pragmático), desconoce la diferencia entre lo justo y lo injusto, entre el bien y el mal. Todo lo convierte en “mercancía” y en “dinero” que acaba disolviendo los valores cualitativos y éticos. Entre capital y la ética existe una verdadera “antipatía”.

LA FABULA DE LAS ABEJAS:

Esta relación entre economía capitalista y la ética la describe de forma brillante el médico holandés Bernard Mandeville (Siglo XVIII) en su Fábula de las abejas donde convierte los “vicios privados en virtudes públicas”. Allí justifica la necesidad que existan en la sociedad los “corruptos, parásitos y zánganos” porque si éstos no existieran se acabarían los “oficios”. ¿Qué harían los médicos si no existieran enfermos? ¿Qué harían los abogados y jueces si no hubiera delitos? ¿Qué harían los sacerdotes sino hubieran pecadores? En el momento que cese el “mal”, la sociedad se disolvería. Demuestra así que los “vicios bien administrados” son fuente de beneficio público. Y concluye diciendo: “Solo cuando los individuos, buscando su propio interés y placer y viviendo lujosamente, crean nuevos inventos y hacen circular el dinero, la sociedad progresa y florece. Si los individuos no persiguieran el confort, no sería necesaria la acumulación. Y la experiencia demuestra que el acumular para luego gastar favorece a los ricos pero también a los pobres más que la “caridad” (limosna) pues ésta los mantiene ociosos, mientras que la demanda de lujo les hace desarrollar nuevas industrias. El “egoísmo” tiene para él una dimensión predominantemente “económica”; es la fuente o el gran principio de creación de riqueza y sostén de los oficios y profesiones, de las ciencias y de las artes. No puede ser vicio el egoísmo si de él se derivan tantas ventajas para la sociedad. “El egoísmo, pues, es el motor de la economía y fuente de bienestar social” (Adam Smith). Si no hay “comercio” se destruye la colmena.

El Capitalismo es incompatible con el Evangelio de Jesús:

El juicio al Capitalismo desde el Evangelio no puede hacerse desde un proyecto político concreto, que no existe, sino desde los valores que se desprende de la vida y el mensaje de Jesús. Aunque el suyo no fue un programa directamente político o económico sino mayormente humanista y espiritualista; la verdad es que resulta imposible una práctica humanista y espiritualista sin implicaciones sociales, económicas y políticas. Un sistema como el Neoliberalismo actual y su “evangelio de la usura”, está agotando las fuentes de la vida del planeta y de la mayoría de la humanidad. El capitalismo ignora esa otra vinculación profunda que tiene el ser humano con el cosmos (Pacha Mama-Sumak Kawsay o buen convivir). La frescura de la mirada de Jesús de Nazaret “sobre las aves del cielo y las flores del campo, que da de comer a esas criaturas y las cuida y alimenta” (Mt. 6, 26) refleja la profunda relación de amor y de Vida entre el Dios que nos predica y la Naturaleza que él mismo ha creado y debemos respetar y amar como Él lo hizo. La lógica absurda del capitalismo es incompatible con el Evangelio de Jesús.

El capitalismo desaparecerá como “flor de yerba”.

En la carta del Apóstol SANTIAGO aparece el programa de la vida de Jesús reflejado en sus “bienaventuranzas” y en el “Magníficat” de María de Nazaret. En el momento presente se están enfrentando dos proyectos alternativos: El del sistema del poder –prestigio, acumulación o afán de tener que es “podredumbre, polilla y herrumbre (5, 1-3) y el proyecto Evangélico impregnado del Espíritu de Jesús que visibiliza “Misericordia y Caridad”. Este proyecto de Jesús, en virtud de la capacidad de promesa que encierra, supera el límite de la caducidad del sistema que se desvanecerá (1, 10). La puesta en práctica de la misericordia y la Caridad que movieron la vida de Jesús, es diametralmente opuesto al principio capitalista del “cálculo de utilidad propia”. Santiago se muestra duro con el “escapismo”. La FE que no va acompañada con obras de misericordia y caridad, es inútil y estéril; de nada sirve porque “también los demonios creen y tiemblan” (2, 19). La verdadera religión se expresa en las obras. Este modo de practicar la Fe es lo que salva al creyente (2, 14-15).

La ortodoxia capitalista nos anuncia: “Crean en el mercado, en su mano providente, porque la concentración del capital en pocas manos y la propiedad privada de todos los medios de producción será al final un beneficio para todos; estamos en la buena dirección, apretaos el cinturón la clase media y baja, los que no tenéis nada, aceptad de buen grado los recortes y la supresión del estado de bienestar; transformad, no en justicia sino en “caridad” (limosna) la ley regia del Amor… Porque al final, si aún seguís viviendo, llegará la “parusía”, es decir, la bonanza general”. La perversidad de éste discurso de la “ortodoxia capitalista” nos revela un sistema que está destruyendo el planeta y atentando contra toda la humanidad, poniendo nuestra esperanza en el “otro mundo”.

