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¿CONDENARÁ EL VATICANO A JON SOBRINO, TEÓLOGO DE LA MISERICORDIA? Xavier Pikaza

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Religión Digital

Jon Sobrino1.jpgLlevaba un tiempo escuchando las voces: ¡Van a condenarle ya! Pero no lo había podido creer. La inquietud ha crecido en estos últimos días y ayer mismo he llamado a tres amigos, que conocen mejor el tema, y me han dicho: ¡Le condenan dentro de unos días, pero vamos a callar hasta entonces, no nos precipitemos! Pues bien, J. M. L. Vidal ha publicado hoy la noticia en El Mundo y en Religiondigital. No se podía ya ocultar: ¡Van a condenarle! Y con él condenan al mayor referente vivo y activo de la Teología de la Liberación, pues L. Boff ha tomado una línea algo distita y G. Gutiérres está más callado.

Introducción. J. Sobrino

Todo parece indicar que quieren condenar una vez más a la Teología de la Liberación, pero si lo hacen condenarán a uno de los mejores cristólogos del momento actual, al mayor teólogo de la misericordia. Quedaremos todos (o, al menos, muchos) un poco más huérfanos de Roma, un poco más alejados de la Curia Vaticana. Por ella lo sentimos, por la Curia Vaticana, que parece alejarse de lass raíces del evangelio y de la misericordia. No lo sentimos por Jon, que ha realizado y realiza de un modo admirable su trabajo.

Jon Sobrino nació en Barcelona el año 1938, de familia vasca, que tuvo que trasladarse a la Ciudad Condal a cauda de la guerra civil española. Ingresó en la Compañía de Jesús en el Salvador (1957), estudió después en Europa. Desde 1974 enseña en la UCA, del Salvador. Por hallarse aquel fuera de la UCA (dando conferencias) sobrevivió al asesinato de I. Ellacuría y sus compañeros (16.XI.1989). Se mantuvo firme en su opción por la justicia y el evangelio y sigue promoviendo una teología de la liberación comprometida con la realidad social, una teología fundada en la misericordia de Dios, que a su juicio constituye el principio y base de la vida de los hombres, como indicaré el texto que citamos.

Conforme a la visión teológica de J. Sobrina, centrada en el Cristo Liberador Misricordioso, la misericordia de Dios (que está en el centro de la Biblia) no puede entenderse en sentido intimista, como algo que se opone a la justicia, sino como principio radical de justicia, es decir, de cambio humano.

De esa forma ha vinculado Jon Sobrino, desde el más hondo misterio de Dios, lo que parece más espiritual (la rica misericordia divina, por emplear una palabra de Juan Pablo II, Dives in misericordia) con aquello que es más exigente en un plano social y estructural. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas y ofrecen una de las aportaciones más significativas de la teología actual, no sólo en América Latina, sino en todo el mundo, incluso fuera de los límites de la iglesia católica. Su primera gran obra fue Cristología desde América Latina, CRT, México 1976. Cfr.. además Liberación con espíritu. Apuntes para una nueva espiritualidad, Sal Terrae, Santander 1985; El principio misericordia, Sal Terrae, Santander 1992; Jesucristo liberador I-II, Trotta, Madrid 1993/8.

El proceso de condena que parece culminar ahora, si es que Dios no lo remedía, comenzó que yo sepa con trabajo crítico de su hermano jesuita J. Galot en “La Filiation divine du Christ. Foi et interprétation”: Gregorianum 58 (1977) 239-275, donde analizaba las postura de tres teólogos hispanos que “llaman la atención por su orientación no calcedonense y por la posición que adoptan con respecto a la divinidad de Cristo, que se puede llamar la de una divinidad antropológica”. Galot aludía a JON SOBRINO, por su Cristología desde América Latina (CRT, México 1976) donde se vinculaba la figura y reflexión sobre Jesús a las condiciones sociales de América. También criticaba a J. I. GONZÁLEZ FAUS, en La Humanidad Nueva. Ensayo de Cristología (Madrid 1974) y me criticaba, igualmente, a mí, por mi libro sobre Los orígenes de Jesús (Sígueme, Salamanca 1976). Aquella crítica ha seguido actuando desde el fondo de los dicasterios vaticanos, como una bomba de relojería, que ha estallado treinta años despué con Jon Sobrino

