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VOLVAMOS AL «¡VIVAN LAS CADENAS!» Rosa Regás

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El Periódico de Cataluña

La nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos no gusta a los obispos que tenemos. No solo no les gusta, sino que quieren movilizar a los ciudadanos creyentes y de extrema derecha a fin de que públicamente muestren su rechazo por esta asignatura, y privadamente no dejen acudir a sus hijos a las clases. Por todos los medios a su alcance, les dicen, boicotear la asignatura y defender la libertad de conciencia.

Es emocionante que la Iglesia finalmente haya decidido defender la libertad de conciencia, aunque entendiéndola a su manera, porque según tengo comprobado desde que iba a párvulos, la libertad de conciencia no solo no ha sido defendida por la Iglesia, sino que ni siquiera la permitía. Los españoles éramos todos católicos, apostólicos y romanos, lo quisiéramos o no, y una fe de bautismo era tan imprescindible para existir jurídicamente como lo es hoy el DNI. De lo contrario, ni existencia ni salvación.

La Iglesia española también está contra la Constitución, porque lo que se va a impartir en esta asignatura no es más que el conocimiento de los deberes y derechos cívicos que nos concede y a los que nos obliga la Constitución. Solo si se conocen se pueden cumplir, y los buenos ciudadanos, sean o no católicos, deben acatarlos. No se trata de imposición, como ocurría con la de la doctrina cristiana, sino de respeto a una Constitución que, sean cuales sean nuestras creencias, nos considera a todos iguales.

La bochornosa intervención de la Iglesia española en algo tan elemental como la educación para la ciudadanía y los derechos humanos es pura oposición al rechazo a la homofobia, al fomento de la convivencia, a la aceptación de la igualdad de derechos entre ricos y pobres, blancos y negros, creyentes y laicos. Porque, poderosa en todas las monarquías absolutas y las dictaduras de la historia de este país, incluido el franquismo, no acepta que los valores cívicos que ella nunca admitió sustituyan a los suyos. Pérdida de influencia es igual a pérdida de poder y de dinero.

No a la convivencia, pues, monseñores, volvamos al poder temporal de la Iglesia: ¡vivan las cadenas!

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