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¿CURAS CÉLIBES HASTA CUÁNDO? Fausto Antonio Ramírez

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Religión Digital

La Boda prohibida del cura.jpgA estas alturas del partido, me suena a perogrullada afirmar que el celibato es un estado superior al del matrimonio en la Iglesia católica, o que el matrimonio sea una forma menos perfecta para vivir la plenitud del Evangelio, como camino para la salvación.
No obstante, las manifestaciones de la Iglesia, a través de su historia, no parecen haber dado razón de estas obviedades, de las que todavía hoy en día se sigue resintiendo. Ciertamente, durante mucho tiempo se pensó que el matrimonio contenía algún tipo de impureza que imposibilitaba a los varones casados el acceso al “poder” de la consagración.

Lo primero que quiero dejar claro es que entre sacerdocio y celibato no hay ningún tipo de relación intrínseca que impida la comprensión y vivencia del ministerio desde otro estado, como puede ser el del matrimonio.

Se argumenta, frecuentemente -puesto que la cuestión de la pureza y de la perfección no es de recibo- que el celibato supone una mayor libertad y exclusividad para el ejercicio del ministerio. Mi pregunta aquí es bien simple, ¿verdaderamente esto se ha cumplido y se cumple por parte de los sacerdotes? La respuesta, a la vista de los ejemplos que la vida nos pone por delante se decanta por el no.

Aquello de que “vives como un cura”, por desgracia no se ha borrado en la práctica de la conciencia de los fieles, que son quienes mejor conocen cuál es el estilo de vida de sus curas. Basta echar una mirada al tendido para ver cuánto cura y prelado ocioso “vegeta” en la Curia Romana o en los obispados de cualquier diócesis del mundo. Y esto es sólo un botón de muestra, ya que los ejemplos abundan en otros muchos modos en los que el clero ejerce el ministerio.

Por otra parte, se tiende a argumentar para la asimilación del celibato con el ministerio ordenado que la castidad sacerdotal es un símbolo escatológico del Reino. No me parece que eso sea así hoy en día, quizás lo fue en su momento, pero no en los tiempos que corren.

Los símbolos pierden su significado cuando su significante no dice nada en el inconsciente colectivo. Hoy en día la virginidad sacerdotal no es un símbolo elocuente, ni interpelante para la sociedad o al menos para una gran parte de la sociedad alejada de la Iglesia.

Para la gente más joven, la castidad se comprende como una tara para las relaciones personales. En vez de ver en los célibes un signo del Reino, se les percibe como “bichos raros”, imposibilitados para la experiencia del amor. La gente necesita otro tipo de símbolos encarnados en sus sacerdotes para dejarse cuestionar.

Es mucho más elocuente un cura que vive la pobreza, que es acogedor y desculpabilizador, que no condena, que perdona, que sabe estar cerca de los excluidos, que siente predilección por los marginados y desheredados de la tierra, que sabe escuchar, que sabe comprender, que defiende los derechos de los que la sociedad ha dejado sin derechos, que sabe llorar con los que lloran, que sabe reír con los que ríen, que no es ambicioso ni trepa, que vive la humildad del Evangelio y no tiene miedo a mostrar sus debilidades.

¿De que sirve un cura, un obispo, un cardenal y hasta un Papa célibe si no vive ninguna de esas cualidades que acabo de citar? Prefiero a un párroco casado, viviendo lo fundamental del Evangelio, que a uno continente que el Evangelio sólo lo conoce de oídas.

La vivencia profunda del mensaje de Jesús en el ministerio sí que cuestiona; lo del celibato es otro tema, porque para la sociedad moderna ser célibe no es un valor en sí mismo, ni un añadido superior a la exigencia evangélica.

El sacramento del Orden debería poder ser recibido tanto por célibes como por casados, puesto que ni quita ni pone a la esencia del ministerio. Otra cosa bien distinta es la forma en la que cada cual decida, por vocación, vivir su sexualidad, sin que por eso pervierta la dimensión genuina del sacerdocio.

La Iglesia afirma que sólo ordena a varones célibes, pero esto en realidad es una falacia. La Iglesia ordena a varones a quienes les impone el celibato como condición para la imposición de manos.

Por el testimonio de muchos sacerdotes jóvenes sabemos bien que han abrazado el celibato sin experimentar la llamada de Dios para hacer uno uso casto de su sexualidad. Sin embargo, no les quedaba más salida que pasar por el aro, y esto me parece una incongruencia evangélica en relación con la libertad individual.

El celibato debería ser una elección y nunca una imposición como conditio sine qua non para el acceso al ministerio ordenado.

¿Por qué la Iglesia, en vez de exigir a los candidatos al sacerdocio que sean célibes, no “impone” otras notas que sí que deberían ser necesarias para la ordenación como son la estabilidad emocional, la madurez personal, la hondura espiritual, la capacidad de relacionarse con los demás, la apertura de mente, la capacidad crítica ante las cuestiones intra y extra eclesiales, el compromiso de por vida o la fidelidad?

La Iglesia debería estar más atenta y despierta a los símbolos más elocuentes e interpelantes que de hecho el ministerio ordenado lleva inscritos en su propia esencia. Parcializar el ministerio en el celibato como realidad evangélica que mejor expresa la dimensión divina, me parece algo superado y a la que la sociedad ha dejado de ser sensible. El celibato ni quita ni pone al sacerdocio nada superior que la propia sacramentalidad, en sí misma, le otorga.

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