¡Despues de treinta años!. En este tiempo Jon Sobrino ha trabajado de forma incansable por la Iglesia, es decir, por los pobres… Pero ha trabajado y trabaja en línea de evangelio, no de curia vaticana. Por eso, cuando su vida ha llegado a una cumbre intelectual y humana, quieren condenarle. No es que no tenga cosas criticables, como las tienen todos los que escriben de un modo comprometido. Pero condenarle de esa forma ha sido lo peor que ha podido hacer (si lo hace) el Vaticano, échando así piedras contra su tejado.

Cuando la noticia sea firme, si llega a serlo, comentaré mejor algunos de sus rasgos teológicos, algunos de los elementos distintivos de su teología. No sé cómo será esa condena, si es que al fin se pronuncia, como asegura J. M. L. Vidal en el mundo. Pero estoy convencido de que, si llega a producirse, será una condena contra el Teólogo de la Misericordia, que eso para mí J. Sobrino. Y, sin más, paso a presentar a los lectores una página clave de su obra, una página sobre la misericordia. Gracias, Jon, por haberla escrito. Gracias por haber sido y ser quien eres y por lo que desde ahora has de ser, como deseamos tus admiradores y amigos. Todo lo que sigue es tuyo, Jon, de tu libro entrañable sobre El principio misricordia.

1.En el Principio era la Misericordia.

Para evitar las limitaciones del concepto «misericordia» y los malentendidos a que se presta, no hablamos simplemente de «misericordia», sino del «Principio-Misericordia» del mismo modo que Ernst Bloch no hablaba simplemente de «esperanza», como una de entre muchas realidades categoriales, sino del «Principio-Esperanza». Digamos que por «Principio-Misericordia» entendemos aquí un específico amor que está en el origen de un proceso, pero que además permanece presente y activo a lo largo de él, le otorga una determinada dirección y configura los diversos elementos dentro del proceso.

Ese «Principio-Misericordia» –creemos– es el principio fundamental de la actuación de Dios y de Jesús, y debe serlo de la Iglesia. En el principio estaba la misericordia. Es sabido que en el origen del proceso salvífico está presente una acción amorosa de Dios: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos y he bajado a liberarlos » (Ex 3, 7s)… Dios escucha los clamores de un pueblo sufriente y, por esa sola razón, se decide a emprender la acción liberadora…A esta acción del amor así estructurada la llamamos «misericordia». Y de ella hay que decir: a) que es una acción o, más exactamente, una re-acción ante el sufrimiento ajeno interiorizado, que ha llegado hasta las entrañas y el corazón propios (sufrimiento, en este caso, de todo un pueblo, infligido injustamente y a los niveles básicos de su existencia); y b) que esta acción es motivada sólo por ese sufrimiento.

El sufrimiento ajeno interiorizado es, pues, principio de la reacción de misericordia; pero ésta, a su vez, se convierte en principio configurador de toda la acción de Dios, porque: a) no sólo está en el origen, sino que permanece como constante fundamental en todo el Antiguo Testamento (la parcialidad de Dios hacia las víctimas por el mero hecho de serlo, la activa defensa que hace de ellas y su designio liberador para con ellas); b) desde ella cobra lógica interna tanto la historización de la exigencia de la justicia como la denuncia de los que producen injusto sufrimiento; c) a través de esa acción -no sólo con ocasión de ella- y de sucesivas acciones de misericordia, se revela el mismo Dios; y d) la exigencia fundamental para el ser humano y, específicamente, para su pueblo es que rehagan esa misericordia de Dios para con los demás y, de ese modo, se hagan afines a Dios.

Parafraseando la Escritura, podríamos decir que, si en el principio absoluto-divino «está la palabra» (Jn 1,1) y a través de ella surgió la creación (Gn 1,1), en el principio absoluto histórico-salvífico está la misericordia, y ésta se mantiene constante en el proceso salvífico de Dios.

