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¿Qué está pasando en Kenia?

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Umoya

La violencia nace de la abismal desigualdad
Cada día los medios de comunicación nos hablan de la situación que está viviendo este país, pero lo presentan como si se tratara de un problema étnico; esto es una simplificación que alimenta la imagen negativa de los africanos. Al mismo tiempo que nos inundan con una información sesgada sobre este conflicto, en casi todos los países del mundo se han realizado manifestaciones en el día de acción global contra el sistema neoliberal, ¿por qué no han informado también de estas movilizaciones de la sociedad civil organizada en el continente africano?

Hasta finales de enero las muertes violentas en Kenia ascienden a casi 1000 y cerca de 300.000 personas han tenido que desplazarse de sus hogares. No sólo el presunto fraude electoral y las rivalidades étnicas han envuelto a Kenia en la violencia, la desigualdad económica es un elemento que promete mantener vivo el enfrentamiento interno.

Kofi Annan se encuentra allí para mediar en el conflicto, es consciente del mar de fondo cuando declara: «Debemos encarar los temas fundamentales que están en la raíz de los disturbios, como una distribución más equitativa de los recursos. En caso contrario, seremos testigos de lo mismo dentro de tres o cuatro años”.

El acceso a la tierra, la vivienda y al agua son los motivos reales, enmascarados por las diferencias tribales y manipulados por las rivalidades políticas. Sólo un grupo social salió a la calle para protestar contra el fraude electoral: los más pobres entre los pobres, los desocupados y los sin tierra. Los que participan de la violencia pertenecen a una única clase social, la de los barrios marginales y este cuadro se ha repetido en varias zonas del país.

Para entender el actual contexto político de Kenia hay que volver por lo menos a 1982, cuando el entonces presidente Daniel Arap Moi transformó a Kenia en una brutal dictadura a raíz de un intento de golpe de estado. Mantuvo sin embargo una fachada de democracia y siguió siendo un fiel aliado de Inglaterra y de los Estados Unidos y amigo de occidente.

Los dos principales protagonistas de la crisis actual, Mwai Kibaki y Raila Odinga fueron aliados y adversarios de Moi, aliados de todos y adversarios de todos, también entre ellos, no por posiciones ideológicas, sino para conseguir llegar al poder. Ambos tienen una importantísima fortuna personal. Creer que estos dos señores estén motivados por el deseo de servir a su país, o que sean paladines de la democracia o de los pobres, es una peligrosa ilusión. La incontrolada sed de poder y de proteger las riquezas adquiridas más o menos legalmente, es el motor de la actividad política de estos partidos.

Dicho esto, hay que hacer algunas distinciones:
Mwai Kibaki, desde que llegó al poder hace cinco años, hizo reformas importantes: instrucción gratuita durante los ocho años de escuela elemental, garantía de la libertad de expresión y de prensa, medidas económicas para poner nuevamente en marcha la economía, etc. La corrupción heredada de los 24 años de desgobierno de Moi, no ha sido combatida con eficacia pero sí reducida. La nueva constitución, prometida por Kibaki no ha sido aprobada todavía y la consecuente promesa de descentralización del poder no ha sido cumplida.

Por su parte, Raila Odinga, que entró en el gobierno como miembro de la coalición de Kibaki, pasó a la oposición con el tema de la nueva constitución logrando que fuera rechazada en un referendo. El ODM (partido de Raila) nació de la oposición a la nueva constitución. Desde hace más de un año los “luo”, -grupo étnico de Raila predominante en el partido ODM, del mismo modo que los “kikuyu”, grupo étnico de Kibaki, en el PNU-, gritaban: «Llegó nuestro turno de gobernar el país». Pero ahora lo que dicen es: «si perdimos las elecciones es que hubo fraude».

Raila se ha dedicado a exacerbar la cuestión étnica y Kibaki y su grupo no han encontrado otra cosa que hacer que reaccionar dejándose aprisionar por la trampa de los estereotipos étnicos. Esta ‘etnización’ de la política es responsabilidad exclusiva de los líderes.

En un editorial del periódico Nation, dirigido a Kibaki y Raila, se leía: «No hubo jamás tanta animosidad entre personas que han vivido juntas durante muchos años como buenos vecinos. El caos que estamos viviendo es producto de la elite tribal, económica y política que se identifica con ustedes».

Ambos partidos usan, sobre todo en momentos críticos, el apoyo de pandillas organizadas y pagadas de jóvenes desocupados y desesperados. En Nairobi, la mayoría de las víctimas no han muerto en enfrentamientos con la policía, sino en acciones organizadas por estos grupos. De este modo en Kawangware, donde predominan los kikuyu (los propietarios de la mayor parte de las tierras), han atacado las casas y pequeñas actividades artesanales de los luo, mientras en Kibera ocurrió lo opuesto. Lamentablemente, como sucede siempre, los que pagan el pato son las personas más débiles e inocentes, que viven en la mayor pobreza y se sienten traicionados por los dirigentes… Hasta el punto que, un periodista preguntaba: «¿Han visto a alguna persona de clase media de cualquiera de las etnias gritando consignas contra Kibaki u Odinga?».

La brecha entre la pequeña minoría rica y la mayoría de pobres se ha ampliado tanto durante los últimos años que ya no hay barrios de clase media en Nairobi. Sólo sofisticadas viviendas o áreas marginales. Puede haber una frágil y momentánea paz, pero no parece que se vayan a dar cambios.

Tomado de IPS y MISNA

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