Enviado a la página web de Redes Cristianas
Me refiero a la toma de posesión del nuevo arzobispo de Madrid, D. Carlos Osoro Sierra, en la catedral de la Almudena. Todos los bancos de la nave central estaban reservados, y su acceso solo era posible con invitación personal. Hasta los presbíteros, los curas, para la gente, estábamos en el pasillo que rodea al presbiterio, o apretados en las capillas laterales, sin visión directa ni del altar, ni siquiera del presbiterio. Menos mal que las pantallas de televisión, muchas y bien instaladas, hacían posible la visión de la celebración litúrgica, que se desarrolló dignamente y con buen ritmo. A pesar de las más de dos horas que duró la misma. Desarrollaré esta información, y la ponderaré, mañana, ahora va solo este adelanto. Quiero publicar este artículo con fecha de hoy, domingo 26 de octubre, pero ya es muy tarde, y me voy a retirar. El estar solo en una parroquia, con las tres misas seguidas que tengo que celebrar por la mañana, y las ocupaciones que he tenido por la tarde, me han hecho imposible publicar antes estas líneas. Espero que sepáis perdonármelo.
Pero adelantaré, como primicia, que el tipo de invitaciones, los lugares reservados para autoridades, gente «importante», políticos, empresarios y famosos, sin sitio para los presbíteros, «presidentes» de la Asamblea litúrgica, que, ¡desde luego!, no hace falta que estemos para hacer bulto, sino para presidir, o, verdaderamente, concelebrar, y como no es ni necesario ni siquiera útil y producente la presencia presbiteral con tanto obispos, otra vez no nos inviten, ni nos convoquen. Previendo la situación de hoy hubiera sido mucho más digno la convocatoria de ciento cincuenta, o por ahí, presbíteros, de todas las Vicarías, que nos habrían representado a todos, con dignidad, concelebrando como verdaderos presientes de la asamblea, viendo a ésta desde el lugar de presidencia.
Si alguno interpreta estas palabras como una reivindicación de la dignidad de los curas, o como una rabieta por habernos quitado el lugar preferente, se equivoca. EN primer lugar, los que leéis este artículo intentad recordar a cuantos curas recordáis que os den de comulgar con la hostia grande, partida, y él comulgue con la pequeña si de la grande no llega todos. Pues yo lo hago, y hoy mismo he comulgado de esa guisa. No se me caen los anillos por la pérdida de «privilegios presbiterales», que no son tales, cuando es posible que acontezcan, sino que es preciso recordar el cumplimiento de los carismas de la Comunidad cristiana: y el de presbítero, por el significado de la propia palabra en griego, «el que preside», deja bien claro el modo de ejercicio de la función. Y no sé para que se quiere tanto presidente en una asamblea eucarística, si ya había unos cien obispos. Evidentemente, como han demostrado con el trato que hemos recibido, los mil presbíteros sobrábamos. Y no me parece ni muy litúrgico, ni muy pastoral, ni teológico, sino, literalmente, espectacular. Toda esa movida sirve para dar espectáculo. Y si no, ¡díganme sinceramente para qué! Opino que ha resultado deprimente para ambos lados, el nuevo Arzobispo, y nosotros los curas, que no nos hayamos podido ver ni comunicar ocularmente en la celebración. No lo hemos visto ni oído sino en las pantallas de televisión.
Y explico el título. Si la Iglesia es el «pueblo de Dios», sin él la Iglesia no puede celebrar la Eucaristía. O una celebración en que haya más cabeza que cuerpo, tampoco tendría mucho sentido. Me recuerda la expresión cargada de ironía de Brasil, «en esta reunión, -litúrgica o no-, hay más cacique que indio». Evidentemente, los fieles que con invitación personal, han acudido y llenado la nave central, son parte del pueblo de Dios. Pero no es la más representativa. Nuestra diócesis está configurada en vicarías. Hubiera sido lo más fácil, eclesial y digno, haber dado a cada Vicaría 150 invitaciones, por ejemplo, y haberlas repartido por las diferentes parroquias, sobre todo entre las personas que celebran semanal, o diariamente, la Eucaristía. Y habrían representado, desde la nave central a toda la diócesis de Madrid. Son, con diferencia, los que más derecho tienen a vivir ese momento del primer paso de su nuevo Obispo y Pastor. Y quedaría espacio suficiente para otras representaciones de comunidades consagradas, no todas, claro, ni con todos sus miembros, o de otros grupos eclesiales..
Esa representación no la ostentan ni las autoridades, ni otras personas, por muy famosas que sean. Lo de «autoridades» es un caballo de batalla que persigo sin resultado alguno, por ahora, pero seguiré insistiendo. La doctrina de separación de Iglesia y Estado es parte del cuerpo doctrinal de la Iglesia. Los diferentes Gobiernos pensarán cada uno como le parezca bien, en este asunto, y actuará según sus intereses. Es decir, es la Iglesia, sus representantes y jerarcas, los que están obligados a llevar a la práctica esta doctrina y determinación, ¡una de las más emblemáticas del Concilio! Si a una autoridad civil la invitan a un acto litúrgico, y le interesa acudir, aunque sea solo para ser visto por los fieles de esa comunidad, pues va. Los que hacen mal son los que la invitan. En la comunidad cristiana las únicas autoridades son las que cita San Pablo, y el Nuevo Testamento en general: los obispos, los presbíteros, más tarde el Papa, los diáconos. Y, luego, en la propia celebración, los que ejercen los respetivos carismas. En la comunidad eucarística no constan autoridades como Rey, Presidente de Gobierno, ministros, Presidente de Comunidad Autónoma, Alcalde, Senador, Diputado, General del ejército, Presidente de empresa, banco, u otra cosa. En la Eucaristía solo se hace presente la comunidad cristiana, sin distinciones. «Por la fe en Cristo Jesús todos vosotros sois hijos de Dios. Los que se han bautizado consagrándose a Cristo se han revestido de Cristo. Ya no se distinguen judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno con Cristo Jesús. Y pertenecéis a Cristo, sois descendencia de Abrahán, herederos de la promesa».
Por muchos protocolos que queramos introducir en la Iglesia no pueden condicionar, de ninguna manera, el centro del Misterio Cristiano, como es la celebración de la Eucaristía. Y la palabra de Pablo sigue siendo prioritaria a todas las diplomacias e intereses. Cumplamos con estas cosas, pero fuera de la Eucaristía. Además, está la clara y determinante enseñanza de la Iglesia en el Vaticano II sobre la separación de Iglesia y Estado. Las autoridades civiles, como tales, si están presentes en la celebración del misterio eucarístico, no pueden ostentar roles que la propia dinámica de la comunidad no solo no prescribe, sino que explícitamente rechaza. Supongo que la celebración de ayer ha sido preparada por la diócesis de Madrid, sin que monseñor Carlos Osoro haya tenido mayor tipo de responsabilidad que la elección de las lecturas, que fueron las de hoy, 30º Domingo del tiempo ordinario, y de la magnífica y kerigmática homilía que profirió en el discurrir de la misma.
(El Areópago)