2. La misericordia según Jesús.

Esta primigenia misericordia de Dios es la que aparece historizada en la práctica y en el mensaje de Jesús. El misereor super turbas no es sólo una actitud «regional» de Jesús, sino lo que configura su vida y su misión y le acarrea su destino. Y es también lo que configura su visión de Dios y del ser humano. Cuando Jesús quiere hacer ver lo que es el ser humano cabal cuenta la parábola del buen samaritano…. Se trata, en dicha parábola, de decirnos en una palabra lo que es el ser humano. Pues bien, ese ser humano cabal es aquel que vio a un herido en el camino, re-accionó y le ayudó en todo lo que pudo. No nos dice la parábola qué fue lo que discurrió el samaritano ni con qué finalidad última actuó. Lo único que se nos dice es lo que hizo «movido a misericordia». El ser humano cabal es, pues, el que interioriza en sus entrañas el sufrimiento ajeno -en el caso de la parábola, el sufrimiento injustamente infligido- de tal modo que ese sufrimiento interiorizado se hace parte de él y se convierte en principio interno, primero y último de su actuación. La misericordia -como re-acción- se torna la acción fundamental del hombre cabal.

Si con la misericordia se describe al ser humano, a Cristo y a Dios, estamos, sin duda, ante algo realmente fundamental. Es el amor, podrá decirse con toda la tradición cristiana, como si fuese lo ya sabido; pero hay que añadir que es una específica forma del amor: el amor práxico que surge ante el sufrimiento ajeno injustamente infligido para erradicarlo, por ninguna otra razón más que la existencia misma de ese sufrimiento y sin poder ofrecer ninguna excusa para no hacerlo. Elevar a principio esta misericordia puede parecer un mínimo; pero, según Jesús, sin ella no hay humanidad ni divinidad y, como todos los mínimos, es un verdadero máximo. Lo importante es que ese mínimo-máximo es lo primero y lo último: no existe nada anterior a la misericordia para motivarla, ni existe nada más allá de ella para relativizarla o rehuirla.

De forma sencilla, puede apreciarse esto en el hecho de que el samaritano sea presentado por Jesús como ejemplo consumado de quien cumple el mandamiento del amor al prójimo; pero en el relato de la parábola no aparece para nada que el samaritano socorra al herido para cumplir un mandamiento, por excelso que sea, sino, simplemente, «movido a misericordia». De Jesús se dice que hace curaciones, y a veces se le muestra entristecido porque los curados no se lo agradecen; pero en modo alguno aparece que Jesús realizara dichas curaciones para recibir agradecimiento (ni para que llegaran a pensar en su peculiar realidad o en su poder divino), sino «movido a misericordia». Del Padre celestial se dice que acogió al hijo pródigo; pero no se insinúa siquiera que aquello fuese una sutil táctica para conseguir lo que supuestamente le interesaba (que el hijo confesara sus pecados y, de ese modo, pusiera en orden su vida), sino que actúa simplemente «movido a misericordia».

Misericordia es, pues, lo primero y lo último; no es simplemente el ejercicio categorial de las llamadas «obras de misericordia», aunque pueda y deba expresarse también en éstas. Es algo mucho más radical: es una actitud fundamental ante el sufrimiento ajeno, en virtud de la cual se reacciona para erradicarlo, por la única razón de que existe tal sufrimiento y con la convicción de que, en esa reacción ante deber-ser del sufrimiento ajeno, se juega, sin escapatoria posible el propio ser… Por ser misericordioso -no por ser un «liberal»-, Jesús antepone la curación del hombre de la mano seca a la observancia del sábado Su argumentación para ello es obvia e inatacable: «¿Es lícito hacer en sábado el bien en lugar del mal, salvar una vida en lugar de perderla?» (Mc 3,4). Sin embargo, sus adversarios… no sólo no quedan convencidos, sino que actúan contra Jesús, y así el relato concluye de manera espeluznante: «En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos contra él, para ver cómo eliminarlo» (v. 6)… Por trágico que pueda parecer, Jesús murió ajusticiado por ejercitar la misericordia consecuentemente y hasta el final. La misericordia es, pues, misericordia que llega a ser a pesar de y en contra de la anti-misericordia.