Otro aspecto que nos revela la Carta de Santiago es que la “ley regia” del amor de Dios está principalmente orientada hacia los más pequeños, hacia los que sufren, hacia los “pobres” (2,1-6). Los pobres desde su humillación social han sido exaltados a la dignidad de la fraternidad Cristiana. Por tanto, su presencia en la comunidad cristiana no solo no puede ser discriminada, sino, más bien debe ser “dignificado” y sujeto de acogida y preferencia en la comunidad (2, 1-4; 27). ¿Acaso los ricos no son los que los oprimen y los arrastran a los tribunales? (2, 7). Para Santiago (y para toda la tradición sapiencial y evangélica) el “rico” es enemigo del justo pobre, lo explota y lo martiriza; es por tanto enemigo de la comunidad cristiana. El autor de la carta desenmascara la seguridad y la jactancia del comerciante, quien, desde la aparente seguridad que les proporcionan sus negocios lucrativos, se considera dueño y señor del futuro y de la vida, cosa que solo a Dios corresponde. (4, 13-17). Denuncia y condena, por otra parte, el tren de vida del rico, que vive regaladamente, entregado a los placeres y hartando el corazón para el día de la matanza (5,5). Sus injusticias son manifiestas, el rico explota al obrero robándole su salario (5,4). El rico también “soborna” a los jueces para que condenen y hagan morir al justo (2,6; 5,6). El juicio que pronuncia Santiago contra este modo de proceder es implacable: “el rico será humillado y se marchitará en sus caminos como “flor de hierba”. Sus riquezas devorarán sus carnes como fuego (1, 10-11; 5,3)

La locura del capitalismo en el que “malvivimos”, basado en el desarrollismo ciego está causando un verdadero “ecocidio” de la tierra, la acumulación, la competencia y la usura individualista está llevando al suicidio de la humanidad. Tanto la ética como el evangelio descalifican el sistema y nos invitan a volver a las raíces para recuperar nuestra profunda interrelación que nos religa al cosmos y a la solidaridad que nos vincula con la humanidad. Mantener la VIDA HOY no es posible sin volverá las raíces, sin ser RADICALES. AMEN

2. El Papa pide que los laicos latinoamericanos participen más en la vida pública
Sergio Mora  |  09/03/16

(ZENIT, Roma).- El papa Francisco invitó a los laicos de América Latina a participar más en la vida pública de sus países. Lo hizo al dirigirse a la plenaria de la Pontifica Comisión de América Latina (CAL) reunida al concluir el 4 de marzo en el Vaticano su asamblea plenaria de cuatro días.

El cardenal Marc Ouellet, presidente de la CAL, dirigiéndose al Santo Padre “venido de América Latina“ y a “quien servimos de todo corazón”, le agradeció la audiencia concedida, y señaló que durante la Plenaria se han abordado las situaciones que Francisco “ha ido señalando en sus viajes apostólicos en los países latinoamericanos” como la pobreza y exclusión, desigualdades sociales, narcotráfico, corrupción y violencias.
El papa Francisco con la Pontificia comisión para América Latina
Y esto requiere la intervención de “nuevas generaciones de laicos católicos, partícipes en la dialéctica democrática, coherentes con su fe” que sean capaces de “abrir caminos al Evangelio para ir creando condiciones de mayor dignidad, justicia, fraternidad y paz para todos”.

El Santo Padre, informó la Pontificia Comisión a ZENIT, resaltó en sus palabras la importancia y la actualidad del tema de la Plenaria: “El indispensable compromiso de los laicos en la vida pública de los países latinoamericanos”, y señaló la necesidad urgente de una reflexión que no se quede en un texto, sino que conduzca a la acción.
Concretamente, habló de la necesidad de que los pastores sean guías de su gente viviendo con ella, estando en medio de su pueblo, “detrás de él” para ayudar y encaminar a los rezagados y “delante de él” para guiarlo.
Pero al mismo tiempo señaló dos grandes vicios de la relación entre los laicos y la jerarquía: el clericalismo y el pelagianismo, siendo el primero tal vez el más extendido y pernicioso, pues reduce al laico a una especie de colaborador del sacerdote o a un actor pasivo cuya acción se limita a seguir las consignas de los clérigos.
En este sentido, afirmó el Papa rotundamente que “entramos a la Iglesia como laicos, no como sacerdotes”, recordando repetidas veces durante su discurso la importancia que tiene por ello la noción de “pueblo de Dios”.

Invitó así a todos los asistentes –que incluían a tres laicos que participaron como invitados en la Asamblea– a trabajar intensamente por impulsar desde la Iglesia, la real inserción de los laicos en la vida pública de los países de América Latina y a una verdadera “conversión pastoral” que favorezca dicho cometido.
La plenaria inició su labor el martes con una celebración eucarística en la basílica de San Pedro, ante la tumba del apóstol Pedro. Entre las disertaciones estuvo la del Dr. Guzmán Carriquiry: sobre cómo explicar “la notable ausencia en el ámbito político, comunicativo y universitario de voces e iniciativas de líderes católicos”.
El cardenal Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, dio una conferencia sobre “Criterios y modalidades para la formación de una nueva generación de laicos católicos como constructores de sociedad”.

En cambio el arzobispo de San Pablo, cardenal Odilo Scherer, habló de “Escucha, sostén, compañía y guía de los Pastores a los laicos comprometidos en la vida pública: ¿cómo realizarlas?”
Por su parte el cardenal Óscar Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa, abordó el tema: “Hacia un proyecto histórico para América Latina: aportes fundamentales de los católicos para un ‘programa’ de transformación social y construcción nacional en América Latina”. El cardenal Ouellet, al concluir el evento, presentó además un proyecto de recomendaciones pastorales.

El cardenal canadiense señaló también durante el congreso que entre los objetivos se inserta la colaboración entre la Comisión Pontificia y el CELAM, que tiene ya como horizonte próximo la Celebración continental del Jubileo de la Misericordia, que se realizará en Bogotá del 27 al 30 de agosto del este año.

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