A pesar de ello, Jesús proclama: «¡Dichosos los misericordiosos!». La razón que da Jesús en el evangelio de Mateo parece ir en la línea de la recompensa: «alcanzarán misericordia». Pero la razón más honda es intrínseca. Quien vive según el «Principio-Misericordia» realiza lo más hondo del ser humano, se hace afín a Jesús -el homo verus del dogma- y al Padre celestial. En esto consiste, podríamos decir, la felicidad que ofrece Jesús: «Dichosos, benditos vosotros, los que ejercitáis la misericordia, los de ojos limpios, los que trabajáis por la paz, los que tenéis hambre y sed de justicia, los perseguidos por ella, los pobres…». Escandalosas pero iluminadoras palabras. Jesús quiere que los seres humano sean felices, y el símbolo de esa felicidad consiste en llegar a estar unos con otros, en la mesa compartida. Pero mientras no aparezca en la historia la gran mesa fraternal del Reino de Dios, hay que ejercitar la misericordia, y eso -dice Jesús- produce gozo, alegría, felicidad…

(3) El Principio-Misericordia.

Estas breves reflexiones sobre la misericordia pueden ayudar a comprender lo que entendemos por «Principio-Misericordia». La misericordia no es lo único que ejercita Jesús, pero sí es lo que está en su origen y lo que configura toda su vida, su misión y su destino. A veces aparece explícitamente en los relatos evangélicos la palabra «misericordia», y a veces no. Pero, con independencia de ello, siempre aparece como transfondo de la actuación de Jesús el sufrimiento de las mayorías, de los pobres, de los débiles, de los privados de dignidad, ante quienes se le conmueven las entrañas. Y esas entrañas conmovidas son las que configuran todo lo que él es: su saber, su esperar, su actuar y su celebrar. Así, su esperanza es la de los pobres que no tienen esperanza y a quienes anuncia el Reino de Dios. Su praxis es en favor de los pequeños y los oprimidos (milagros de curaciones, expulsión de demonios, acogida de los pecadores…). Su «teoría social» está guiada por el principio de que hay que erradicar el sufrimiento masivo e injusto. Su alegría es júbilo personal cuando los pequeños entienden, y su celebración es sentarse a la mesa con los marginados. Su visión de Dios, por último, es la de un Dios defensor de los pequeños y misericordioso con los pobres. En la oración por antonomasia, el «Padre nuestro», es a ellos a quienes invita a llamar Padre a Dios…

El «Principio-Misericordia» informa todas las dimensiones del ser humano: la del conocimiento, la de la esperanza, la de la celebración y, por supuesto, la de la praxis. Cada una de ellas tiene su propia autonomía, pero todas ellas pueden y deben ser configuradas y guiadas por uno u otro principio fundamental. En Jesús -como en su Dios-, pensamos que ese principio es el de la misericordia. Para Jesús, la misericordia está en el origen de lo divino y de lo humano. Según ese principio se rige Dios y deben regirse los humanos, y a ese principio se supedita todo lo demás. Y que esto no es pura reconstrucción especulativa se ve bien claro en el decisivo pasaje de Mt 25: quien ejercita la misericordia -sea cual sea el ejercicio de otras dimensiones de su realidad humana- «se ha salvado», ha llegado a ser para siempre el ser humano cabal. El juez y los juzgados están ante la misericordia, y ante sólo ella. Lo que hay que añadir es que el criterio que emplea el juez no es arbitrario: el mismo Dios se ha mostrado como quien reacciona con misericordia ante el clamor de los oprimidos, y por eso la vida de los seres humanos se decide en virtud de la respuesta a ese clamor.

(Jon Sobrino, El principio misericordia, Sal Terrae, Santander 1992, 32-38)

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